Heladas Olvidadas (Las Víctimas Olvidadas de Whitby 7) Capítulo 65
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Capítulo 65

C uando llevaban una hora de viaje hacia el lugar donde había muerto, Esther le pidió a Denise que se pusiera al volante.

Luego se quedó dormida en el asiento del copiloto. Su sueño fue agradable.

Benedict estaba tumbado sobre sus hombros, dormitando. Se quedó así un buen rato, mientras ella disfrutaba de su ronroneo suave y de su calor.

Por desgracia, cuando Benedict se despertó y saltó al suelo, le arrancó la peluca, despertándola…

Esther abrió los ojos y vio que sostenía la peluca con una mano.

Miró de reojo a Denise. —Lo siento.

—¿Por qué?

—Ya sabes por qué… —Bajó el parasol para verse en el espejo y poder recolocarse la peluca.

Una larga cicatriz curva le recorría la cabeza desde encima de la oreja izquierda, por encima de la coronilla, y se detenía justo detrás de la sien; una herradura, la habían llamado los cirujanos; la forma de la incisión que habían hecho la segunda vez, cuando habían vuelto a entrar para drenar una hemorragia.

Una segunda cicatriz la cruzaba en el parietal, más estrecha y recta, de la primera operación.

Donde las dos cicatrices se encontraban, la piel tenía un tono rosa blanquecino y brillante.

Allí no crecía el pelo. Las calvas recorrían toda la longitud de las cicatrices como las costuras de un balón de fútbol viejo.

Alrededor de ellas se había afeitado el resto de la cabeza hasta dejar una incipiente pelusa gris.

La mantenía así. La peluca, una melenita de color castaño grisáceo suave con flequillo, cara, fabricada para pacientes médicos, encajaba por encima y se sujetaba con clips en las sienes y la nuca.

Sin ella, lo que quedaba a la vista era la geometría del trabajo que habían hecho los cirujanos.

La malla de titanio bajo el hueso no era visible.

Podía sentirse si se sabía dónde presionar.

—Espantoso —dijo ella.

—¿El qué? —preguntó Denise.

Esther se pasó la mano por el cuero cabelludo. —Esto.

—Qué va —dijo Denise—. Es lo más bonito que he visto en mi vida.

—¿A qué te refieres?

Con una mano en el volante, señaló con la otra hacia la cabeza cicatrizada de su amiga. —Si no fuera por eso, no tendría a mi mejor amiga en el mundo entero. Eso, Esther, es un jodido milagro y, por lo tanto, es precioso.