Capítulo 67
S onó el teléfono de Frank.
Era Helen.
¿Llamaba para ver si le había soltado la lengua a Gerry?
Dame un respiro, Helen, muchacha. ¿Tienes idea de la mañana que acabo de tener?
Suspiró. No había otra. Puede que tuviera algo de la Científica.
Lo tenía. Se trataba de la fotografía recuperada del cajón de la mesilla de Hector en 1993: la mujer desconocida. La fotografía que Frank había sostenido en sus manos tiempo atrás en el salón de aquel bastardo asesino.
—El papel es Kodak Royal Bromide. Fabricado entre 1965 y 1971.
La química del procesado es coherente con los laboratorios comerciales británicos de finales de los sesenta: Boots o Truprint.
Luz de interior. Doméstica. Nada de un estudio.
La hemos ampliado y podemos confirmar que es una mujer joven.
Entre los dieciocho y los veintidós aproximadamente.
—En el mismo rango de edad que la chavala de la pared, entonces —dijo Frank—. Así que podría haber acabado en el muro entre el 65 y el 71…
Milagrosamente, Frank aún llevaba en el bolsillo del traje una fotocopia de la fotografía del día anterior —cómo había sobrevivido a aquel esfuerzo hercúleo subiendo a Saltwick Nab, no tenía ni idea—; esperaba que se le hubiera caído del bolsillo y se la hubiera llevado el viento, o que estuviera empapada de sudor y hecha jirones.
Miró la imagen. —¿Crees que podría ser menor de dieciséis?
—Es difícil ser totalmente precisa.
—Incluso con casi veinte años, habría sido demasiado joven para él. —Hizo unos cálculos mentales…—. Hector tenía veinticinco en 1965; treinta y uno en 1971.
—Bueno, habría una diferencia de edad —dijo Helen—, pero si ella tenía más de dieciséis, entonces habría sido completamente legal.
Frank gruñó. —Sigue sin gustarme. Y volvemos al hecho de que si no tenía nada que ocultar, ¿por qué mentir? ¿Y si esta no fuera su víctima, o una chica demasiado joven para él?
—Hay algo más, Frank, abre tu correo electrónico.
Lo hizo. Vio el mensaje de Helen y pinchó en él.
Apareció la foto. Se veía mucho más nítida que la otra.
—Vaya.
—He hecho que la mejoren.
—Ya lo veo.
—Amplía la zona del omóplato izquierdo.
—¿Eh? ¿Y eso cómo se hace?
—Con la rueda del ratón.
—Ah, claro. —Al principio fue hacia el lado equivocado, haciéndola más pequeña, pero luego la aumentó—. ¿Qué estoy buscando?
—¿Llevas las gafas puestas?
Él resopló y se las caló. —Ahora sí.
—¿Ves la marca?
—¿En el omóplato izquierdo?
—Sí.
Frank amplió un poco más. —Sí, con forma de coma.
—Eso es. De unos dos centímetros. Casi con seguridad una mancha de nacimiento. Congénita, no una cicatriz.
Frank la observó un rato. —Gracias, Helen, informaré al equipo.
—Hay otra cosa.
—Sí, ya sabía yo que la habría.
—¿Lo has hecho ya?
—Tengo hasta el final del día, ¿no?
—Es por tu propio bien, Frank.
Miró a Gerry, que estaba trabajando. —Lo sé.
Tras la llamada, se acercó a Gerry. Ella estaba ocupada identificando posibles víctimas para su ventana de tiempo.
La puso al corriente de la fotografía. Luego le dijo que quería ir a hablar con Barnaby, pero que volvería después.
—¿Por qué?
—Lo mejor es enseñarle esa imagen de la mancha de nacimiento. Sé que no es Lilly, pero nunca se sabe; puede que recuerde algo sobre los socios de Hector. También está esa llave, ¿sabes? No hay constancia de que la devolviera nunca.
—No parecen prioridades —dijo Gerry.
No, no lo parecen , pensó él. ¡La verdadera razón es que solo quiero ver cómo está, comprobar que se encuentra bien después de lo de esta mañana, y no puedo localizarlo por teléfono!
—A lo mejor no, pero me limitaré a seguir mi instinto en esta ocasión, ¿vale?
—De acuerdo —dijo Gerry, volviendo a su hoja de cálculo.