Heladas Olvidadas (Las Víctimas Olvidadas de Whitby 7) Capítulo 55
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Capítulo 55

D espués de que Frank enseñara su identificación y explicara que se trataba de un asunto policial, el conductor le dio caña al coche.

Finalmente, el taxi llegó al aparcamiento de Abbey Headland.

Frank ya estaba abriendo la puerta antes incluso de que las ruedas dejaran de girar.

—Espere aquí. Ahora vuelvo.

—Claro, sí. No me muevo.

Frank captó la expresión de entusiasmo del conductor. No le había explicado exactamente de qué se trataba, pero el hombre parecía encantado de participar.

Intentó echar a correr. Le salió más bien un trote lento, pero se consideró afortunado por el simple hecho de ser capaz de aumentar la velocidad.

Pasó por delante de la explanada del aparcamiento, dejó atrás el YHA y el largo muro de piedra de las ruinas de la abadía.

La taberna de la Whitby Brewery —el granero reconvertido— quedaba a su izquierda, frente al muro.

Vio el poste indicador de madera marrón en el patio, con la bellota pintada de la Cleveland Way.

Giró a la izquierda y se adentró en el sendero, casi completamente sin aliento.

Se maldijo a sí mismo. No por su falta de forma física, aunque eso le fastidiaba, sino más bien por su craso error de juicio al no haber dejado que Carys llamara a la policía.

¡Y todo por creer que era capaz de arreglar este entuerto antes de que las consecuencias le pasaran factura por haber guiado a Barnaby por un camino falso, además de por querer ayudar a Carys a proteger su empleo y la residencia!

¡Estás de manicomio, Black! Que suban unos corredores de verdad aquí arriba, y pronto…

Sacó el móvil de un tirón. No tenía cobertura.

Maldita sea.

Levantó la vista hacia el sendero de asfalto que se extendía ante él. Hizo una mueca de dolor. Nunca nada le había parecido tan poco acogedor.

Retomó el trote lento.

El asfalto dio paso a piedra compactada. Le pareció que el suelo estaba más duro, pero quizá fuera solo porque estaba reventado.

La valla de postes y alambre quedaba ahora a su izquierda, con el acantilado cayendo en picado más allá.

Se detuvo para tomar aire y divisó la abadía a sus espaldas, que recibía la luz a través de una fina bruma que subía del mar.

Echó un vistazo y vio el agua allá abajo, plateada y con manchas oscuras.

Vamos, Black.

Arrancó de nuevo. Ahora le ardían las caderas y las rodillas.

Vamos…

Sintió un triple zumbido breve contra el hueso.

Era el dichoso Garmin.

No tenía tiempo de leerlo, pero no hacía falta ser un genio para deducir que era una advertencia.

¡Basta!

Era la voz de Helen.

Comprobó el móvil y vio que seguía sin cobertura.

¡Basta!

—Lo siento… Hel…

Continuó, pero ahora era más una caminata forzada que un trote. Luchaba por respirar. También sentía que le subía la temperatura. Se quitó el abrigo y lo tiró a un lado.

Entonces, vio unas marcas en la tierra: dos líneas paralelas, tenues… ¿Una silla de ruedas?

Aquello le dio un pequeño impulso.

Su Garmin zumbó de nuevo. —¡Oh, vete a la mierda! —Se lo arrancó de la muñeca y lo lanzó por el acantilado.

No tuvo tiempo de procesar lo ridículo de aquella acción porque le sobrevino un dolor agudo.

Esta vez más hacia la izquierda del pecho.

Se palpó la zona.

¡Acidez otra vez!

Se maldijo por haber bebido y siguió adelante, pero entonces sintió un segundo pinchazo agudo que fue incluso más intenso.

Se encogió sobre sí mismo y, por alguna razón inexplicable, pensó en su nieto, que ya no era un niño sino un adulto, empuñando el avión de juguete metálico que Frank aún no había podido darle.