Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

«La Flamante señora Böhm»

C uando Viktor abrió los ojos, el sol entraba implacable por las ventanas de la habitación.

Lo primero que vio fue una pequeña figura sentada en un sillón a un lado de la cama que lo miraba fijamente, era su esposa.

Llevándose una mano a los ojos para tapar la luz, escuchó a la mujer moverse y ponerse de pie.

―Buenos días, señor ―chilló ella, con todo el enojo y la decepción que manchaban su tono de voz―. Bajaré al salón de desayunos. En caso de que lo haya olvidado, nuestro barco sale a las tres. Eso le da unas cuatro horas para recuperarse.

Sin decir nada más salió con la cabeza en alto como una pequeña reina y dejó a Viktor con su dolor de cabeza y sus remordimientos.

¿Cómo se había malogrado todo tanto? Tras las revelaciones de su suegra Viktor pasó de la incredulidad al enojo sin escalas.

Se sentía estafado, engañado. ¿Y ahora era ella la ofendida?

Bueno, es verdad que no había manejado bien las cosas.

Bajar por una copa y terminar borracho no le pasaba desde que tenía dieciséis años, cuando estuvo a punto de perderlo todo en su frenesí juvenil.

Su madre lo había salvado, por eso nunca bebía alcohol en exceso.

Además, nunca tuvo tiempo para la bebida o cualquier otra cosa que lo distrajera del trabajo y de sus planes para no volver a estar a merced de las circunstancias, como le pasó a su familia al llegar a Misiones desde Brasil .

Cerró los ojos y pensó en Sofía, su hermana mayor, era el recuerdo que más lo atormentaba y el motivo por el cual lo que Marie dijo lo había afectado tanto.

Los gritos de su hermana al dar a luz aún resonaban en su cabeza junto a las palabras de la comadrona sobre sus estrechas caderas y el niño demasiado grande; un niño que su hermana había logrado traer al mundo a costa de su propia vida.

Las revelaciones de su suegra mostraban que su esposa no solo era una mujer menuda y frágil, lo que había pasado por alto de tan encandilado que estaba con ella.

Además, estaba enferma desde su nacimiento, una enfermedad que según su propia madre no la hacía apta para concebir un hijo.

No era algo de lo que un hombre pudiera darse cuenta, ella no le parecía una persona enferma, pero, ¿qué sabía él sobre las mujeres, sus cuerpos y sus enfermedades? , absolutamente nada.

Conteniendo las náuseas se levantó y decidió que ya era suficiente autocompasión por un día, tenían un barco que tomar y debía una disculpa a su mujer.

Más adelante vería que hacía con ella y su engaño, si es que era tal, quizás ella no lo sabía, o no supiera el alcance de su dolencia.

Después de todo no era nada raro ocultar información a los pacientes; los médicos se complotaban con la familia para dejar a las personas en la ignorancia, con más razón si éstos eran niños, jovencitas o ancianos.

Se ocultaba para proteger, Viktor entendía eso.

Su vida había cambiado cuando perdió a su hermana mayor.

Fue lo que lo llevó a jurarse que protegería a la familia que le quedaba y sabía que haría cualquier cosa para lograrlo, incluso casarse; aunque su matrimonio fuera solo de nombre.

Media hora después Viktor bajaba al salón de desayunos para unirse a su esposa.

Ella estaba sentada en una pequeña mesa, el servicio de té desplegado delante de ella.

Bandejas y torres de bocadillos se extendían por toda la superficie, como si al no poder decidirse, Helena hubiese pedido todo el menú del hotel.

―Señora ―soltó Viktor a modo de saludo y se sentó a la mesa enfrentado a ella. Un camarero se acercó para tomar su pedido.

―Café por favor. ―Solo litros del café más fuerte lograrían quitar la niebla que el exceso de alcohol había tejido como telaraña en su cabeza.

Helena lo miraba con disimulo, paseando la mirada desde él hasta su plato. Viktor se aclaró la garganta y tras beber unos sorbos de café por fin sintió que las cuerdas vocales le respondían.

―Yo quería pedirte disculpas por mi comportamiento de anoche ―dijo de un tirón, casi sin respirar―. Realmente no hay excusas para haberme dejado llevar así por la bebida.

―¿Lo hace con frecuencia?, ¿suele beber en exceso?

Viktor parpadeó con sorpresa. Una acusación de borracho por parte de su nueva esposa era lo último que esperaba. Dado lo poco que se conocían y que la había dejado por una botella justo en su noche de bodas, tampoco es que pudiera culparla por sus suposiciones, pese a estar tan lejos de la verdad.

―¡No! ―aclaró casi en un gritó―. Créeme, no soy amante de los licores. Lo de anoche fue... Bueno, no sé lo que fue.

―¿Estaba nervioso? ―sugirió Helena con inocencia. Esta conversación se estaba yendo a cualquier parte. Su falsa suposición le daba una salida más digna, aunque errónea.

―Quizá sí estaba un poco nervioso. Te pido perdón por ello.

Ella esbozo una pequeña sonrisa.

―Está bien, lo perdono.

―Te perdono ―corrigió él.

―¿Cómo?

―Pensé que nos tuteábamos. ¿O vamos a ser uno de esos matrimonios que se tratan de usted?

―Te perdono, Viktor ―añadió luego de una pequeña pausa .

Se veía hermosa esa mañana, Viktor la estudió un momento.

Seguía muy pálida, más como alguien que pasaba poco tiempo al aire libre, que como alguien al borde de la muerte.

Era muy extraño. Viktor no tomaba decisiones a la ligera, salvo la noche anterior, cuando la frustración lo llevó a escapar del lecho matrimonial.

No quedaban muchos caminos, el matrimonio estaba hecho y no pensaba renunciar a los beneficios que le reportaba.

La llevaría a Misiones y allí trataría de hablar con ella y traer luz sobre los dichos de su madre.

Mientras tanto conviviría con ella sin acercarse demasiado.

Dios lo ayude con eso, la muchacha le gustaba mucho.

―Subiré a preparar las últimas cosas para el viaje ―anunció Helea levantándose.

Viktor se paró y volvió a sentarse después de que ella partiera. Dio cuenta de un par de panecillos y más café y salió del hotel.

«Bueno, al menos, él se había disculpado», pensó Helena.

Eso decía algo de Viktor ¿no? No era común que los hombres se disculparan con las mujeres.

Pese a su poca experiencia en la vida y la sociedad, Helena comprendía eso.

No sabía que pensar al respecto, seguía frustrada.

Ser abandonada por su marido justamente en su noche de bodas no era un buen augurio.

¿Y si él no estaba interesado en ella?, al fin y al cabo, era un acuerdo de negocios; puede que Viktor haya obtenido lo que deseaba y ahora no sabía qué hacer con la esposa que venía junto al paquete de acciones de la naviera.

Saldría de su casa. Helena había adoptado, muchos años atrás, la filosofía de al mal tiempo buena cara; nadie mejor que ella sabía que siempre se puede sacar algo bueno incluso de las peores circunstancias.

Quizás esta vez, sacar lo mejor no creía que fuera suficiente; ella quería volver a experimentar la pasión que sintió en el breve recorrido en coche la noche anterior.

Esa misma tarde Helena y Viktor abordaban el Ciudad de Salzburgo.

El equipaje de Helena había sido enviado previamente al barco desde la casa de su padre.

Los baúles con sus cosas llenarían ahora una de las bodegas, también todos los regalos de boda que recibieron, vajilla, cristalería y demás.

Helena nunca bordó un ajuar, cosa que sí hicieron sus hermanas Josefina y Caro, que esperaban casarse algún día.

No existían sábanas ni toallas con sus iniciales entrelazadas.

Su madre decidió a último momento empacar el ajuar de Josefina que en un acto de rebeldía no había agregado las iniciales de Viktor, solo estaban bordadas las iniciales de su apellido, así que llevaba todo un juego de sábanas y toallas con las letras ve y zeta de Von Zeschau y un espacio para bordar la be de Böhm.

Su madre dispuso que se bordarían las letras de los apellidos y no de los nombres, así la primera hermana que se casara podría hacer uso de cualquier elemento del ajuar, también era una forma de que el trabajo pudiera pasar a otra generación.

Al ver los bordados que su hermana mayor no se había tomado el trabajo de terminar antes de huir, Helena se preguntaba por qué nadie había sospechado que Josefina no estaba feliz con las disposiciones de sus padres.

Lo habitual era que las niñas comenzaran con su ajuar a los trece años y que se bordaran únicamente sus iniciales, el espacio para las del futuro esposo se dejaba en blanco.

Josefina sabía casi un año antes que se casaría con Viktor, aunque el compromiso no se hubiese formalizado existía un acuerdo de palabra.

Habría sido ese el momento de agregar las iniciales de su prometido.

Pero ella no había agregado las letras a su ajuar.

Ahora Helena lo haría, usaría esas sabanas y toallas en su futura casa y, lo que más la inquietaba, en la cama que compartiría con Viktor.

Traía algunas piezas en el equipaje que llevaba con ella en el camarote del barco, supuso que sería una buena forma de pasar los días a bordo.

El viaje era de unos seis a siete días, con un cambio de embarcación en la ciudad de Corrientes.

Navegarían rio arriba, contra la corriente, ir a Misiones demoraba más que volver de allí a Buenos Aires.

El camarote era el más amplio de la embarcación; privilegios por ser la hija del dueño.

Tenía una sala y una habitación. La sala no era grande, estaba amoblada con una mesa, un par de sillas y un pequeño sofá, todo decorado con elegancia y lujo.

Las paredes revestidas con paneles de madera, los suelos pulidos cubiertos por algunas alfombras, los cortinados y la iluminación, hablaban del cuidado que ponía la empresa de su padre en los detalles.

En la recámara había una cama matrimonial, mesitas de noche, un escritorio con su silla y hasta un lavabo con agua corriente.

Un pequeño biombo escondía una bañera que estaba disponible para usar si se solicitaba agua caliente al personal del barco, solo tres camarotes contaban con esta comodidad.

Los baúles de ya estaban en el camarote, abiertos y verticales.

Tenían a un lado la ropa colgada de perchas y al otro, pequeños cajones donde se guardaban desde zapatos hasta ropa interior y accesorios.

Esa noche cenarían en el salón de primera clase en la mesa del capitán, así que un vestido elegante ya estaba planchado y desplegado sobre la cama para cambiarse.

Mientras esperaban que el barco zarpara, Helena aprovechó para dar una recorrida.

Pensar que era hija de un empresario naviero y ni siquiera había ido nunca al puerto, la llenaba de vergüenza.

¿Cómo vivió así tanto tiempo?, ¿por qué no se rebeló antes?

No sería justo negar que había sido cómodo ser cuidada y protegida, no debía enfrentarse a los desafíos de la vida por sí misma; pero con el tiempo todo se había convertido en una prisión, una de la que ella ansiaba escapar.

Caminó por las cubiertas del barco para explorarlo.

Le hubiese gustado hacer mil preguntas, pero eso la dejaría en evidencia.

Además ¿a quién preguntaría?, no era como si pudiera acosar con sus dudas a algún miembro de la tripulación y Viktor estaba descartado.

En una ocasión había celebrado lo informada que estaba Helena, leer el periódico no le enseñó nada sobre barcos y no quería perder esa admiración por pequeña que sea.

Vagó por las cubiertas de madera viendo el movimiento portuario, algunos pasajeros subían a la embarcación y las bodegas no dejaban de recibir carga.

Los carruajes llegaban con las familias más acomodadas, damas y caballeros vestidos con elegancia bajaban de sus coches ayudados por choferes, los niños de la mano de sus niñeras.

Todos accedían al barco por pasarelas que llevaban a la cubierta de primera clase, mientras los empleados se ocupaban de su equipaje.

En otra parte del vapor, por una pasarela separada, subían los pasajeros de segunda clase.

No había tercera clase entre los casi quinientos pasajeros del barco, solo ricos y pequeña burguesía.

El barco poseía tres salones donde se servirían las cuatro comidas que se ofrecerían cada día, una sala de música, una pequeña biblioteca y un salón para fumar.

Contaba con dos comedores para la primera clase y otro para la segunda.

Después de la cena el salón de música ofrecería entretenimiento hasta la media noche.

La biblioteca era el espacio donde las damas pasarían gran parte del tiempo.

Ya sea para bordar, leer o conversar. Y el salón fumador era de exclusivo uso para los caballeros; además de los cigarros ofrecía bebidas y licores.

Eso le explicó a Helena la joven muchacha que ayudó a desempacar sus baúles.

También le dejó unas tarjetas con los horarios y el menú de cada día.

Al igual que en la sociedad todo en el lujoso barco a vapor estaba perfectamente estratificado y separado, nada que no debiera mezclarse se mezclaba tampoco allí.

Viktor dejó a Helena en el camarote y escapó con una pobre excusa.

Ahora leía el diario en el salón de fumar junto a tres ancianos que no dejaban de expulsar humo como chimeneas.

El aire era nauseabundo, lo aguantaba porque no encontraba el coraje para volver a enfrentar a su esposa.

Tenían casi una semana de viaje por delante para compartir un pequeño espacio y una cama incluso más pequeña y todavía no estaba seguro sobre cómo proseguir con este matrimonio.

El ruido de las bocinas indicaba que el barco estaba saliendo del puerto para iniciar su travesía, serían cuatro o cinco días hasta Corrientes y otro día y medio más hasta Posadas, para por fin seguir rumbo a sus tierras.

Siete días conviviendo con una mujer que lo había engañado, no le había revelado toda la verdad.

Una verdad que era fundamental para su matrimonio y para su futura descendencia, si era cierto lo dicho por la madre de Helena.

Por el momento lo mejor era mantenerse alejado de ella, además no iba a consumar su matrimonio en un barco. Si es que finalmente ocurría, prefería esperar hasta llegar a su casa.