Capítulo 68
—Sigues sin explicarme por qué sientes la necesidad de hacer esto.
—Porque no tengo una explicación —dijo Esther.
Denise asintió. —Vaya, eso lo aclara todo.
—No he vuelto en más de diez años, Denise. He estado relativamente encerrada en mí misma desde entonces. ¿Me explico? Pero ayer, algo cambió. No sé qué… porque lo único que tengo son sensaciones.
—Todo guarnición, nada de carne ni salsa —dijo Denise.
—Es una forma de verlo, supongo. Desde que olí ese perfume, he pasado por la euforia, la desesperación, el anhelo.
Nada tiene mucho sentido para mí. ¿Servirá de algo volver aquí…
al lugar del crimen, por así decirlo? Es poco probable.
Pero he pensado que lo mejor es intentarlo.
—Sonrió—. E intentarlo con mi compañera de fatigas preferida.
—«Compañere» —espetó Denise—. ¡Que no estamos en 1995!
Esther se rio.
—¿Se lo has dicho a Neil?
Esther negó con la cabeza. —Si lo hubiera hecho, me habría llevado al médico antes de que llegáramos a casa. Estoy segura de que se lo dirás tú, más tarde… —Observó a su amiga.
—¿Qué otra opción tenía?
—Ninguna. Lo entiendo.
—Tú habrías hecho lo mismo.
Esther asintió. —Vale, estamos cerca.
Empezó a darle indicaciones.
Habían vuelto a pavimentar la acera en Bristol Road.
Se percató de que la parada de autobús de la esquina era nueva: de plástico y cristal, patrocinada por el consorcio local del NHS. Antes del accidente, no era más que un poste de metal con una placa.
Ahora había postes de videovigilancia cada cincuenta metros. Eran nuevos. No estaban allí en su última visita hace diez años.
Esther la guio hasta un apartadero en el lado opuesto.
—Aquí —dijo Esther, y Denise apagó el motor de la furgoneta.
Durante un largo rato, ninguna de las dos habló.
Esther bajó la ventanilla y señaló hacia fuera. —Allí.
—Junto a la parada del autobús.
—Justo a la derecha.
—¿Al lado del poste de la cámara de videovigilancia?
—Del segundo, creo. Sí. Ese. Ese es el lugar donde morí.