Capítulo 7
«Una declaración»
S in anunciarse, Marie entró al despacho de su marido como alma que lleva el diablo. Toda la angustia revelada en su dulce rostro.
―¡Debes frenar esta locura, Otto! ―gritó con un chillido nada propio de la correcta señorita inglesa con la que se había casado más de dos décadas atrás.
―¿A qué locura te refieres, meine liebchen ?, ¿algún problema con los criados o con la casa? ¿Acaso algún vendedor olvidó su entrega? ―preguntó para ganar tiempo, porque sabía perfectamente a que se refería su esposa.
―¡Él no deja de venir! Cuando me negué a que salieran comenzó con las visitas. Se han estado repitiendo durante toda la semana. ¡Él podría querer casarse con ella! ―gritó desaforada.
Otto frotó sus dedos en el entrecejo. Esto sería difícil. Lo veía venir. No era ciego. Las idas y venidas en su casa no le eran ajenas; siempre supo todo lo que sucedía bajo su techo.
―Marie ―habló con dulzura―. Eso que temes podría solucionar parte de nuestros problemas. Además ―añadió―, Lelé ya es una mujer. ¿No deseas que sea feliz? ¿Qué sea dueña de su casa? ¿Qué encuentre el amor? ¿Qué tenga sus propios hijos?
―¡Hijos! ―chilló Marie―. ¿Por qué desearía para mi hija un futuro que podría matarla ?
―¡Marie! ―gritó Otto a su vez―, ¿de dónde sacas esas ideas?, ningún médico ha dicho que Helena no podría ser madre.
―¡Ella es tan pequeña!, Es frágil, Otto, y débil. Los…, los partos son difíciles y, además, ¡Él se la llevaría a Misiones!, ¡a ese lugar lejano y salvaje! ¿Y si enferma? ¿Qué pasaría si tiene un ataque?, ¿si necesita un médico? ¿Si queda embarazada y la gestación se complica?
―Marie, Helena no tiene ataques graves hace años. Solo ha padecido algún que otro resfriado y su alergia en primavera. Viktor tiene una gran casa, llena de sirvientes, tiene su propio puerto y embarcaciones. Vive a algunas horas por rio de Posadas, es una ciudad que crece, hay médicos también allí.
―Pero, Otto ―exclamó angustiada―. Ella…, ella era tan chiquita, ¿o acaso lo olvidaste?
¿Cómo puedes? No hay día que no recuerde sus primeros meses, como todos me decían que no iba a sobrevivir ―rememoró entre lágrimas―.
Y su infancia no fue mucho mejor: siempre en cama, esa lucha constante por respirar, el aire negándose a entrar a sus pulmones.
Cada vez que Helena no podía respirar sentía que me moriría con ella.
Sé que la sobreprotejo. No podría soportar que algo le pase.
No concibo la idea de que justamente sea Helena quién vaya a vivir tan lejos de nosotros. Ella es mi pequeño milagro.
Otto no había olvidado. Su segunda hija llegó al mundo casi dos meses antes de lo previsto.
Era un bebé pequeñito, el médico no les dio muchas esperanzas, nada quedaba por hacer más que alimentarla y darle calor.
Pasaron semanas sin saber si sobreviviría.
Entendía la angustia de su mujer, también sabía que Helena no era tan frágil como su familia creía, veía fuerza en ella y cierta obstinación.
Otto había aprendido a no subestimar a nadie y mucho menos a sus hijos.
Con Josefina cometió ese error, no volvería a dejar que el árbol le impidiera ver el bosque otra vez.
Se daba cuenta de que años atrás debería haber puesto fin a la forma en que su esposa evitaba la salida al mundo de su segunda hija.
Helena no tuvo la posibilidad de experimentar nada de lo que vivían las jóvenes de su edad.
La pobre muchacha ni siquiera había asistido a un baile.
Ahora solo debía calmar a su esposa y demostrarle que su hija no era la bebé pequeña y enfermiza que había llegado al mundo veintiún años atrás con un pronóstico adverso y pocas esperanzas de sobrevivir.
―Helena va a estar bien, Marie. Ya no es una niña.
Diez días transcurrieron, más de una semana de visitas y paseos.
Tres días más de los acordados para conocerse y, al parecer, Viktor no estaba decidido.
No pidió hablar con su padre ni se había declarado formalmente.
En realidad, no la visitaba desde el último sábado y hoy ya era martes.
Helena estaba nerviosa. ¿Y si había llegado a la conclusión de que no eran compatibles? , ¿y si no volvía para pedir su mano?
No, ella no pensaría en eso. Se divirtieron juntos, pasaron unos días más que agradables, recorrieron la ciudad, conversaron, tomaron el té.
Estaba segura de que tenían algunas cosas en común, opiniones, ideas…
, Viktor era hermético, no hablaba mucho, salvo de su trabajo y su estancia.
Era evidente que esa era su pasión. Le gustaba mucho y admiraba la emoción que ponía cuando hablaba de su tierra, de sus plantas, de su casa, con cada relato podía ver en su mente lo que Viktor le contaba.
Se imaginaba a sí misma viviendo allí, entre la selva y el río.
Quería recorrer los yerbales con él, aprender todo sobre la vida en la estancia, conocer a su familia y a cada persona sobre la que Viktor había hablado.
Pero él todavía no aparecía. Eso y la poca atracción que mostraba por ella, hacía que su sueño de escapar de la opresión amorosa de su familia se hiciera cada vez más lejano .
Su madre había pasado toda la semana tratando de disuadirla de las salidas.
No decía nada sobre una posible boda, a pesar de que Helena sabía que su madre imaginaba que ese era el objetivo de tantas visitas y paseos.
La táctica de Marie era más sutil que enfrentar a su hija cara a cara.
Cada noche pasaba por su habitación para conversar y, en esas charlas, deslizaba comentarios casuales, tales como lo lejano y salvaje que era el Territorio Nacional de Misiones; que triste debía ser vivir lejos de la familia, que suerte que en Buenos Aires Helena tenía a disposición los mejores médicos y hospitales o, simplemente, lo triste que sería si alguno de sus hijos se fuera a vivir lejos.
Era implacable. Lelé se mantenía firme y cada comentario no hacía más que convencerla de irse.
Ya no veía el quedarse como una posibilidad para su vida.
Si no se casaba con Viktor escaparía como su hermana Josefina.
A no muchas cuadras de allí, con largas zancadas Viktor recorría las calles adoquinadas de Buenos Aires.
Se dirigía a las oficinas de Otto Von Zeschau para hablar sobre Helena.
Estaba nervioso como un colegial, lo que no le pasaba hacía mucho tiempo.
Todas sus decisiones eran tomadas en frío.
Aplicaba la lógica y sopesaba cada pro y contra.
Pero hoy se notaba nervioso. Repasó varias veces como tocaría el tema y que diría.
Una ansiedad como no sentía hacía mucho se había apoderado de él.
Es que la chica le gustaba. En verdad le gustaba.
No es que se lo hubiera dicho o demostrado.
Él no era así. Los sentimientos no eran su fuerte.
En su experiencia el amor traía dolor cuando se perdía a la persona querida.
Lo había experimentado dos veces en su vida y era suficiente.
El agujero dejado por su padre primero, y luego por su hermana, nunca dejaba de doler.
Tenía que reconocer que disfrutó del breve cortejo.
Un poco esperó que la chica solo se limitara a hablar de bailes y vestidos, pero Helena resultó ser sumamente culta y tenía puntos de vista definidos sobre muchísimas cosas.
Estaba informada, se notaba que leía mucho sobre diferentes temas.
También prestaba atención a la actualidad y a las noticias.
No era muy común que las mujeres en general, y en especial las jovencitas, leyeran el periódico. Era evidente que ella lo hacía.
Cada encuentro fue una estimulante sorpresa y había echado por tierra sus prejuicios sobre las señoritas de sociedad. En lo que se refería a Helena, estos no se cumplían. No era la cabeza hueca que había esperado y no sabía si eso era bueno o era malo.
Decidió primero hablar con su padre y después con ella.
Tendría que haber ido ayer, los tres últimos días estuvo tapado con el trabajo acumulado después de su semana de vacaciones, por decirlo de alguna forma.
Todo ese asunto de cortejar y visitar a la muchacha, había dejado tras sí un montón de reuniones canceladas.
Eso lo irritaba, siempre el deber era primero y no podía ver a Helena como un deber, eso lo hacía sentir culpable.
Se puso al día cargándose con el trabajo en las últimas tres jornadas.
Esperaba que la muchacha no se hubiera arrepentido, no tendría más oportunidades de conocer a otra joven de buena familia.
Ya era raro que Von Zeschau pusiera su mirada en él, tanto como socio como para yerno.
Conocía sus limitaciones, él era tosco, sin refinamiento ni antepasados nobles.
Aunque el hombre fuera moderno y democrático, ciertas carencias no se lograban salvar.
Pero, Viktor era rico. El oro verde, como le decían a la yerba mate, y las maderas exóticas le reportaban grandes ganancias.
Ganancias que ahora quería invertir y que lo hacían aceptable para algunas familias de la sociedad porteña.
En cuanto a la chica, le gustaba y sentía que ella disfrutaba de su compañía.
Creía que se llevarían bien, sin duda había atracción entre ellos.
Por lo menos él no tendría ningún reparo en tenerla entre sus brazos.
Poseía una belleza delicada, frágil y su mirada irradiaba una fuerza y una obstinación que lo intrigaban y lo hacían querer conocerla más a fondo.
No esperaba mucho del matrimonio y tampoco estaba dispuesto a dar más.
Incluso esa atracción era un extra, se habría casado con cualquier mujer con tal de proteger a su familia.
Pero su corazón estaba resguardado tras muros de piedra.