Capítulo 72
E sther estaba de pie en el lugar exacto donde murió.
Le había pedido a Denise que se mantuviera apartada, que le permitiera un momento de intimidad y silencio para ver si ocurría algo.
Para ver si aquellas sensaciones que había sentido el día anterior volvían a aparecer.
Miró a su alrededor. Cuatro carriles de tráfico, un carril bus pintado de rojo, la marquesina de cristal con su cartel de salud pública.
Un desfile de escaparates a su espalda: una tienda de vapeo, un local con el cierre echado, el olor de un Greggs.
Los postes de videovigilancia que ya había contado.
Nada de todo aquello intentó alcanzarla.
No era como la fragancia de las Violetas de Primavera de Hatty, que había permanecido con ella, aunque no con tanta intensidad como el día anterior.
Sin detonantes. Sin sensaciones: podría estar mirando cualquier calle principal de cualquier centro urbano.
Todo parecía tan ordinario y aburrido.
Y, sin embargo, aquí estaba.
Esther había visto el accidente un año después de despertar.
Por aquel entonces la videovigilancia ya funcionaba, por supuesto, aunque no con tanto alcance.
De hecho, había sido tan deficiente que no habían podido identificar al conductor temerario que iba en el coche robado que la atropelló.
Además, luego el vehículo había quedado calcinado, destruyendo cualquier posible rastro de ADN.
Había sido tarde, y en aquel momento había un paso de peatones allí mismo.
Desde entonces habían ampliado el carril bus y habían trasladado el paso más abajo.
Ella era la única que lo cruzaba y, cuando el conductor se abalanzó sobre ella, literalmente rodó por encima de todo el vehículo, cayó al suelo y su mano izquierda quedó extendida contra el bordillo, más o menos donde ahora estaba su pie.
Por supuesto, ver su propio y espantoso accidente hizo que se le helara todo el cuerpo, pero solo porque sabía que era ella.
No sentía que fuera ella misma. Aquel momento se había borrado de sus archivos de memoria —de su propia existencia, en realidad— y, honestamente, la grabación de videovigilancia, que era en blanco y negro, no mostraba su imagen con suficiente claridad.
Sí, si te fijabas bien, se veía que era ella, pero tenías que saber qué estabas buscando.
Se arrodilló y tocó el punto donde su mano se había detenido.
¿Había estado muerta en ese instante? ¿En los momentos antes de que los paramédicos llegaran hasta ella?
Imaginaba que sí. Todos los profesionales médicos con los que había hablado desde aquel día se habían referido a ella como un «milagro».
Cerró los ojos e imaginó el asterisco junto a su nombre en el libro. El dibujo a lápiz. ¿Cuánto tiempo había permanecido allí aquel asterisco antes de ser borrado?
¿Cinco minutos?
Lo suficiente como para causar un daño irreversible en su cerebro, en cualquier caso.
Pero quizá fuera mejor dejar aquel asterisco allí, porque la persona que despertó no era, con toda seguridad, la persona que entró en el libro.
Ya no.
Nadie salía ileso de un accidente así, no realmente.
Y aquella mujer de la cámara de videovigilancia definitivamente no había salido ilesa.
De vuelta en la furgoneta, Denise preguntó:
—¿Has encontrado lo que buscabas, cariño?
—Sí —dijo Esther—. Me he recordado a mí misma algo importante.
Denise asintió. No quiso presionar.
Esther tomó la mano de Denise y se secó sus propias lágrimas.
—Siempre habrá misterios, Denise.
Denise le apretó la mano.
—Y no todos los misterios pueden resolverse. —Se volvió y miró a Denise—. Y, como cualquiera, soy quien soy.
Denise asintió. Ahora ella también tenía lágrimas en los ojos.
—Y soy feliz. Tengo a Neil… tengo a Benedict… —Le devolvió el apretón de manos a Denise—. Y te tengo a ti. Si eso no te hace sentir plena, entonces dime, ¿qué lo hace?