Capítulo 99
T ras subir a Frank a la ambulancia, Becca miró a Gerry. —¿Viene usted?
—Sí. —No tenía ninguna intención de dejarlo solo.
—En el banco corrido de la izquierda. Abróchese el cinturón —dijo Becca.
Gerry subió. El banco era duro.
Frank estaba incorporado en la camilla a unos treinta grados. El monitor a la cabecera de la camilla pitaba al ritmo de su corazón.
Gerry observó las cifras: frecuencia cardíaca, presión arterial, saturación de oxígeno.
No conocía los rangos de referencia, algo que le desagradaba; un número sin una base apenas le decía nada.
Pero podía vigilar la frecuencia cardíaca, que subía cuando él hablaba y bajaba cuando callaba.
Así que se centró en eso. Y también observó el rostro de Becca, que le decía más que los números.
Becca cerró las puertas traseras, mientras Joe se dirigía a la parte delantera.
El motor arrancó, la sirena se encendió y la ambulancia se alejó del muelle.
—Gerry… —dijo Frank—. Tenemos que hablar.
Becca, sentada en el taburete giratorio junto a su cabeza, con una mano en la vía de la cánula, miró a Gerry y negó levemente con la cabeza. Su expresión lo decía todo.
No le sigas la corriente.
—Frank, puede esperar —dijo Gerry.
—No, muchacha, no puede.
Desde el interior, la sirena sonaba amortiguada. El ruido de la carretera era constante. Ya estaban en la A171. Sintió la curva al salir del pueblo.
—Tengo algo que contarte —insistió Frank.
Becca habló sin apartar la vista del monitor.
—Intente descansar, señor. Podrá hacerlo en el hospital.
Frank negó con la cabeza. Estaba pálido y el sudor le perlaba la frente, pero tenía esa mirada decidida y terca. Gerry ya sabía que no habría forma de pararlo, y sabía que él se lo diría a Becca en breve.
—Insisto —continuó Becca.
—Con todos los respetos, Becca, hija… —Tomó aire—. Tengo sesenta y siete años. Estoy sufriendo un infarto. —Otra bocanada—. No diré las probabilidades en voz alta, no con Gerry aquí sentada. Pero ambas las conocemos. —Le sostuvo la mirada—. Así que no. No puede esperar.
Becca le mantuvo la mirada un momento, con aire de estar a punto de discutir.
—Diga lo que tenga que decir, pero que sea rápido. Además, no se va a morir. Usted es mi último aviso del día. Nunca pierdo al último del día.
—Es bueno saberlo —dijo Frank.