Capítulo 6
«Una tragedia en Rio Grande do Sul»
V iktor corría, sus pequeñas piernas lo llevaban hasta donde su padre había caído y la sangre ya comenzaba a manchar el suelo humedeciéndolo. Las sombras más allá de la granja se alzaban como monstruos en la mente del niño.
―¡Papai!, ¡no! ―Su grito rompió la noche.
―Ahora eres el hombre de la casa, hijo. Debes cuidar a tu madre y a tus hermanos.
―¡Papá! ―volvió a gritar Viktor, pero su padre ya no escuchaba.
Viktor se despertó agitado, el sudor frío recorriéndole el cuerpo, la ropa de cama estaba revuelta.
Las sábanas enganchadas entre sus piernas y brazos, como si hubiera estado dando vueltas sobre el colchón, como si hubiese luchado en sueños.
Con un suspiro, arrastró una mano sobre su rostro y peinó hacia atrás el cabello que le cubría la frente.
Hacía muchos años que no soñaba con la muerte de su padre.
No entendía por qué le había abierto a Helena la puerta de esa parte de su pasado que mantenía bien cerrada.
Hablar sobre su infancia lo revolvía todo y traía al presente cosas que no quería recordar, cosas que lo llevaban a una etapa funesta de su vida.
La muerte de su padre y más tarde la de su hermana Sofía le dolían tanto que afectaban todo su mundo; se había forjado en ausencias, no soportaba más perdidas.
Volver a dormir era imposible. Como cada vez que aparecía, el sueño le traía recuerdos; lo llevaba a la salida de Brasil junto a su madre y su hermana, al largo viaje por tierra hasta llegar a Misiones, a una época de tristeza y privaciones.
Algunas veces solo soñaba con la muerte de su padre, o lo último que le dijo, o con el fuego.
Ya no sabía bien que parte fue real y cual había sido adornada por su imaginación de niño, pero el dolor no era imaginario, era desgarrador e interminable.
Eligió un matrimonio de conveniencia para no volver a sentir tanto apego por alguien, que su pérdida lo llevara otra vez a ese pozo oscuro y doloroso.
Viktor salió de la cama, se puso un par de pantalones y pasó a la sala, donde encendió un cigarrillo.
Abrió la ventana y observó la calle desierta, apoyó una pierna en el alfeizar, exhaló el humo y vio como las espirales traslucidas ascendían para perderse en el cielo nocturno de Buenos Aires.
No faltaba mucho para el amanecer, en pocas horas el movimiento rompería el silencio que ahora cubría la ciudad.
En medio de esa quietud, los recuerdos se abrían paso.
1893. Sur de Brasil.
Viktor recorría las calles del pueblo junto a su padre.
Compartían el mismo nombre, pero para el niño el hombre solo era su papai o su vati , según hablaran en portugués o en alemán; las lenguas se mezclaban, confundían y alternaban en el día a día de los inmigrantes.
Llevaban el carro lleno de grano para vender.
Sentado en la parte posterior del vehículo, sus piernas colgaban y él veía el camino que iban dejando atrás.
La pequeña comunidad agrícola despertaba un día más inmersa en la actividad y el movimiento de sus pobladores.
Los vehículos cargados con la cosecha se movían por las estrechas calles.
Las tiendas abrían sus puertas. Los hombres y mujeres que iban y venían de los campos ubicados en los alrededores llevaban y traían ganado y grano por los caminos.
El niño tenía la esperanza de obtener la compañía de su padre para ir a pescar, pero antes debían terminar las tareas de la granja.
―¿Podemos ir al río? ―preguntó.
―Tal vez el domingo, hijo, después de la iglesia. Aunque tendríamos que pasar por casa a cambiarnos, ya sabes cómo se pone tu mamá con la ropa de los domingos.
Viktor sonrió. Su madre siempre los regañaba si no cuidaban la ropa de calidad que reservaban para la misa o alguna eventual salida.
―Podemos invitar a mamá y a Sofía ―dijo el pequeño―. ¿Podemos comer allí?
―Eso las pondría felices, hijo ―aseguró su padre.
Después de terminar sus negocios en el pueblo siguieron el camino hasta la granja.
Viktor no sabía que su padre siempre estaba en guardia.
La revolución corría por los pueblos de Rio Grande Do Sul y los diferentes bandos no dejaban de asolar las tierras y de arrasar todo a su paso.
A los ejércitos enfrentados se sumaban las bandas de forajidos, desertores y delincuentes de todo tipo que aprovechaban la revuelta dedicándose al pillaje.
Su pequeño pueblo todavía no había sufrido más que pequeñas incursiones; grupos a caballo que exigían comida o incluso un lugar para dormir.
Las horas pasaron y el día transcurrió lleno de actividad para la familia Böhm.
La granja exigía una gran cantidad de trabajo y esfuerzo.
Tenían que cuidar a los animales, preparar la tierra para los cultivos, quitar malas hierbas de la huerta, además de mantener la casa, cocinar y lavar.
Su madre Aurelia, quién embarazada de pocos meses seguía trabajando con ahínco, ignoraba la insistencia de su padre para que descansara.
Sofía y Viktor ayudaban en todo. Los pequeños de nueve y siete años iban juntos a todos lados.
El menor siempre detrás de su hermana. Fueron bendecidos con una familia unida y amorosa que cooperaba en todo para salir adelante.
Ese día la tarde caía cuando se oyeron los primeros gritos provenientes de las granjas vecinas.
Su padre los escondió en un sótano oculto bajo el granero y salió a ver lo que ocurría.
Hombres a caballo se acercaban a la casa.
Esta vez eran muchos. Desde donde estaba vio una columna separarse para dirigirse a una granja vecina, mientras otro grupo se dirigía directamente hacia él.
El grupo llegó levantando polvo en sus monturas y de inmediato lo rodearon.
―Venimos en busca de comida, buen hombre ―dijo el que parecía ser el cabecilla de la banda.
La amabilidad no lo engañó. Había oído como bandas así arrasaban pueblos y granjas. Robaban, abusaban de las mujeres y quemaban las casas y chacras por puro placer. No iba a exponer a su familia.
―Pueden llevar lo que quieran ―indicó con calma. Un grupo ya había desmontado y se dirigía a la casa. Amortiguado por la distancia escuchó como se rompía el vidrio y sus pertenencias eran manoseadas por las sucias manos de los forajidos.
―Que solitaria se ve esta granja, ¿No cree, jefe? ―recalcó uno de los maleantes―, ¿ninguna señora en la casa granjero? ―indagó.
―Solo yo.
―La ropa colgada no dice eso.
―No están ―insistió.
―Tendríamos que buscar mejor .
Viktor se tensó. Dos hombres entraron al granero y comenzaron a mover y patear todo a su paso. Un gran arado tapó la puerta del sótano al quedar encima.
―Tomen lo que quieran y lárguense ―pidió nervioso.
Uno de los malandras se aproximó demasiado al lugar donde Aurelia y los niños se escondían.
Su movimiento volcó el farol que colgaba de una viga sobre el heno.
El fuego tomó rápidamente la paja seca y el incendio comenzó a extenderse por todo el granero.
En medio de su desesperación corrió y empujo al jefe que cayó al suelo.
Sin mediar palabras uno de los bandidos disparó.
Más disparos sonaron afuera y los maleantes corrieron hacia la granja vecina. El hombre herido quedó tirado en el suelo.
El pequeño Viktor junto a su madre y su hermana seguían escondidos en la pequeña bodega bajo el piso del granero.
Escucharon los cascos de los caballos que retumbaban sobre sus cabezas.
Los gritos y las carcajadas de los hombres alcoholizados tapaban las protestas de su padre.
El olor a humo llegó a su escondite y el terror de quedar atrapados bajo el heno que ardía se hizo presente.
Su madre trató de abrir la trampilla para ver que ocurría, pero estaba trabada.
Algo pesado bloqueaba la salida. El humo era denso y poco a poco se filtraba por las tablas del techo.
Escucharon a su padre discutir y pedir clemencia hasta que el sonido de un disparo silenció la discusión.
El dolor de la comprensión tardó en llegar, al menos para Viktor y su hermana; a su madre la atravesó mientras trataban de respirar.
Aurelia rasgó sus faldas y envolvió la nariz y boca de los pequeños con la tela que había humedecido con cerveza guardada en la bodega.
Cuando ya solo se escuchaba el crepitar del fuego unieron todas sus fuerzas para abrir la trampilla.
Tras varios intentos la puerta cedió y dejó entrar el calor sofocante del fuego al húmedo escondite.
Fue su padre quién, arrastrándose, logró quitar la pesada máquina de arar que los hombres habían movido hasta bloquear la puerta en su búsqueda de cualquier cosa que valiera la pena robar.
―Rápido, salgan todos ―gritó su padre con la voz agitada por el esfuerzo y el dolor.
Corrieron afuera y vieron con horror como las llamas consumían su hogar.
El niño se giró hacía el granero y vio a su padre salir dando tumbos y agarrarse el costado con una mano.
Apenas dio unos pocos pasos antes de caer.
Todos corrieron a él, pero Viktor llegó primero.
Su padre lo miró con amor, tristeza y resignación. La vida se escapaba de su cuerpo.
―Cuida a tu mamá, a Sofía y al bebé. ―Fue lo último que le escucho decir.