Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

«De Misiones a Buenos Aires»

E l Barco se acercaba al puerto arrastrándose por las fangosas aguas de la orilla argentina del rio de La Plata.

El hombre apoyado en la barandilla de la cubierta superior miraba la ciudad con resignación, lo que evidenciaba que este no era un viaje que hacía por placer.

Viktor odiaba Buenos Aires de manera casi visceral.

La enorme ciudad lo ponía nervioso y lo hacía sentir fuera de lugar.

Le recordaba sus orígenes humildes; su falta de educación lo volvía ingenuo y campechano.

Un extraño en la gran urbe que se alzaba pujante sobre el margen occidental del ancho río.

Desde la cubierta del vapor Ciudad de Salzburgo perteneciente a la Empresa a la que pronto esperaba asociarse, observaba el movimiento portuario y los altos docks de ladrillo rojo del puerto nuevo, mientras esperaba que las maniobras del barco en la dársena terminaran para poder descender.

Los aromas propios del lugar llenaban sus fosas nasales con esa mezcla pútrida y oleosa, de la basura y los combustibles arrojados al agua.

A su descontento con la gran ciudad, se sumaba el hecho de que tampoco le gustara ausentarse tanto tiempo de sus tierras y negocios en Misiones.

Debía su éxito a estar siempre cerca de cada cosa que ocurría en su estancia y al trato personal con sus compradores, sin intermediarios.

Por ello solía viajar un par de veces al año para vigilar la llegada de sus productos y contactar personalmente a los clientes.

Comerciaba yerba mate con un par de molinos y maderas nativas.

El quebracho colorado, el lapacho y el guatambú eran muy apreciadas por ebanistas y constructores.

Todo eso necesitaba de su presencia para fijar precios y cerrar tratos.

Cosa que él aborrecía, pero que alguien debía hacer.

Viktor estaba a gusto en el monte, cuando abría picadas a los machetazos para llegar a un yerbal virgen o buscaba las preciosas maderas exóticas que tan bien se pagaban en la ciudad.

Disfrutaba del ritual de liar su propio tabaco después de un día de arduo trabajo y tomar mate con su madre en la galería que rodeaba toda su casa, mientras observaban el caer de la tarde bajo los sonidos de la selva y contemplaban todo lo que habían construido con mucho esfuerzo.

Era un hombre simple y estaba conforme con serlo.

Si no tuviese una familia por la cual preocuparse sería feliz solo con cosechar yerba, plantar tabaco o hacer cualquier labor de la chacra.

Pero no estaba solo, tenía a su madre, a sus dos hermanas y un sobrino que dependían totalmente de él.

Asegurar su futuro era su responsabilidad y no se permitiría fallar.

Si todo salía bien ya no tendría que viajar tanto.

Asociarse con Otto Von Zeschau le permitiría dedicarse a sus asuntos en Misiones y dejar en manos de su socio las gestiones en la capital.

Claro que eso también implicaba un cambio drástico en su vida, puesto que incluía una esposa.

Al analizar la propuesta se había percatado de que necesitaba una, así que no servía de mucho lamentarse, era solo otro ítem más del contrato.

Por el momento lo importante era cerrar este trato, tanto para poder delegar la parte del negocio que tan poco le gustaba, como para diversificar los alcances de sus inversiones y pasar a formar parte de la empresa de transporte de la familia, la Compañía fluvial Nueva Esperanza.

Fundada por Richard Barth el suegro de Otto y llevada al éxito por este último.

Viktor necesitaba concretar esta asociación, tanto para tener el control del traslado de sus productos como para entrar en el lucrativo negocio del transporte del litoral .

Pese a que varias compañías competían por el traslado de pasajeros y mercancías, el volumen del negocio seguía siendo enorme, incluso con la reciente llegada del ferrocarril a Posadas, la capital del Territorio. La gente aún prefería el uso de los barcos que surcaban de arriba abajo el Río Paraná.

En cuanto a la otra parte del trato, no deseaba una esposa, la necesitaba.

No, no él; su familia precisaba que él tomara una esposa.

Era un paso más para coronar el éxito que había logrado.

Ya era dueño del dinero, necesitaba el prestigio.

Sus hermanas requerían alguien con educación y clase para guiarlas, para pulirlas.

Su madre era una mujer sencilla, con un corazón enorme, pero sin habilidades sociales para hacer el trabajo.

Viktor había asistido a la escuela, tanto en Brasil como en Argentina, y había limado lo mejor que pudo sus modales toscos gracias a la influencia de un maestro comprometido con su trabajo que le vio potencial.

Cuando tuvo dinero invirtió en libros que sumaron conocimiento a su vida, pero no le alcanzaba para ocuparse de dos jovencitas que se criaron salvajes en la chacra hasta su adolescencia.

Las escuelas del monte enseñaban a leer, escribir, sumar y restar.

Los hijos de inmigrantes hablaban diferentes idiomas en sus casas y los maestros enseñaban solo en español; no era raro que los niños aprendieran con suerte, una cuarta parte de las clases impartidas.

A eso se sumaba que una buena parte del alumnado no llegaba a juntar tres años completos de asistencia.

Las tareas del campo llevaban a que los padres los sacaran para ayudar y la concurrencia a la escuela era errática o prácticamente nula en algunos casos.

Sus hermanas eran muy inteligentes, Hanna incluso enseñaba a leer y a escribir a su sobrino, Bruno, y a otros niños de la estancia.

Pero eran dolorosamente carentes de habilidades sociales.

Por eso, sería su esposa quién se ocuparía de Hanna y Erika.

Había visto solo una vez a la joven, parecía una dama agradable, no hablaron gran cosa, solo compartieron una cena, casi un año atrás.

No recordaba mucho a los otros hijos, un muchacho de unos dieciocho años y una adolescente seria, no tan bonita como su hermana.

Sabía que su anfitrión tenía otras dos hijas: una niña pequeña que aún estaba en la guardería y una muchacha que no había asistido por haber estado enferma en cama.

En esa ocasión había prestado atención a Josefina, era alta y de figura voluptuosa, lo que le daba un porte regio.

Sus modales eran refinados. Poseía una belleza poco convencional: ojos verdes, cabello castaño, rasgos fuertes, una nariz recta, no tan pequeña como estaba a la moda, labios gruesos y pómulos afilados.

La joven no era para nada desagradable a la vista pensó Viktor.

Se veía fuerte; lo último que necesitaba era una mujer frágil.

Después de esa cena en una visita a las oficinas de su futuro socio, mientras hablaban de una posible unión de negocios, surgió la posibilidad de llevar el lazo más allá de lo comercial y convertirse en familia.

Los dos hombres acordaron pensarlo y unos meses más tarde Viktor escribió una carta donde pedía formalmente al hombre la mano de su hija.

Dejó pendiente, para más adelante, un viaje a Buenos aires para declararse, como era debido, a la muchacha.

La respuesta no se hizo esperar, Von Zeschau estaba encantado.

Puso en manos de la familia informar sobre sus intenciones a la dama.

Este nuevo viaje era para concretar todo el asunto, se quedaría un par de semanas en la ciudad para cortejarla y conocerse un poco.

Luego se declararía, le daría una sortija y esperaba recibir una respuesta afirmativa.

Su padre ya había dado su visto bueno y no había dicho nada más.

Las jovencitas hacían lo que sus progenitores les indicaban después de todo.

Pese a ser un matrimonio arreglado, Viktor estaba convencido que pasear un poco y conversar con la dama haría todo más fácil para ambos; tampoco deseaba una pareja que fuera incompatible con él y su forma de vida.

En principio no esperaba un gran afecto, pero sí compatibilidad; vivir en el territorio no era fácil y menos lo sería si la muchacha resultaba ser caprichosa o estaba llena de pájaros en la cabeza.

La boda podría realizarse en unos meses, volvería a Buenos Aires con su familia y por fin esos viajes ya no serían necesarios.

Si su esposa deseaba visitar a la familia, un viaje al año debería ser suficiente.

Elecciones lógicas y controladas eran las que dirigían su vida y gracias a eso había pasado de ser un pobre inmigrante de Río Grande a tener la fortuna que hoy poseía: Había jurado no dejar que nada le volviera a faltar a su familia y no fallaría en su promesa.

Existían además otras preocupaciones que lo incitaban a volver pronto a su tierra. Desde un tiempo atrás su estancia sufría de una serie de incidentes; agresiones menores sin explicación, pero que habían roto la paz y seguridad que sentían todos los que allí vivían.

El vapor terminó de atracar y sacó a Viktor de sus cavilaciones; únicamente necesitaba desembarcar, llegar a su hotel, tomar un baño y cenar para sentirse otra vez humano.

Los camarotes del barco eran lujosos y contaban con todas las comodidades, pero los sanitarios dejaban bastante que desear.

No era posible tomar un baño decente, contaba con un lavamanos y grifos que brindaban agua fresca, pero no había bañera ni ducha en la mayoría de las cabinas, pese a ser la primera clase.

Una hora más tarde, el coche alquilado se detenía frente al destino de Viktor. Por regla general elegía el tranvía para moverse en la ciudad, pero el viaje lo había dejado agotado, haciendo que tomara un vehículo particular esta vez.

―Buenas tardes, Señor Böhm. Es una alegría para nosotros volver a alojarlo en el Grand Hotel Buenos Aires ―expresó el Recepcionista.

―Muchas gracias, Luis ―contestó―. Por favor agradece a todo el personal de antemano. Siempre cuidan todos los detalles para hacer mi estancia inmejorable .

―Es usted un huésped fácil de complacer, Señor.

Para Viktor era fácil relacionarse con los empleados y el personal, la sencillez de estas personas lo hacía sentir cómodo. No le pasaba lo mismo con los grandes señores de la ciudad.

―Ese es todo un halago, Luis. Por favor, encárgate de hacer llegar toda mi correspondencia a la suite.

―Si, Señor. Su equipaje ya fue enviado. Mario lo acompañará a la habitación.

Un par de horas después, cenaba en el comedor del Grand Hotel. Los siguientes días serían largos, llenos de entrevistas y reuniones. Completaría todo el trabajo y en un par de días haría una visita a la familia de Otto y, si todo salía bien, volvería a Misiones comprometido.

Más tarde Viktor tomó el elevador hasta su suite en el segundo piso.

El hotel era uno de los más modernos de Buenos Aires, no tan espléndido como el Plaza, pero si más conveniente.

Era uno de los nuevos hoteles de lujo que ahora poblaban la avenida de Mayo y sus alrededores.

La Suite contaba con vestíbulo, una sala y una recámara, además de baño privado y unas vistas a la calle Florida.

Toda la decoración era de estilo: muebles Luis XV, ricos tapizados en colores brillantes, cortinados suntuosos y pesados.

Todo era tan diferente a su vida en Misiones que a Viktor le resultaba una molestia tanto lujo y comodidad.

La ubicación sobre Florida y Rivadavia era excelente y sabía que para los negocios la imagen lo era todo.

Alojándose en el Grand Hotel podía recibir clientes y dar una buena impresión.

«¡Dios!», como odiaba toda esa presunción y falsedad que la sociedad parecía necesitar para hacer cualquier cosa.

En el monte las cosas se hacían de manera mucho más simple.

Si uno tenía el dinero compraba lo que quería, sin inspeccionar la vida de quién vendía o dónde lo hacía.

Aquí todo eran apariencias, contactos, relaciones.

El quién importaba más que el qué o el cómo.

Que falso le parecía todo a Viktor, hombres de negocios que lo llevaban a cenar con sus esposas pero que después alardeaban de sus amantes al estar en compañía masculina exclusiva.

A él todo esto lo asqueaba. Ese contraste lo hacía apreciar a Otto más sencillo y directo en sus tratos, que no necesitaba jactarse ni demostrar nada.

Hablaban de negocios con claridad y una vez que lo invitó a su casa le presentó orgulloso a su familia.

Era notorio que apreciaba y respetaba a su esposa, se veía el afecto que se tenían, mientras que en otras parejas solo había visto tensión y simulación.

Con estos pensamientos, Viktor por fin se retiró a dormir, no sin antes planificar su semana en la ciudad y dejar todo organizado. Era un obsesivo de los planes y el orden, tener todo bajo control lo hacía sentir seguro. Quién iba a imaginar que esos planes pronto serían cambiados radicalmente