Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 1
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Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1)

Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1)

Por J. Benes

© inepub.com

Capítulo 1

«La Hermana Perdida»

Buenos Aires, cuatro semanas antes.

J osefina se había ido»

Escondida debajo de la imponente escalera doble del recibidor de su casa, Helena escuchaba las voces de sus progenitores provenientes de la biblioteca donde se habían encerrado.

No entendía para qué se escondían; el llanto desconsolado de su madre y los rugidos de su padre hacían imposible no enterarse de la tormenta desatada en la residencia Von Zeschau.

Como en una obra de teatro mala, la tragedia familiar se desarrollaba entre lágrimas y reclamos.

―¡Josefina! ―gritó su madre entre sollozos.

―¡Estamos arruinados! Ese matrimonio era lo único que nos separaba de la ruina y esa niña malcriada lo ha echado todo a perder. ―Helena podía sentir un atisbo de culpa en el tono siempre tranquilo y amable de su papá.

―No me importa la ruina, Otto. Mi niña está sola Dios sabe dónde. La presionaste tanto que tuvo que escapar de su propia familia.

―Marie ―respondió en tono conciliador―, no entiendo por qué Josefina pensó que escapar era la única solución.

Sé que no se tomó muy bien la noticia del casamiento, pero tampoco demostró que la idea la horrorizara, ¿por qué no vino a hablar conmigo?

No la estoy uniendo a un mal hombre, ni a un viejo.

Viktor es un muchacho al que cualquier jovencita se sentiría feliz de tener por esposo.

―Evidentemente nuestra hija no se sintió feliz ―criticó Marie con sarcasmo.

«Evidentemente, no», pensó Otto angustiado. ¿Cómo no se había dado cuenta?, eso era lo que más le dolía. Se consideraba un buen padre, moderno y atento a todos sus hijos. Pero lo que sea que hubiese pasado con su hija mayor se le había escapado como la arena se escurre entre los dedos.

1913 no era un buen año para la familia, el imperio construido por este inmigrante austríaco junto a su suegro inglés, corría el riesgo de desmoronarse.

Una serie de malas inversiones, deudas de juego contraídas por su descarriado hijo varón y la llegada de nuevos competidores como el tren, habían pegado un fuerte cimbronazo a las finanzas de la familia.

El tren era algo de temer para el futuro del transporte fluvial.

El coste de los pasajes y la falta de puentes en algunos cruces hacía que, por ahora, el transporte por el litoral de los ríos Paraná y Uruguay continuara realizándose en su mayoría con barcos, lanchas y balsas.

Algunos pasajeros pudientes comenzaban tímidamente a elegir este nuevo medio de transporte; el trayecto de cuatro o cinco días que la compañía de Otto ofrecía, se reducía a menos de 40 horas en tren.

Las mercancías seguían siendo trasladadas por el rio en los buques de las distintas compañías, el costo menor y la conexión con varias ciudades y pueblos hacía que el barco ganara la carrera por un tiempo más.

Otto sabía que llegaría el momento en que el tren y la mejora en las rutas terrestres les ganaría la batalla.

Ese era el motivo por el cual la asociación con Viktor Böhm era tan importante de cara al futuro, sería un socio inversor en su compañía de transporte y a través de él ampliaría el negocio y pasaría a manejar todos los productos de Viktor en Buenos Aires.

Otto necesitaba con urgencia extender sus intereses comerciales, la compañía llevaba años de estancamiento, era urgente diversificar.

El problema de la fuga de Josefina era grande, la posible sociedad estaba atada no solo al negocio, sino que también se construiría con el lazo familiar que forjaría el enlace entre Viktor y su hija mayor.

Así se hacían las cosas, el matrimonio y la unión de las familias eran una muestra de confianza.

Josefina había huido sin explicaciones lo que dejó a sus padres preocupados por su seguridad y por el futuro de toda la familia.

En este momento el golpe de digerir todo junto era mucho para el hombre siempre tranquilo que era.

Marie se acercó despacio y permitió que Otto la abrazara.

―La vamos a encontrar. Te lo prometo, meine liebchen ―juró su esposo. Otto siempre tenía esa expresión cariñosa en alemán para ella, así como sus hijos le decían mutti en vez de mom .

Marie había nacido en Argentina, pero su familia llegó desde Inglaterra y en su casa se había hablado inglés junto al castellano, incluso su propia madre nunca había aprendido bien la lengua nativa.

Esta era una realidad de muchos hogares en este país hecho de inmigrantes.

Los idiomas convivían, las lenguas se mezclaban y surgían nuevos términos nacidos de las confusiones y la mala pronunciación.

Se dejó consolar por el hombre que amaba; entre los brazos de Otto siempre se sentía segura y reconfortada. Pero, esta vez, nada cambiaba el hecho de que su primer bebé, su hijita, estaba lejos de casa en un mundo que no era amable con las mujeres solas.

―Tenemos que buscar ayuda para hallarla ―exigió Marie―. Tienes que encontrarla. Inventaremos alguna excusa para su ausencia, tenemos que iniciar la búsqueda cuanto antes porque cada hora cuenta. Contrata detectives privados para mantener esto en secreto, no podemos quedarnos de brazos cruzados .

Como siempre era ella la primera en reponerse y pensar fríamente en soluciones.

Otto miró a su esposa; a los cuarenta y tres años, Marie conservaba la belleza de su juventud.

Solo algunas canas plateaban sus cabellos rubios y pese a las pequeñas arrugas que ahora rodeaban sus ojos verdes, aún tenía la misma mirada que lo había enamorado más de dos décadas atrás, cuando era un joven secretario en la empresa de su padre.

―¿Y qué haremos una vez qué llegue Böhm? ―preguntó su esposo―. El hombre estará aquí en pocos días. Esperará formalizar el compromiso y firmar los contratos; yo mismo confirmé todo al responder su propuesta por carta.

―No lo sé, ya planearemos que decirle, encontraremos la solución lo prometo. Ahora lo importante es Josefina; hay que encontrarla.

La mujer siempre se mantenía imperturbable ante la adversidad, salvo que la seguridad de alguno de sus hijos se viera implicada.

Entonces la madre se imponía a la mujer lógica y práctica que todo lo resolvía.

Era una leona a la que nada importaba. Marie tenía una especial debilidad en lo que se refería a la salud de Helena; su pequeña guerrera.

Así se refería a su segunda hija, ya que la pequeña al ser prematura había luchado por su vida en esos primeros meses.

Para la familia, la salud de la joven era un tema tabú.

Marie vivía aterrorizada de perderla, eso la volvía irracional y en extremo sobreprotectora. Y nadie se atrevía a contradecirla.

―Eso espero, amor ―rezó Otto, necesitaba esa asociación tanto como encontrar a su hija, si ese negocio no prosperaba no sabía que sería de todos ellos.

Helena escuchaba todo acurrucada en su escondite debajo de las escaleras.

Estaba acostumbrada a espiar, solo así lograba enterarse de las cosas.

Sus padres y hermanos siempre parecían querer protegerla de todo y de todos.

Nadie decía nada importante en su presencia, nadie hablaba fuerte y, por supuesto no se tocaban temas que pudieran alterarla; lo que, para su madre, era prácticamente cualquier cosa interesante.

Desde su nacimiento prematuro todo tipo de dolencias y enfermedades habitaron su joven cuerpo.

Esa bebé que llegó demasiado pronto, pasó casi toda su infancia enferma y débil, con episodios de asma que la dejaban sin aire, jadeando por una porción de oxígeno que se negaba a entrar.

La habían atendido muchos médicos que aplicaron todos los tratamientos disponibles, algunos incluso crueles y dolorosos.

Ese temor por su salud había derivado en excluirla de todo.

Los cuidados extremos que le prodigaban, a Helena la volvían loca.

Los doctores la torturaron con sus procedimientos.

Había pasado por tantos de ellos en su infancia que solo pensar en un hospital la aterraba y ver una bata blanca la sumía en un estado de ansiedad incontrolable.

Su familia cuidaba de ella como si estuviese hecha de frágil cristal.

Bastaba su entrada a una habitación para que todo comenzara a girar en torno a ella y sus necesidades.

Le ofrecían el mejor asiento, el más mullido y el más cerca de la fuente de calor; traerle una bebida, alcanzarle un libro o un abrigo era lo común para sus padres y hermanos.

Cerraban las ventanas por si alguna corriente de aire osaba pasar cerca de ella, corrían las cortinas para que el sol no le irritara los ojos.

Una manta era depositaba en sus piernas ni bien se sentaba, los almohadones acomodados en su espalda.

Lo que más le molestaba era que la trataran como una niña; ya tenía veintiún años y le era negado convertirse en adulta.

Nada la irritaba más que las conversaciones interrumpidas por su presencia, se callaban y cambiaban de tema como si fuera una cría que invadía una reunión de adultos.

Por ello, había desarrollado la capacidad de ser una sombra cada vez que quería escapar de todo ese cuidado.

Mientras fingía pasar horas en su habitación se escabullía para espiar a sus hermanos, a sus padres o a los sirvientes.

Vagaba por la mansión para escuchar todo lo que podía, si la descubrían aparentaba buscar un vaso de agua, un té o cualquier otra cosa.

Solo con hacer alguna petición, sin importar con quién se hubiese topado, corrían a buscar lo que sea que ella necesitara y olvidaban que estaba en un lugar donde no debería.

Así casi nada pasaba en la casa sin que Helena lo supiera.

El exterior, en cambio, era totalmente diferente; su desconocimiento del mundo llegaba a rayar el ridículo.

Apenas le permitían hacer algunas salidas para compras o pequeñas visitas puntuales, siempre acompañada de algún miembro de la familia, en carruaje cerrado, no fuera que el aire le hiciera daño.

Si necesitaba ropa la modista llegaba a la mansión con sus telas para tomar medidas y realizar cada encargo; si quería un libro lo compraba por catálogo y si quería aire libre, salía al jardín con su madre corriéndola para alcanzarle un abrigo.

Salvo visitar una vez al mes a su abuela y algún que otro paseo, el mundo de Helena transcurría tras los muros de la mansión.

Unos años atrás había empezado a robar los periódicos de su padre, así al menos se enteraba de lo que pasaba en el planeta: uno que seguía sin ver por sí misma.

Estaba tan cansada de siempre ser la niña enfermiza y frágil; era una mujer adulta a quién la mente de su madre había congelado en el tiempo, en un pasado lleno de debilidad y enfermedad.

Ni siquiera había asistido a un solo baile o reunión.

No hubo presentación social para Helena, ni paseos o pretendientes que tocaran a su puerta.

¿Cómo pensaba su madre que sería el resto de su vida?

, ¿una mujer adulta dependiente de sus padres y luego de sus hermanos?

Era un futuro sombrío, ver pasar la vida sin vivirla, así de deprimida se sentía .

Abandonó su escondite y comenzó a subir las escaleras al mismo tiempo que la puerta de la biblioteca se abría para dejar salir a Marie.

―Lelé, deja que te ayude a subir. ―Helena puso los ojos en blanco mientras su madre la tomaba del brazo.

―¿Qué sucede, mutti ?, te ves preocupada ―. «Y triste», notó en silencio.

― ¿Dónde está Josefina? ―agregó.

La cara afligida de su madre se recompuso inmediatamente.

―No pasa nada, puppe , tu hermana va a pasar unos días con la abuela.

En unas semanas estará por aquí nuevamente.

―Helena frunció el ceño ante la mentira, seguían aislándola y protegiéndola.

Su hermana no iba a volver. Bueno, ella creía que no volvería para casarse con el señor Böhm, de eso estaba segura.

Si Josefina se oponía a ese enlace nada en el mundo podría hacer que lo acepte.

Así era su hermana, nunca se había dejado manejar o manipular.

―¿Volverá a tiempo para ver a su prometido?

―Aún no lo sé, hija. Deja que te lleve una bandeja de té a tu habitación, solo preocúpate por descansar. ¿Quieres que te suba un libro?, han llegado nuevos catálogos, los subiré para que elijas algún título nuevo.

Llegaron a su cuarto y con esa frase su madre se retiró.

Dejándola fuera de todo, una vez más. Helena juró que sería la última.

No sabía cómo, pero sentía que si no hacía algo su familia la pondría en una cajita de cristal de la que ya nunca podría salir y eso le quitó el aire mucho más que el peor ataque de asma que hubiera tenido en su infancia.

Sintió que se ahogaba. Su situación debía cambiar y pronto.

Dado que la desesperación dotaba de valentía al más cobarde, una loca idea empezó a gestarse en su mente.

Una mujer tenía tan pocas oportunidades que no debía dejar pasar ningún detalle.

Y más alguien aislada y sobreprotegida como ella.

La decisión no era tan difícil, se había cansado de ser la hermana invisible, a quién sus padres resguardaban cada vez que alguien ajeno a la familia llegaba a la casa, no sea cosa que alguna enfermedad la alcanzara.

Jugaría su mano y esperaba de corazón no equivocarse, no esperaba tener otra oportunidad de ganar su libertad y vivir una vida alejada de los cuidados de Marie.