Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 8 #2
24%

Capítulo 8 #2

Llevando del brazo a su radiante esposa, Viktor irrumpió en el salón de fiestas del hotel.

Varios invitados ubicados en mesas redondas de manteles blancos, alzaron sus copas en un silencioso saludo para los novios.

Un cuarteto de cuerdas montado sobre un pequeño escenario amenizaba la velada con suave música clásica.

Los camareros repartían champagne y servían pequeños aperitivos.

Si bien era una recepción pequeña e íntima, todo indicaba buen gusto y dinero: los arreglos florales, la bebida y la comida que se estaba sirviendo.

Por primera vez desde que llegó a Buenos Aires y empezó este trato con Helena deseó que su familia estuviera allí.

Su madre merecía verlo casarse y sus hermanas habrían disfrutado de la fiesta.

Pero las cosas ocurrieron de otra forma y su familia fue notificada por telegrama de sus inminentes nupcias.

Llegaron hasta la mesa principal, donde la familia de Helena ya estaba ubicada.

Al centro dos sillas esperaban por ellos.

Una vez sentados Viktor se tomó un momento para mirar a su esposa; en la iglesia no la había mirado en detalle y en el coche, bueno, digamos que en el viaje hasta aquí lo último que pensaba era en cómo se veía.

Ella resplandecía; su piel clara con apenas un toque de rubor en las mejillas, quizá producto de la excitación del momento, brillaba bajo las lámparas del salón.

Sonreía a todos con auténtica alegría y eso la hacía más hermosa y daba una luz especial a sus ojos verdes de duende.

Viktor no entendía mucho sobre moda femenina, pero lo que llevaba Helena le quedaba perfecto.

Acentuaba sus pequeñas, y como había podido notar en el coche, muy deseables curvas.

Él la deseaba. Quería ver su rostro sonrojarse todavía más y soltar todo su cabello para pasar los dedos por las doradas hebras.

No era un hombre de grandes pasiones, poseía un apetito normal.

Nunca había tenido una amante por largo tiempo, solo relaciones casuales con viudas, mujeres experimentadas o prostitutas.

Ahora se sentía un poco nervioso por cómo tratar a una jovencita sin ninguna experiencia.

El beso compartido de camino al hotel era el preludio perfecto para la noche que se avecinaba.

Pero tendría que esperar, aún tenían que pasar por la cena de bodas, saludar invitados, bailar el vals y cortar el pastel.

Todo el ritual se le hacía largo e innecesario.

Pero, al ser un matrimonio apresurado pasaría por todo para evitar chismes y dejar conforme al círculo de los Von Zeschau que un poco lo miraba de reojo.

No dejaba de ser un nuevo rico entre esta gente que llevaba generaciones de riqueza y opulencia.

Pensaba que, si pudieron aceptar a Otto, tarde o temprano lo aceptarían a él y como vivirían en Misiones, a Viktor no le importaba mucho, pero suponía que a su esposa sí.

Por eso sonreía y estrechaba manos cada vez que alguien se acercaba a desear felicidad a la flamante pareja.

Helena estaba en las nubes, en veintiún años jamás fue el centro de atención de una forma tan pública y fuera de su círculo familiar.

Bailó, bebió champagne y disfrutó cada momento de su boda.

Como nunca asistió a ninguna fiesta sentía el evento como una especie de debut, un debut que llegaba varios años tarde.

Pero nada lograba sacarla de la nube de felicidad y alegría en la que se hallaba.

Gran parte de ese regocijo se debía a su esposo.

«Esposo», que extraña sonaba la palabra para ella que ni siquiera había sido presentada en sociedad como su hermana mayor; ella que nunca tuvo el matrimonio en su futuro.

Viktor bebía de su copa y observaba a los invitados desde un rincón. Así escapaba, por un momento, de los saludos y charlas banales. Vio a su suegra acercarse. Estaba seria y parecía nerviosa cuando llegó hasta él.

―Viktor, ¿Podríamos hablar un momento? ―preguntó.

―Por supuesto ―dijo él.

―En privado ―pidió y marchó hacia un salón lateral. Viktor la siguió intrigado por aquello que la mujer, que claramente lo rechazaba como yerno, quería decirle.

Horas más tarde, mientras regresaban a su casa, Otto miraba a su esposa.

Estaba más callada que de costumbre, distante.

La Marie que él conocía no habría pasado el trayecto en silencio; estaría comentando cada detalle de la fiesta.

Solo estaban ellos dos en el carruaje. Las niñas habían sido despachadas temprano y Emilio seguiría la fiesta por su cuenta.

―Helena estaba hermosa. ¿No lo crees Marie? ―dijo para empujar a su mujer a romper su mutismo.

―Sí.

¿Solo sí? ¿Esa afirmación lacónica y sin fuerza? Eso no era lo que su Marie diría. Algo le sucedía.

―¿Qué pasa meine liebchen ? Helena es la primera de nuestros hijos que se casa, ¿No tienes nada más para decir?

―Oh. Otto, yo… yo creo que hice una cosa terrible.

―Marie…

―Es que tengo tanto miedo. Fueron tantos años de cuidarla. Yo…, yo siento que cometí un te rrible error.

―Cuéntamelo.

Una palabra para desarmarla. Marie contó a su esposo como había hablado con Viktor.

Su intervención era inexcusable. En el fondo de su alma sabía que había estado mal, pero debía intentarlo.

No consiguió nada, ya era tarde para cualquier intervención.

Viktor se llevaba a su niña y sus dichos solo podían generar desavenencias en su incipiente matrimonio.

Ahora temía haber empeorado terriblemente las cosas.

―Bueno Marie ―dijo otto pensativo después de escuchar como su esposa había intervenido―, esperemos que los muchachos puedan resolverlo entre ellos. Ya tendremos tiempo de intervenir si las cosas se tuercen. Todavía tenemos que encontrar a Josefina ―agregó con tristeza.

El rostro de su mujer se entristeció aún más, si eso era posible.

―¿Has sabido más del investigador privado?

―Él tiene una pista, una muy pequeña, pero es más de lo que teníamos. Volveré a verlo el lunes ―respondió Otto.

―Ya ha pasado casi un mes ―dijo Marie―, yo…, yo no soportaría que no regresara ―agregó en un susurro.

―Tenemos que confiar en que volverá meine liebchen .

La pareja permaneció en silencio el resto del viaje. Grandes preocupaciones amargaban la perfecta vida que habían llevado hasta solo unas semanas.

Los invitados ya no estaban, se despidieron de su familia y solo quedaron ellos en el salón del hotel. Viktor había estado serio por la última hora y media. El silencio era espeso, en nada parecido a los silencios cómodos que disfrutaron previamente. Vencida por los nervios Helena habló primero.

―Deberíamos subir.

―Por supuesto ―contestó Viktor secamente. Tomándola del brazo la guio hasta el elevador que llevaba al piso donde estaba la suite. Una vez dentro, la dejo en la sala y giró hacia la salida.

―Te dejaré prepararte tranquila. Bajaré al bar a tomar una copa.

Helena suspiró, el vestido de novia abrochado por detrás no era una prenda que ella pudiera quitarse sola. Al ver que no contaría con su esposo para la tarea llamó a la recepción del hotel para que envíen una criada.

Dos horas después se dormía en la gran cama matrimonial completamente sola. Viktor no había vuelto.