Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 8
22%

Capítulo 8

«Una suegra entrometida»

H elena estaba en su habitación cuando Carolina golpeó y abrió la puerta sin esperar su respuesta.

No eran tan cercanas. La diferencia de edad, y lo poco que ella participaba en los juegos infantiles de su familia, la habían alejado de su hermana menor.

Solo con Josefina se había relacionado más.

Ella siempre encontraba tiempo para visitarla.

Le leía, le enseñó a jugar a las cartas y sobre todo le contaba cosas. ¡Cómo la extrañaba!

―Lelé ―dijo su hermana al entrar.

―Pasa Caro. Ven siéntate conmigo ―indicó Helena moviéndose a un lado para dejar lugar en la cama donde estaba sentada.

―¿Vas a casarte, Lelé?

―Si. Voy a casarme ―respondió.

Su hermana suspiró.

―Solo vamos a quedar Milo, Veri y yo en la casa. No pensaba que iba a perder a mis hermanas tan pronto.

―No vas a perdernos. Yo vendré de visita y pronto Josefina volverá del viaje con la abuela.

Carolina la miró y arqueó una ceja.

―No es necesario que mantengas esa mentira conmigo. Ya sé que la abuela está en el campo; sola.

―Caro…, yo, no sé qué decir .

―No te preocupes, Lelé. Supongo que no es inteligente anunciar a los cuatro vientos que Josefina escapó de casa. Pero no me trates como si fuera una niña, suficiente tengo con mamá y papá.

Es que aún lo era, pensó Helena mientras miraba a su hermanita con ternura. A los catorce años, Caro todavía era una niña, no debería estar enterada y preocupada por las cosas que hacían los mayores. Por suerte la pequeña Vera seguía ajena a las tragedias familiares; al menos eso esperaba.

―Josefina va a volver, lo sé. Su motivo para escapar ya no existe.

―¿Por eso te casas?, ¿para evitar que Josefina tenga que unirse al señor Böhm?

―No. No es por eso ―aseguró Helena.

―¿Estás enamorada?

Helena no quería mentir a su hermana, pero no podía decir la verdad. Decir que necesitaba salir de casa lastimaría a su familia. Jamás reconocería ante ellos esa verdad.

―No ―respondió en cambio―, no lo amo, pero me gusta. Quizá con el tiempo nos enamoremos ―agregó para tranquilizar a su romántica hermana menor.

―Entonces lo hiciste por los negocios de papá y para librar a Josefina. ¡Lo sabía!

―Lo hice por mí, Caro. Viktor me cortejó y lo hallé perfectamente aceptable como esposo.

―¿No quieres esperar al amor de tu vida? Perfectamente aceptable suena tan poco romántico, tan… No lo sé. Suena a que solo te conformas ―suspiró la joven.

―No te preocupes por mí, pienso ser muy feliz. Ya te dije que él me gusta mucho. No me estoy conformando. ―Era la única oportunidad que se había presentado, pero no iba a reconocerlo. Su pequeña hermana no entendía como Helena vivía cautiva por el miedo de sus padres a perderla―. Él es …

―Él es atractivo, eso hay que reconocerlo. Y amable. No me trata como una niña molesta como los amigos de Emilio ―la interrumpió Caro.

―Sí ―asintió Helena al evocar a su prometido―. Él es guapo y encantador.

―Y te mira embelesado.

―¡No es verdad!

―¡Claro que sí! Tiene esa mirada, como si no pudiera creer que seas real. Ya sé que siempre está serio, pero cada tanto cuando cree que no lo ven, te mira así. Además, está atento a todo lo que dices, no finge interés como otros caballeros. Te escucha de verdad.

A Helena se le retorció el estómago con las palabras de su hermana. No sabía por qué. Era una sensación diferente, algo que nunca había sentido, una mezcla de ansiedad con alegría y temor. Que incoherencia. Sentimientos tan contradictorios todos enredados.

―Tú también lo miras así ―aseguró Caro y eso sacó a Helena de sus cavilaciones.

―Es mi prometido, claro que lo miro.

―Sí, pero dijiste que no sentías nada por él. Sin embargo, lo observas con estrellitas en los ojos.

Caro rio a carcajadas, le estaba tomando el pelo.

Helena hizo cosquillas a su hermana menor quién se defendió haciendo lo mismo.

Terminaron entrelazadas en la cama y rieron a más no poder.

Hasta que su madre entró asustada y regañó a Caro.

Luego envió a Helena a recostarse para descansar, no sin antes recordarle los riesgos de emocionarse de esa manera.

Esa noche lloró. Lloró por el reto de su madre, sobre todo porque sería el último y eso la asustaba.

No sería fácil pasar de esa existencia tan conocida a otra totalmente diferente.

Necesitaba y temía esa libertad a cambio de la cual entregaría su vida a un hombre.

Al parecer hoy sería un día de sentimientos encontrados.

Dos semanas después se casaban en un pequeño registro civil de Buenos Aires.

Era una mañana fría, típica del otoño en la ciudad.

Por la tarde otra ceremonia íntima se llevaría a cabo en la iglesia luterana ubicada sobre la calle Esmeralda, seguida de una recepción en los salones del hotel donde Viktor se alojaba.

En ese mismo hotel pasarían su noche de bodas.

Siendo el casamiento apresurado. No hubo tiempo de organizar una recepción en la casa de sus padres en tan pocos días, que era lo que se acostumbraba entre las clases altas.

Al otro día viajarían rumbo a Misiones en el mismo barco en el que Viktor había llegado tres semanas atrás.

Helena estaba hermosa, con su vestido color marfil cubierto de ricos bordados.

La cintura diminuta realzaba sus caderas y el escote alto y recatado forrado en encaje la hacía ver voluptuosa.

La falda caía recta se ajustaba en la parte baja y tenía una pequeña cola por detrás.

Un sencillo velo en la cabeza, sujeto con unas peinetas de nácar completaban el atuendo.

Se sentía más femenina que nunca. Debido a la urgencia de la boda, la modista trabajó sobre uno de los vestidos de su madre para ajustarlo a su talla.

También agregó más encaje y bordados; el resultado logrado era exquisito.

La pequeña iglesia estaba decorada con cientos de flores blancas: rosas y lirios envueltos en nubes de gypsophila paniculata , o velo de novia, como comúnmente se llamaba a las pequeñas florecillas blancas con las que los floristas abultaban los ramos.

Los pocos invitados llenaban los bancos a cada lado del pasillo por el que caminaría hacía su futuro esposo.

La ausencia de la familia de Viktor la entristeció, su madre y sus hermanas deberían haber estado allí.

Había insistido tanto en apresurar la boda que recién hoy, cuando ya era tarde, cayó en la cuenta de que él estaba solo mientras ella estaba acompañada de toda su familia, salvo su hermana mayor.

Pensó en Josefina y rezó para que estuviera a salvo y volviera pronto.

No podía dejar de agradecer la fuga de su hermana.

Jamás habría encontrado el coraje para hablar con Viktor si ella no se hubiese ido, incluso sabiendo que su hermana no deseaba la boda.

Así que aquí estaba, más allá de cualquier arrepentimiento, lista para unirse a un hombre que tres semanas atrás había llegado a su casa como pretendiente de su hermana y que hoy era su esposo ante la ley y pronto lo sería también frente a Dios.

Fue una ceremonia sencilla y rápida. Solo las lágrimas de su madre empañaron un poco el momento; Helena no deseaba hacerla sufrir, tampoco seguir bajo sus agobiantes cuidados. La oportunidad se presentó y la había tomado, con una valentía que jamás creyó que pudiera tener.

Ahora recorrían en coche el camino de la iglesia al hotel.

―Te ves preciosa ―observó Viktor con la vista clavada en sus ojos.

―Gracias. ―No estaba acostumbrada a los cumplidos y el rubor seguía tiñendo sus mejillas cada vez que recibía uno.

―Ahora me gustaría besar a mi novia ―murmuró él.

Inclinándose, pasó un brazo por detrás de su cintura, mientras tomaba su rostro con la mano libre y lo alzaba hasta que quedaron encarados.

Posó sus labios sobre los de ella, primero con suavidad, luego con exigencia.

Su lengua abandonó su boca para invadir la de Helena, instándola a abrirse a él y a sus atenciones.

En unos pocos segundos la besaba apasionadamente, lo que electrizó sus nervios como nada antes lo había hecho.

Helena solo sentía. La había besado antes. Cuando la visitaba después de declararse; hoy mismo en la ceremonia. Claro que fue un beso público, apto para ser visto. Un leve roce de labios que solo duró unos segundos. Ahora, en cambio, la estaba consumiendo.

Después de horas o segundos, Helena no lo sabía, él se apartó.

―Hemos llegado al hotel ―avisó con frustración .

Ella aturdida lo miró. Salvo la respiración un poco agitada, ni un solo cabello fuera de lugar, nada que indique que se estaba queman- do por dentro como ella. ¿Cómo estaba tan compuesto si su mundo había dado un vuelco tan enorme?

Él, sin decir nada más, acomodó un mechón de pelo que escapaba del peinado de Helena.

―¿Lista? ―preguntó.

Ella asintió moviendo la cabeza, no podía hablar. No todavía.

―Entonces vamos.

Bajó del vehículo con esa elegancia salvaje que había visto en sus movimientos desde el primer día.

Existía algo animal en su esposo pensó al verlo.

Se giró hacia el interior y ofreció su mano para ayudarla a bajar.

Las puertas del hotel se abrían para ellos, para su nueva vida.

Enlazó su cintura y juntos traspasaron la entrada.