Capítulo 54
A lo largo de los años, Barnaby había estado en aquel banco con vistas a Saltwick Nab miles de veces.
Y no solo físicamente.
También lo había visitado en sueños, tanto por la noche como durante el día.
«Puede que tenga el cerebro averiado», pensó, «pero el corazón no. Puedo hacerlo. Tres días ensayando cuatro palabras».
¿Quieres casarte conmigo?
Palabras sencillas que, juntas, resultaban mágicas.
Puedo hacerlo.
De verdad que puedo.
Barnaby sacó el anillo del bolsillo y miró a Lilly.
Ella contemplaba Saltwick Nab. El mar estaba en calma. El aire era tibio, suave.
Él bajó la vista hacia el anillo. Veintiocho libras en una casa de empeños. Habría querido algo mejor, pero tenía muy poco dinero.
Sin embargo, sabía que a ella no le importaría, y esa era una de las razones por las que la amaba.
—¿Lilly? —dijo él.
Ella volvió la cabeza para mirarlo. Bajó la vista hacia el anillo.
—¿Quieres casarte…?
¡Casi lo consigue!
Pero se detuvo al ver que ella lloraba.
Barnaby orientó la silla de Hector hacia el camino de tierra junto al banco.
La valla que los separaba del borde del acantilado era de postes y alambre.
La caída hasta las rocas de abajo era totalmente visible. El lomo oscuro de Saltwick Nab. Más allá estaba Black Nab, como una hoja de cuchillo posada sobre el agua. La bruma marina empezaba a subir.
El tiempo no era tan clemente como lo había sido en agosto de 1993.
Barnaby puso el freno. Cogió el pico de la manta que se había soltado por el camino y volvió a arropar las rodillas del hombre dormido; luego le enderezó el babero.
A diferencia de ti, yo no soy un monstruo.
Quizá era mejor que durmiera durante lo que estaba por venir.
Al fin y al cabo, ¿qué sentido tendría hacer que un hombre sintiera dolor, cuando ya no sabía quién era ni qué había hecho?
Sin la consciencia de sus actos, no era más que vida.
Ninguna vida, en su pureza e inocencia, merecía sufrir.
Se sentó en el banco, donde Lilly se había sentado después de empezar a llorar.
Así que allí estaba Barnaby, con el hombre que se lo había arrebatado todo… y que ni siquiera recordaba haberlo hecho.
Cerró los ojos.
Él no esperaba aquello.
Ella se tapaba la cara con las manos y estaba encorvada, sollozando de forma incontrolable.
Él alargó la mano para tocarle el brazo. Ella retiró las manos y lo miró con los ojos enrojecidos.
Él se señaló la cabeza. Quería preguntarle: «¿Es por esto?»
Ella negó con la cabeza, pero él comprendió que no estaba respondiendo a su pregunta. No era más que desesperación. —No puedo. No podemos.
Luchó con toda su voluntad para que las palabras salieran. —Te quie…
—Es mi padre. No lo permitirá. Los dos lo sabemos ya.
Aquella era su oportunidad. Para defender su postura. Para discutir y convencerla.
Sabía exactamente lo que tenía que decir y, en su cabeza, lo dijo.
«No te preocupes, yo me encargo, cuidaré de ti y solucionaré la situación. No dejaré que él te controle. Verás, tengo un plan. Me han prometido un trabajo en la fundición. Es seguro. Y luego, con algo más de dinero, serás libre. Seremos libres, juntos».
Pero, por supuesto, fue incapaz de liberar las palabras de su propia cabeza.
Hector emitió un sonido.
Barnaby abrió los ojos y lo miró.
El anciano estaba despierto e intentaba decir algo.
Barnaby se acercó, pero no oía nada por el ruido del mar y el viento.
Se inclinó más. Logró captar una palabra: —Barnaby.
Contuvo el aliento. ¡Hector lo había reconocido!
—Barnaby.
Con el corazón a mil por hora, acercó la cabeza aún más hasta que los labios del anciano quedaron a la altura de su oreja.
—Eres buen chico, Barnaby…
Barnaby tragó saliva. Sintió el impulso de apartarse bruscamente, pero se mantuvo firme.
—… Siempre pude contar contigo.