Capítulo 10
«Río arriba»
P or fin el barco dejó la dársena. De a poco los ruidos portuarios se alejaron.
Atrás quedaron las sirenas, los gritos y toda la algarabía de una zona de la ciudad que nunca dormía.
Desde las cubiertas, muchos pasajeros se despedían con una última mirada a la gran urbe.
La silueta de los edificios recortada en el horizonte contrastaba con las grúas, las chimeneas y el humo de las fábricas que comenzaban a instalarse en la dársena sud.
Helena miró por última vez su lugar de nacimiento; quién sabe cuándo volvería.
Se embarcaba rumbo a una nueva vida lejos de la metrópoli de la que nunca había salido.
La sensación de libertad que le daba por fin escapar de sus circunstancias se mezclaba con el miedo.
De golpe sintió un profundo temor a lo desconocido y al cambio radical que estaba experimentando su vida en tan solo unas pocas semanas.
Con esta última mirada, se giró para regresar al camarote, solo para chocar de lleno con su esposo.
La sorpresa le quitó todo el aire de los pulmones, levantó la vista y se encontró con la mirada azul de Viktor fija en ella.
Él la sujetó de los brazos para impedir que cayera.
Tomó una respiración profunda y lo miró.
―Lelé ―musitó él.
¿Cómo podía él generar todo ese calor en ella solo pronunciando su nombre? Viktor era un misterio para Helena. Cuando creía entender un poco más al hombre, algo pasaba que la descolocaba, como la noche de bodas fallida, pensó con vergüenza. Los colores inundaron sus mejillas con el recuerdo.
―Regresaba al camarote ―dijo unos segundos más tarde, solo él tenía esa capacidad de dejarla sin palabras.
Era imponente; no era únicamente su tamaño lo que irradiaba fuerza, también era esa mirada profunda que parecía encerrar mil secretos y al diablo con la precaución, Helena quería descubrirlos todos.
―Te acompaño ―dijo Viktor.
Tomados del brazo emprendieron el corto paseo hasta su cabina. Una vez allí Viktor tomó asiento en el sofá.
―Sobre la mesa dejé el periódico, sé que te gusta leerlo. Hay varios ejemplares en la sala de fumadores y tomé uno prestado ―indicó señalando hacía un costado. En efecto, sobre la mesa estaba el diario de la tarde.
―Gracias ―contestó ella emocionada por el gesto; él recordaba lo que a ella le gustaba.
―Me ha dicho uno de los oficiales que durante el trayecto se suben al barco ejemplares de algunos periódicos locales de las ciudades en las que se detiene el barco, pero te advierto que la información no será tan actualizada como la de los de Buenos Aires, ni tan amplia.
―No importa ―interrumpió Helena―. Gracias por recordar que disfruto de la lectura informativa. Los diarios locales estarán bien.
―No es nada ―aseguró él, restando importancia a su gesto―. En dos horas más será la cena, te dejaré con tu lectura y volveré para escoltarte al comedor ―dicho esto salió del camarote.
Helena se sentó a leer la publicación mientras pensaba en su marido y en lo poco que se conocían; ni siquiera sabía si a él le gustaba la lectura, o que tipo de libros prefería.
La cena fue amena y divertida. Para Helena cada evento público era nuevo.
Lo disfrutaba y trataba de absorber todo lo que ocurría a su alrededor.
Estaban sentados en la mesa del capitán, a quién acompañaba su hija, una simpática jovencita de unos diecisiete años que no dejaba de parlotear.
Era notorio que su padre la traía en un viaje por primera vez, tal era la excitación de la niña.
También compartían la cena con un matrimonio mayor que se dirigía a Asunción, el Señor Alberto Recalde Acevedo y su esposa Ethel, dueños de uno de los Hoteles más modernos de la capital paraguaya.
La pareja no dejaba de hablar de sus hijos y nietos con orgullo y afecto.
Derramaban su calidez hogareña sobre todos los presentes.
«Son como unos abuelitos de cuento», pensó Helena al escucharlos hablar de su descendencia con una sonrisa en la cara.
Otro personaje importante en la mesa del capitán era el director del diario La Tarde de la ciudad de Posadas, el Señor Ezequiel Leiva, quién formaba parte de la elite intelectual de la ciudad.
Leiva relató como pocos años atrás se había fundado la Biblioteca Pública Regional, con el fin de hacer más fácil el acceso a la literatura al público Posadeño.
El periódico con apenas un año de antigüedad, ya tenía una tirada considerable y era el medio elegido por los ciudadanos para informarse y publicitar sus negocios.
Helena disfrutaba mucho con la conversación del hombre, absorbiendo todo lo que contaba sobre la ciudad que estaría tan cerca de su nuevo hogar.
―Tendrá que venir a visitar Posadas, señora, podrá apreciar que es una ciudad a la que nada le falta. El progreso llega incluso a lugares tan recónditos como nuestra querida Capital.
―Eso me gustaría mucho.
―La estancia de su marido está a un par de horas de navegación por el río, no dudo que encontrará las tiendas de la ciudad de su agrado. También tenemos proyecciones cinematográficas, algún que otro espectáculo teatral itinerante y por supuesto, restaurantes y confiterías de gran nivel .
―Gracias señor Leiva. Descuide, no tardaremos en visitar Posadas.
―Con gusto seré su guía, señora Böhm, ya verá que nuestra ciudad es un tesoro a descubrir ―ofreció el hombre.
―Gracias, Leiva ―dijo Viktor con sequedad―, ya me encargaré de que Helena conozca todo lo que vale la pena conocer en Posadas.
―Por supuesto, señor Böhm ―respondió el periodista al notar el ataque de celos de Viktor―, tiene que llevarla.
El servicio de hotelería mejoró considerablemente, pronto el Palace Hotel del Señor Barthes no tendrá nada que envidiar a los establecimientos porteños.
Esperamos una rápida conclusión de las obras de construcción del establecimiento; los visitantes no dejan de llegar al territorio.
Pronto el turismo a las Cataratas del Iguazú traerá aún más.
Después de esa intervención arrebatada, Viktor permaneció callado mientras su mujer no dejaba de conversar con todos los integrantes de la mesa.
Era estúpido estar celoso de los señores mayores que acaparaban la charla y podían ser abuelos de Helena, pero un poco lo estaba.
Sin contar que el único soltero de la mesa no dejaba de mirarla y eso le revolvía las tripas.
Se consideraba un hombre racional, que en solo unas horas había desarrollado un instinto de posesión hacía su nueva esposa que no creía poseer.
El joven en cuestión, un dandi pomposo que no dejaba pasar oportunidad para relatar sus aventuras, viajes y enumerar sus posesiones materiales, era hijo de un estanciero correntino, de esas familias patricias antiguas de la vieja ciudad litoraleña, doble apellido y nombre presuntuoso.
Viktor ya lo detestaba, solo quería terminar la cena y salir de allí con ella.
Gracias a Dios, la compañía en las comidas rotaría; no soportaría tener que comer cada día con el cachorro.
El dolor de cabeza volvió y lo mostró incluso más huraño, todavía pagaba por el exceso de alcohol de la noche anterior .
Más tarde esa noche, cuando la actividad del día había terminado, Helena y Viktor se encontraban en su cabina. Mientras ella fingía leer el diario, él bebía un café que pidió a las cocinas un poco antes.
Viktor había estado malhumorado en la cena, Helena no entendía bien porqué.
Prácticamente no participó en las conversaciones, salvo cuando respondía las pocas preguntas que le hacían.
Ahora bebía café mientras ella se consumía por los nervios.
¿Dormirían juntos?, ¿quería él hacer algo más que dormir?
No dejaba de ser una joven virgen que temía a su noche de bodas, sin importar cuando fuera que esta ocurriese.
Al verla bostezar por tercera vez, Viktor se levantó del sillón donde estaba sentado.
―Ve a acostarte Helena, esperaré en la sala mientras te preparas. Salvo que necesites ayuda con tu ropa ―añadió en un susurro.
―Gracias. Puedo sola ―afirmó ella. Se levantó y entró a la habitación.
Toda la ropa que usaría en el barco se abrochaba por delante, con el objetivo de poder vestirse sola.
Era lo que se hacía en los viajes, a diferencia de las blusas y vestidos con botones en la espalda que requerían asistencia para poner y quitar.
Era otra de las marcas que mostraban a que estrato social se pertenecía; una dama tenía una sirvienta que abrochaba los botones, una mujer sin recursos lo hacía sola, la ubicación de los botones en la ropa marcaba quién era quién y a qué lugar de la sociedad pertenecía.
Se desvistió rápidamente, se lavó y colocó el camisón más recatado que encontró y se metió en la cama. Media hora más tarde, Viktor golpeó la puerta que comunicaba la sala con la recámara.
―Pasa ―indicó ella respondiendo a los golpes.
Él entró, pasó detrás del biombo y regresó a los minutos con un pijama perfectamente decente.
Helena apretó los dientes con frustración, después de todo nunca había visto a un hombre desnudo, ni siquiera parte de uno.
Viktor apagó la lámpara y se acostó junto a ella.
Deslizó brazo bajo su cabeza, la besó con suavidad en los labios y dijo:
―Duerme Lelé.
«Cómo si pudiera», pensó ella. Los labios le hormigueaban después del contacto fugaz con los de él.
Tener su brazo de almohada y la cercanía de su cuerpo en la cama agregaba inquietud y calor a una ya exaltada Helena.
Pasados unos minutos la respiración de Viktor se volvió constante y suave, estaba dormido. Entonces ella también se durmió.