Heladas Olvidadas (Las Víctimas Olvidadas de Whitby 7) Capítulo 69
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Capítulo 69

L a gaviota murió a las tres y media.

No fue una sorpresa. Su respiración se había vuelto más fatigosa y sus ojos amarillos habían dejado de enfocar.

Edith había sido incapaz de acabar con su sufrimiento, a pesar de que era lo más humano. Quitarle la vida a un ave no era algo con lo que ella pudiera estar en paz consigo misma jamás.

Tras su muerte, se quedó sentada con la mano cerca de ella un rato, sin tocarla, pero próxima.

Le quitó el cabestrillo que le había improvisado con un palillo de cóctel y el paño de cocina, y después la sacó fuera.

Tienen que volver a la tierra. Era la voz de su madre en su cabeza, y la encontró ahora en el gélido patio.

Se arrodilló junto a la lavanda cubierta de escarcha, depositó el ave y cogió una pequeña paleta que guardaba dentro del cobertizo. Al cavar, la tierra salía a terrones.

Cuidaba su jardín con regularidad, por lo que estaba acostumbrada a la arcilla de diciembre. No le resultaba tan difícil como la gente pensaba, incluso a su edad.

Colocó al pájaro en el agujero.

Lo enterró de la forma pausada que su madre le había enseñado, presionando la tierra con suavidad. Ya está. Con cuidado.

Después, se alejó un poco y contempló el montículo de tierra que se iría allanando con el tiempo.

Sintió a su madre a su lado. Aún oía su voz. Ahora hablaba de otros pájaros. De especies distintas.

Un estornino. Mira las motas. Un pardillo. No la molestes, está comiendo. Un chochín. Mírala. La más valiente de todas las aves.

No pasaba un solo día en que Edith no echara de menos a su madre.

Pero Edith sabía que las gaviotas y los demás pájaros, la mantenían viva en cierto modo.

Puso una de las piedrecitas blancas de la maceta que había junto a la puerta a la cabecera del montículo. Había otras en fila a lo largo de la lavanda; piedrecitas blancas, aquí y allá. Algunas se habían movido con los años. La mayoría, no.