Capítulo 80
C uando Edith llegó sin avisar a Whitby Glades, Carys Holroyd se puso firme de inmediato, nerviosa, y rodeó el mostrador. —Señorita Dinsdale…
Edith sonrió. Era lo único que podía hacer para intentar tranquilizar a Carys y demostrarle que no había cambiado de opinión, y que no estaba allí para causar problemas por lo ocurrido ayer. También alargó la mano y la puso sobre el brazo de la directora para sosegarla aún más.
Carys pareció aliviada. —¿Viene a ver al señor Dinsdale?
No hacía falta hacer ni responder a la pregunta; ¿por qué otro motivo iba a estar allí, si no era para verle a él?
Edith asintió. Por supuesto, estaba fuera del horario de visitas, pero sospechaba que Carys no querría denegarle la entrada en esta ocasión. La responsabilidad de limar asperezas seguía recayendo sobre ellos.
—¿Quiere que vaya a avisarle de que está aquí?
Ella negó con la cabeza, indicando que no sería necesario.
Edith se acercó a la consola para registrarse y dejar que le hicieran la foto. La seguridad resultaba irónica, pensó, teniendo en cuenta la facilidad con la que Barnaby había logrado llegar hasta Hector el día anterior.
Carys la guio por un pasillo que olía a comida casera. Cuando habían visitado otras residencias antes de que Hector ingresara aquí, a menudo había notado un fuerte olor a Dettol. En Whitby Glades se esforzaban de verdad por suavizar ese olor a antiséptico con algo más acogedor.
Las paredes estaban adornadas con costosas acuarelas del puerto de Whitby y del mar del Norte. Resultaba extraño ver paisajes salvajes en un entorno tan ordenado.
Carys se mostró tan reconfortante como de costumbre. —Hoy ha estado cansado. Es de esperar, supongo. Aun así, el médico ha venido a verle varias veces y le aseguro que está cómodo.
Cuando Carys abrió la puerta, Edith pudo oír el zumbido sordo de un concentrador de oxígeno en el rincón de la habitación.
Carys miró primero hacia el interior y luego se volvió hacia Edith. —Tan a gusto como un rey.
En su trono , pensó Edith.
—¿Le apetece tomar algo?
Edith negó con la cabeza.
—¿La dejamos a su aire, entonces? —Carys alzó una ceja.
Edith asintió, entró y cerró la puerta tras de sí.
Él estaba boca arriba, con la cabeza apoyada en una almohada gruesa. Tenía los ojos cerrados y su respiración era sibilante.
Ella dejó el bolso, se quitó el abrigo y lo extendió a los pies de la cama.
Observó otra almohada en la silla que había junto a la cama. Se detuvo a mirarla un instante y luego se acercó, la cogió y se sentó en la silla. Se colocó la almohada de repuesto sobre el regazo.
Acercó su bolso con el pie. Después, se inclinó y extrajo de él su nuevo libro de poesía. Charlotte Mew. El que le había regalado Barnaby. También echó mano de su tableta.
Ambos objetos reposaban sobre la almohada en su regazo.
Contempló la puerta que había cerrado, preguntándose cuánto duraría aquel momento de intimidad con Hector. Le había dicho a Carys que no quería beber nada. Sin embargo, no le extrañaría que se presentara de improviso con algo.
—¿Dónde está Edie?
Miró a Hector. Tenía los ojos entreabiertos, con la mirada fija en el techo.
Ella tecleó su respuesta.
—Estoy aquí, Hector.
Le cogió la mano.
Él dejó caer la cabeza hacia un lado y la miró. Se le llenaron los ojos de lágrimas. —¿Dónde está ella?
Con la mano que tenía libre, ella volvió a enviar el mensaje.
—Estoy aquí, Hector.
Las lágrimas resbalaron hasta su almohada y él gimoteó un par de veces más antes de cerrar los ojos.
Ella le apretó la mano una vez, la soltó y sacó el libro de poemas de Mew.
Notó el chasquido del radiador de la habitación. Luego oyó el tictac del viejo reloj de cuerda que él tenía junto a la cama. Tecleó un mensaje:
—Voy a leerte un poema.
Hector volvió a girar la cabeza, cerró los ojos y su respiración empezó a silbar de nuevo.
Edith ya había transcrito el poema antes. Lo buscó ahora en su tableta y pulsó el botón.
El poema recorrió la pequeña estancia con su voz sintetizada: uniforme, paciente, un poco inhumana.
Edith seguía los versos del poema en el libro con la mirada, con el dedo en el margen, y dejó que se posaran sobre Hector como una manta.
Ese poema era la razón por la que había venido esta tarde.
Quería que él lo escuchara.
Acarició los bordes de la almohada sobre su regazo mientras leía y escuchaba.
Solo apartó los ojos del libro una vez, y fue cuando vio una gaviota en la ventana.