Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Pese haber tomado el camino más largo, pronto se vio delante de las oficinas de la empresa naviera.

Respiró hondo y subió los pocos escalones hasta la entrada anunciándose al joven recepcionista.

Sin demoras fue acompañado hasta las amplias oficinas y allí el hombre mayor lo esperaba detrás de un escritorio de roble.

―¡Viktor! ―vociferó levantándose y extendiendo las manos hacía él―, me alegra mucho verte, muchacho. Por favor siéntate.

La cálida y entusiasta bienvenida eliminó parte de la tensión que la caminata no había logrado quitar.

―Gracias. ―Tomó asiento después de estrechar la mano del hombre mayor.

―He venido a hablar con usted sobre su hija…, Helena.

Otto suspiró.

―Lo imaginaba. Has estado visitándola toda la semana. Supongo que una unión con Josefina ya no es lo que deseas.

―Puesto que ni siquiera he visto a la muchacha, no se podría decir que sea un golpe para nadie que elija a su hermana.

A quién sí estuve cortejando. ―Viktor daba a entender así que sabía que no era del todo clara la ausencia de Josefina―.

De todas formas, en esta última semana he podido conocer y apreciar a su segunda hija y pienso que podríamos ser compatibles. Si ella me acepta claro está.

―Ella va a aceptarte. Espero que este enlace no rompa el corazón de mi esposa.

Viktor frunció el ceño. No entendía el rechazo de su futura suegra.

¿Era un buen pretendiente para Josefina y no para Helena?

No tenía sentido. ¿Sería una de esas familias donde se designa a una hija para ocuparse de sus padres en la vejez?

No le parecía que Otto fuera un hombre anticuado, esa costumbre era arcaica.

Ya casi no quedaban familias que siguieran esa tradición .

―Espero que la preocupación de su esposa no sea por el trato que podría recibir Helena de mi parte.

Sepa, señor, que pretendo cuidar adecuadamente de mi futura esposa.

Conoce usted mi situación y sabe que estoy en condiciones de brindarle una vida acorde a su posición.

Sabe bien que el dinero no es un problema.

―Lo sé. ―Lo tranquilizó Otto―, confío plenamente en ti para cuidar a mi hija. Pero mi esposa está muy apegada a Helena, pero pronto comprenderá que ya no es una niña. Creo que el matrimonio le sentará bien a mi hija y no podría desear un mejor marido para ella que tú.

Viktor respiró aliviado, la confianza de su futuro suegro era importante para él. Miró al hombre mayor a los ojos y prometió―: No le faltará nada. Lo juro.

―Como ya te dije, el veinte por ciento de mi empresa será para Helena y para ti a través de ella.

Además, me gustaría plantear los términos de una asociación de exclusividad para distribuir tus productos en Buenos Aires y la apertura de oficinas en Posadas.

Quiero entrar en las rutas del alto Paraná y no puedo manejarlo desde la capital.

Dependería de ti para organizarlo todo ―dijo el hombre mostrando sus cartas, cosa que lo alivió.

―Me honra su confianza, Señor. Puedo hacerme cargo de todo allí, si usted se ocupa de mis negocios aquí.

―Eso sería maravilloso. Puedo tener los contratos listos en unos pocos días.

―Si Helena me acepta, dé por hecha esa sociedad; nada me interesa más que dejar en sus manos la distribución y venta en Buenos Aires. Y como ya habíamos hablado estoy dispuesto a invertir en la empresa y organizar el negocio río arriba.

Los hombres estrecharon sus manos. Ahora Viktor tenía vía libre para declararse y, en el proceso, había obtenido exactamente lo que buscaba: una esposa y una asociación con la empresa de transporte fluvial más importante del litoral.

Helena estaba en la biblioteca leyendo cuando Barrow, el mayordomo, anunció la llegada de Viktor.

Todo el aire dejó sus pulmones. Cinco días pasaron desde la última vez que se vieron y un poco temía que viniera a despedirse.

Bueno, pensó, tampoco es como si estuviese enamorada de él.

Le gustaba y la atraía, pero lo veía más como un escape a su vida que como un gran amor.

Eso no significaba que toda esa atracción no pudiera con el tiempo convertirse en algo más.

―Buenas tardes, Helena ―saludó con su profunda voz―. Espero que estés bien y que no hayas tomado mi falta de visitas como abandono. Siento mucho no haber venido antes. Tenía mucho trabajo atrasado.

―Buenas tardes, señor Böhm ―susurró ella.

―Viktor ―ordenó él―. Creo que, dadas las circunstancias, podemos llamarnos por nuestros nombres.

―Viktor ―accedió Helena. Que intimo se sentía llamarlo por su nombre de pila.

Eran pocas las personas a las que le estaba permitido tutear a una mujer; tratar a la gente de usted era también una forma de marcar límites, de aumentar la distancia.

Llamarlo por su nombre, lo acercaba―. Entonces debes llamarme Lelé.

―Lelé ―repitió él, como si saboreara el apodo en su boca―. ¿Así es cómo te llaman tus padres?

―En realidad así me llamó mi hermana Josefina cuando nací. Helena es un nombre difícil para una niña de poco más de un año.

―Es perfecto ―confesó él con una sonrisa que hizo que su vientre se llenara de mariposas.

―He hablado con tu padre ―informó cambiando abruptamente de tema.

Helena tragó y esperó en silencio. Nunca había estado tan nerviosa en su vida por una frase tan corta .

―Si me aceptas sería un honor que seas mi esposa ―dijo él casi sin respirar.

Helena parpadeó. No era una declaración de amor y no es que esperara una. Era tal como sabía que sería: una solicitud lógica y perfectamente racional. Un intercambio donde ambos obtenían algo.

―Sí. ―Una minúscula palabrita que lo cambiaba todo.

Ambos se quedaron congelados por unos segundos.

Hasta que Viktor se acercó, la tomó de las manos y posó sus labios firmes sobre los de ella.

Una corriente recorrió a Helena, desde donde sus bocas se tocaban hasta las puntas de los dedos de sus pies-.

El rubor la cubrió por completo, sabía que su rostro estaba rojo, y sospechaba que el resto de su cuerpo, bien cubierto por la ropa, también.

Demasiado pronto él se separó de ella, hurgó en su bolsillo y sacó una pequeña caja forrada en terciopelo negro. La abrió para descubrir un delicado anillo de compromiso, una fina cinta de oro coronada con cinco esmeraldas en línea.

―Espero que te guste. ―La duda en su voz indicaba que su opinión era importante para él. A Helena eso la conmovió.

―Si no es de tu agrado lo podemos cambiar. Yo no quería llegar sin un anillo ―confesó. Además, el color de las piedras le recordaban los ojos de Helena. Aunque se guardó esta información para sí mismo.

―Es hermoso ―lo cortó ella extendiendo la mano. Él la tomó, quitó el guante con suavidad y colocó el anillo en su dedo.

Se miraron y sonrieron.

Viktor también se veía afectado por su breve beso. Notó otra calidez en como la miraba. Helena no dejaba de ruborizarse.

―Supongo que podríamos casarnos en unos diez días ―dijo, aclarándose la garganta―. Iniciaré los tramites en el registro civil y dejaré en tus manos la organización de la celebración que creas pertinente .

Helena suspiró, el pequeño momento romántico había pasado trayéndolos de nuevo a la realidad de hacer mucho en poco tiempo.

―Eso estaría bien ―aceptó ella.