Capítulo 10 #2
Nunca había dormido tan bien. Una vez pasada la inquietud inicial, en brazos de Viktor se había sentido segura y protegida, él irradiaba un calor que la cobijó toda la noche.
Esa mañana, cuando Helena despertó no quedaba rastro de su esposo en la habitación.
La puerta que comunicaba con la sala estaba cerrada por lo que, tal vez, él la esperase en el otro cuarto.
Se levantó y procedió a lavarse y vestirse para buscar a su marido y desayunar.
«Un infierno», así es como Viktor pasó ese primer día durmiendo en la misma cama que su mujer.
Durante la noche ella se había acercado cada vez más, apoyándose sobre él.
No hubo momento en que no sintiera sus piernas, sus pechos o su trasero pegados a su cuerpo.
Una pesadilla para un hombre que deseaba a su esposa y no se atrevía a tomarla.
Ni bien amaneció, se levantó. Después de dar varias vueltas por la cubierta, volvió a esperar a Helena en la salita del camarote.
No quería ir a desayunar sin ella. Estaba leyendo el periódico cuando salió del dormitorio ataviada con un bonito vestido de mañana en color rosa y una chaqueta corta a juego, llevaba un pequeño sombrero en la mano.
―Buenos días ―saludó al entrar a la sala .
―Buenos días ―correspondió Viktor―. Te estaba esperando para ir a desayunar.
―Gracias. Me muero de hambre.
―Yo también ―respondió. Solo que el hambre de Viktor no se saciaría fácilmente.
Tomados del brazo atravesaron la cubierta que llevaba al comedor. Había mucha actividad. Los pasajeros paseaban al sol o se dirigían a los distintos salones.
En las primeras horas de la mañana, el barco llegó al puerto de Rosario para seguir, luego del correspondiente intercambio de pasajeros y mercancías que subían o bajaban, hasta Paraná, la Capital Entrerriana. Desde allí pequeños barcos cruzaban a la vecina Ciudad de Santa Fe.
Ya al mediodía, nuevos pasajeros se unieron al almuerzo.
Viktor y Helena compartieron la mesa con dos parejas de recién casados, el señor Bermúdez y el doctor Tonelli con sus respectivas esposas Susana y Victoria; además de un joven caballero, Lautaro Medrano.
Todos habían abordado en Rosario. La aprensión de Viktor por el caballero fue instantánea.
Alto, de cabello y ojos oscuros, estaba envuelto en un halo de misterio y fatalidad.
No tendría más de veinticinco o veinticuatro años, pero su mirada ya evidenciaba el hastío y la desconfianza que venían con la edad y la madurez.
Era correcto en sus conversaciones con todos, pero Viktor no lograba quitarse de encima la sensación de inquietud cuando el hombre los observaba a él y a Helena.
En el fondo sabía que era estúpido sentirse así, el muchacho no le había dado ningún motivo.
Al contrario, era atento con todos. Era solo una impresión, una sensación que tuvo la primera vez que lo vio.
Como si el joven estuviera resentido con ellos, lo que era estúpido dado que jamás lo había visto en su vida.
Helena entabló amistad con las dos recién casadas, Victoria y Susana, que con sus respectivos esposos Julio y Álvaro, viajaban a Posadas para instalarse.
Julio Tonelli estudió medicina en Rosario y regresaba para abrir una consulta en la ciudad misionera.
Los Bermúdez regresaban después de su luna de miel, Álvaro dirigía una importante tienda de ultramarinos.
Intercambiaron direcciones para mantener correspondencia pues vivirían todos muy cerca; sería bueno tener amigos que no la miraran con lástima por primera vez.
Las mujeres eran de su edad y disfrutó mucho de la charla sencilla y amena sobre trivialidades como la moda, chismes de farándula, o más serios como sus recientes matrimonios.
El viaje siguió río arriba, contra corriente, con paradas en diferentes puertos y ciudades donde subían y bajaban, tanto personas como productos.
Las comidas eran deliciosas, las charlas placenteras y la compañía agradable.
Hasta Lautaro Medrano era encantador, andaba pegado como una lapa a Helena, dejó de lado las miradas inquisidoras del primer día para ser todo un derroche de simpatía y caballerosidad; Viktor simplemente lo odiaba y pasaba todo el tiempo pegado a su mujer.
Cada día conseguía algún periódico para ella y por la noche dormían abrazados.
Para él era una tortura, se daba cuenta que ella dormía plácidamente.
Dado lo preocupado que estaba por su salud a raíz de los dichos de su madre, creía que valía el precio ver que el descanso de Lelé fuera el adecuado.
No tocaron el tema de su salud, ella nunca dijo nada y él no preguntó.
Helena amó la vida en el barco, todo era tan nuevo, había tanto que no sabía.
Hasta su esposo estaba más atento que nunca.
La acompañaba a todas partes. Si lo conociera más podría asegurar sin equivocarse que estaba celoso de los jóvenes caballeros que se acercaban a ella en las comidas o en los paseos por cubierta.
Pero tratándose de Viktor Böhm, Helena estaba a ciegas, no sabía que pasaba por su cabeza.
Era tan desconcertante. Por momentos estaba tan cerca que parecía poder leer sus pensamientos, pero al rato ponía distancia entre ellos.
Y no hablaba de un alejamiento físico sino emocional.
De todas maneras, Helena disfrutaba mucho del viaje.
Cada mañana y tarde paseaban por las cubiertas, estar al sol había puesto color a sus mejillas.
El resto del tiempo lo ocupaban en los respectivos salones del barco, ella bordaba o leía y él…
Bueno, no sabía exactamente que hacía, pero pasaba el rato en el salón de caballeros.
Viktor descubrió que en sus ratos libres Helena bordaba, él no sabía qué, cada vez que se acercaba ella escondía su labor.
Otra cosa que lo asombraba era el cambio que un poco de sol había hecho en ella; al dejar la palidez atrás, cada día parecía más saludable y no alguien al borde del colapso, como Marie la había descripto.
¿Podría estar equivocada su suegra? Tal vez la dolencia que la aquejaba no fuera tan grave, la mujer no especificó que enfermedad era, por lo tanto, ignoraba si los síntomas serían notorios o no.
El barco continuaba su camino sobre el majestuoso río Paraná, en las orillas la vegetación cambiaba conforme se alejaba de Buenos Aires.
El verde dominaba toda la costa, sobre todo del lado Santafecino qué por ser más bajo estaba lleno de vegetación, excepto cada vez que llegaban a algún puerto donde la mano del hombre mantenía a raya la naturaleza.
Del lado entrerriano y correntino las costas del río eran más despojadas, altas con barrancas empinadas.
El calor iba en aumento. Al pasear por la cubierta se escuchaban un sinfín de pájaros, que en las orillas cantaban sus trinos posados en las ramas de los árboles.
Viktor reveló a Helena que el río estaba lleno de yacarés, sobre todo una vez que entraron en la provincia de Corrientes.
―¿Lo dices en serio? ―preguntó excitada cuando la información llegó a su cerebro―. ¿En verdad podré ver cocodrilos? ¿Aquí? ¿En el río?
Viktor rio ante el entusiasmo de su esposa, allí estaba de nuevo esa capacidad de ver las cosas con ojos de niño que a él le fascinaba.
―No son cocodrilos, son yacarés. Pero supongo que son parientes. Y sí, tal vez podamos ver alguno en el agua.
Esa información hizo que ella no pasara un día sin escudriñar las aguas, quería ver una de las bestias que, según decía la ciencia, estaban en la tierra desde tiempos prehistóricos.
Cuando por fin vieron uno, fue Viktor quién le indico que el animal estaba en el agua, Helena no lo pudo distinguir de un tronco flotando.
―Es injusto ―protestó frustrada por no ser ella, quién descubriera al animal―, tú ya has hecho este viaje, en cambio yo nunca salí de casa.
Viktor pasó de reírse ante el espíritu competitivo de Helena a preocuparse por esa declaración.
«¿Nunca salió de su casa?», ¿cómo podía ser?
, su padre tenía una maldita compañía naviera, ¡por el amor de Dios!
En la cena que compartió con la familia un año antes, aquella en la que conoció a su hermana Josefina, los hijos mayores de Otto habían hablado sobre viajes y barcos, incluso habían estado en Europa.
Los pensamientos de Viktor fueron interrumpidos por los chillidos de Helena. Estaban apoyados en la baranda de cubierta del vapor y desde la costa se oían los aullidos, que él enseguida reconoció, pero que alertaron a su mujer.
―¿Qué pájaros son esos?
―Esos no son pájaros, son monos .
―¿Cómo puede ser? ―gritó ella asombrada―, un mono no suena así. Te estas burlando de mí ―acusó mirándolo con desconfianza.
―No me rio de ti, Lelé ―respondió calmándola―, son monos carayás. También le dicen mono aullador.
―¡Oh, monos! ―exclamó ella, haciendo silencio para escuchar mejor.
Todo era tan diferente a lo que había visto en sus escasas salidas a la ciudad que se sentía una niña que descubría el mundo.
Viktor la observaba con sorpresa, como si la viera por primera vez.
Helena se maldijo en silencio, «ahora va a pensar que soy una tonta».
Tomó nota para refrenar sus reacciones en el futuro.
Le daba muchísima vergüenza que él descubriese lo aislada que había vivido.
Al cuarto día de navegación llegaron a la ciudad de Corrientes, donde cambiarían a una embarcación más pequeña.
Por un lado, el Ciudad de Salzburgo seguiría rumbo a Asunción que era el destino final de la ruta; por el otro, para llegar al alto Paraná tenían que pasar por los rápidos de Apipé y solo embarcaciones de menor calado y peso eran capaces de remontarlos.
Así que una nave de la ruta Corrientes-Iguazú completaría su viaje.