Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

«Una tarde en el Zoológico»

E l día amaneció soleado y fresco por la mañana; al mediodía ya se notaba la calidez que los acompañaría por la tarde.

A las tres en punto Viktor se presentó en la residencia con un coche de alquiler abierto tirado por caballos que resultaba ideal para un paseo al aire libre.

Si bien se veían cada vez más vehículos a motor, la tracción a sangre todavía tenía una gran presencia en la ciudad; el ruido de los motores de las nuevas máquinas contrastaba con los carros de tiro y los tranvías eléctricos que surcaban las calles.

Una vez instalados en el vehículo emprendieron el corto trayecto hasta Palermo.

Helena y Viktor se sentaron juntos mirando hacia adelante y sus hermanos lo hicieron frente a ellos.

Helena estaba bellísima con un vestido blanco de lino bordado y una chaqueta a juego.

Ambas señoritas llevaban sombreros enormes y sombrillas; la piel bronceada todavía era muy mal vista por la alta sociedad, pese que las playas de la costa atlántica eran el lugar elegido por las clases altas para vacacionar.

La vestimenta blanca de las jóvenes y los trajes oscuros del propio Viktor y de Emilio añadían un efecto visual de contrastes al coche abierto.

El trayecto al jardín Zoológico fue tranquilo y no tardaron mucho en llegar.

Helena miraba todo, esto llamó la atención de Viktor, parecía como si fuese la primera vez que salía al exterior.

El asombro y la sorpresa pintaban su rostro y sus ojos brillaban con deleite, como un niño en un parque de atracciones, que no sabe dónde mirar primero.

Era extraño que una dama de alcurnia tuviera esa actitud de frescura y asombro ante las cosas.

Por el poco contacto que había tenido con esposas e hijas de sus clientes, la moda era presentar una actitud de hastío y aburrimiento, como si nada pudiera sorprenderlas.

Viktor ya empezaba a notar que Helena era muy diferente a lo que él pensaba de las damas de la sociedad porteña.

El cochero los dejó en la entrada del parque y allí permanecería para esperar su regreso.

Viktor tomó a Helena del brazo y Milo hizo lo propio con Carolina.

Tras adquirir las entradas, los cuatro emprendieron el paseo entre la multitud que visitaba el jardín donde se exhibían los animales.

La estrecha falda trabada de Helena le impedía ir rápido, pronto sus hermanos pusieron distancia y ella quedó más atrás con Viktor.

Eso les dio la oportunidad de tener cierta intimidad para conocerse.

Los senderos los llevaban por las diferentes atracciones.

Las exclamaciones y gritos de algarabía de los niños presentes les daban pistas y eran como un anuncio cada vez que se acercaban a la jaula de alguna bestia exótica.

Elefantes y jirafas eran los que se llevaban la mayor cantidad de expresiones de asombro, también los monos y los tigres cosechaban gran cantidad de aplausos.

El lugar era increíble, inaugurado veinticinco años atrás albergaba todo tipo de animales enjaulados en unas construcciones de ensueño.

Cada estructura representaba la arquitectura del país de origen del animal que guardaba, lo que permitía al observador viajar por todo el mundo sin salir de Buenos Aires.

Una fabulosa estructura metálica usada en los festejos del bicentenario en 1910 fue donada al parque para ser usada como enorme jaula para los cóndores andinos.

Pese a estar maravillada por el lugar, Helena no lograba quitarse de la cabeza que los animales estaban en jaulas de oro, «como ella», pensó.

Era un espectáculo hermoso y triste a la vez; verlos tan cerca no tenía precio, pero no dejaba de pensar que el león debería estar corriendo en la sabana africana junto a los antílopes y las cebras o que el elefante pertenecía a la selva de la India y no a esa especie de Pagoda Budista que, pese a ser bellísima, no era natural.

El zoológico ofrecía paseos en elefantes, camellos o ponis, a Helena no le pareció correcto aceptar uno.

La estrella más reciente era la jirafa Mimi, famosa por su llegada al puerto de la ciudad.

Debido a que no había ningún transporte adecuado a su tamaño, el director del zoológico, el Dr. Onelli, decidió trasladar a Mimí a pie por las calles de Buenos Aires, lo que causó gran asombro y estupor entre los transeúntes y así generó un montón de publicidad gratuita para el parque.

Mientras sus hermanos admiraban a los tigres, ella y Viktor se quedaron un poco atrás, en parte debido a sus pequeños pasos, en parte porque así podían hablar.

―¿Disfruta del paseo? ―preguntó.

―Sí, mucho. Es increíble poder ver todo esto en la ciudad, ¿no cree? ―Viktor la miró fijamente, con otra de esas miradas que parecían poder ver a través de ella.

―No sé si me gusta ver a estas bestias enjauladas. En cierto modo me apena ―indicó él.

―Pensaba lo mismo. Las jaulas son exquisitas, tanto que uno olvida que tienen rejas. Pero los animales no lo sienten diferente de cualquier prisión, ¿no?

―Así lo creo ―respondió Viktor sonriendo ante ese punto de vista en común que compartían―.

En Misiones los animales son libres; somos nosotros los que vivimos enjaulados en nuestras chacras, rodeados de selva y monte.

Aunque día a día el hombre ocupa un poco más de todo ese territorio virgen ―añadió―. Considero que le gustaría.

―Hábleme de Misiones, de su familia, su casa… de lo que me espera allí… de usted ―pidió Helena mirándolo a los ojos .

Viktor podía imaginar perfectamente a esta mujer en su casa, sentada a su lado en los sillones de la galería contemplarían el atardecer misionero al son de las chicharras.

La vio cabalgar con él por el campo o incluso bañarse juntos en el río.

Mejor no seguir con esa línea de pensamientos, mejor contarle sobre su trabajo y su familia.

―Yo nací en Brasil ―contó poniéndose serio de repente, como si la sola mención del país vecino le trajera un gran pesar que le llegaba a los ojos, haciéndolos más profundos incluso, Helena quería borrar esa expresión de su rostro―.

Llegué a Misiones a los siete años, con mi madre y mi hermana Sofía; Hanna y Erika nacieron un poco después de llegar al país ―continuó―.

Santa Teresa, mi estancia, es un establecimiento dedicado la explotación yerbatera.

Allí vivo, con mi madre Aurelia, mis hermanas gemelas y con mi sobrino Bruno.

Estamos a unos kilómetros de Candelaria, sobre el río Paraná, hasta tenemos un muelle propio.

Le contaría como es Misiones, pero me temo no hay descripción que sea justa.

Tendrá que ir allí y emitir su propia opinión ―agregó giñándole un ojo.

A pesar de que había recitado todo como si fuese una lista, el cambio en su rostro al hablar de su estancia era notorio.

Mientras que al mencionar su lugar de origen la tristeza cubrió su semblante, cuando hablaba del territorio misionero, en especial de Santa Teresa, las emociones que lo atravesaban eran el orgullo y la satisfacción.

―Entonces cuénteme lo que si pueda describir ―pidió ella―. ¿Qué edad tienen sus hermanas?, ¿y cuál es la madre de su sobrino?, ¿todos viven con usted?, ¿incluso el padre del niño?

―Bruno es hijo de Sofía, mi hermana mayor. Ella… murió al dar a luz. Su esposo dejo al niño con mi madre y no volvimos a verlo. Las gemelas van a cumplir veinte años.

―Lo siento, debe pensar que soy una impertinente por preguntar. Lamento lo de su hermana, debió ser duro, no imagino que ninguno de mis hermanos me falte .

―No lo sienta, pasó hace mucho y usted no lo sabía ―dijo para calmarla―. Como bien indicó, ha sido difícil. No hay día en que no la extrañe, éramos muy cercanos.

Después de esas revelaciones, se sumieron en un cómodo silencio.

Recorrieron el resto del parque siguiendo a sus hermanos que avanzaban con energía por los senderos marcados, acercándose a cada animal maravillados.

Carolina estaba eufórica, no eran muchas las ocasiones en las que se le permitía alternar con los adultos; a los catorce años todavía estaba destinada a las clases con institutrices y a las actividades infantiles.

La pequeña Vera se beneficiaría de sus relatos al regresar, pensó con alegría.

El paseo por el jardín Botánico fue más breve.

Viktor se demoró en las oficinas para ver si obtenía la información que necesitaba, después recorrieron los senderos llenos de plantas y estatuas.

Viktor conocía muchos de los especímenes que allí veían y le explicó a Helena cuales había en Misiones, como los lapachos, el palo rosa o la araucaria, mal llamada pino paraná.

Después de caminar un rato por los senderos se sentaron en un banco de hierro mientras sus hermanos recorrían el jardín a su aire.

―A ver si lo entiendo ―preguntó Helena, luego de que Viktor le contara sobre la información que buscaba―, las plantas de yerba que hay en su estancia, ¿no las sembró usted?

―No. En todo el territorio abundan los yerbales silvestres y hay otros abandonados desde la época en que los miembros de la Compañía de Jesús eligieron la zona para instalar sus misiones.

Hace unos años empezamos a experimentar con las semillas y hoy tenemos algunos plantines en almácigos listos para pasar a tierra.

―¿Tan difícil es hacer que esas plantas broten?

―Pues sí, hace mucho que se intenta reproducir las plantas de forma controlada. Hasta ahora solamente logramos trasplantar una corta distancia las plantas que brotan al pie del árbol maduro, pero no resisten los traslados más largos.

―Oh. ―Helena estaba impresionada con todos los conocimientos botánicos de su futuro esposo. En su cabeza Viktor ya era su prometido, pese a que aún no había aceptado su propuesta.