Heladas Olvidadas (Las Víctimas Olvidadas de Whitby 7) Capítulo 66
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Capítulo 66

L a gaviota del pico desconchado, la que siempre había parecido más lenta que las demás, y para la que siempre guardaba un poco de pan para que nunca le faltara, respiraba, pero tenía el ala izquierda dañada.

Se le veía el hueso a través del plumón. Las plumas estaban ensangrentadas y húmedas.

Abría y cerraba el pico. Sin emitir ningún sonido.

Edith se arrodilló, se quitó la rebeca, se la puso en el regazo y deslizó ambas manos bajo el cuerpo. No pesaba. Sentía su calor en las palmas. La envolvió parcialmente con la prenda y la llevó dentro.

Se volvió un momento para ver si la gaviota más grande, la que erróneamente había creído egoísta, andaba por algún lado.

Ni rastro.

Dentro, dejó la rebeca sobre la mesa y la abrió.

El ala estaba en muy mal estado.

Pobrecilla… sé cómo te sientes.

Cerró los ojos y recordó su propio dolor.

Aún le llegaba el olor del hospital, pero al menos estaba en casa. El dolor persistía, aunque le habían dado algo para mitigarlo.

Y puede que tuviera el brazo en cabestrillo, pero estaba allí, en su lugar favorito. Al lado de su madre.

Disfrutaba de las caricias largas y pausadas en el pelo. Le daban sueño y cerraba los ojos, pero no se dormía.

—Debes tener cuidado —dijo su madre—. Se acabó eso de trepar…

Edith abrió los ojos y observó el ala de la gaviota.

Sabía, en el fondo, que el esfuerzo era inútil. Que probablemente debería acabar con el sufrimiento de la pobre criatura, pero algo en aquel recuerdo, en aquel momento en que su madre la había consolado, la inspiró para intentarlo al menos.

Fue a la cocina y buscó un palillo de dientes en el cajón. Encontró uno y le quitó la punta.

Después, cortó unas tiras de un trapo de cocina.

Primero, le puso una gota de agua en el pico; luego, usó el palillo despuntado como tablilla improvisada, antes de utilizar las tiras del trapo para sujetar el ala ligeramente contra el cuerpo.

En todo momento, el ave la observaba con sus ojos amarillos.

Ojos amarillos y tranquilos.

Quizá la gaviota se sentía como ella hacía tantos años, acurrucada en los brazos de su madre.

Desde luego, eso esperaba.