Capítulo 50
G reen Lane. Una subida empinada y estrecha.
El corte sobre el ojo hinchado de Barnaby palpitaba al ritmo de su corazón. El frío se le había instalado en las rodillas.
Al final, agradeció llegar a Abbey Lane y su ascenso largo y suave.
Ennegrecido por el liquen, el muro de la abadía se alzaba a su derecha, medio sepultado por la niebla.
Se detuvo al oír el graznido de una sola graja.
Miró a su alrededor intentando localizarla, pero no pudo.
Durante el último cuarto de milla no se cruzó con nadie.
Se sentía desnudo y perdido sin Drift, pero sabía que necesitaba concentrarse si quería tener alguna esperanza de éxito.
Estaba de nuevo en el banco frente a Whitby Glades.
El único peligro aquí era que Hector se desviara de su rutina habitual.
Era poco probable. En Whitby Glades eran muy constantes. Pero el de ayer había sido un día bastante peculiar para todos los implicados, por lo que no podía estar seguro.
Levantó los prismáticos y esperó.
Observó a un residente a quien paseaban en silla por los jardines antes de escoltarlo de nuevo al interior por la puerta lateral.
El momento de la verdad.
Con dos minutos de retraso, a las 11:02, la puerta lateral se abrió.
Apareció una cuidadora, saliendo de espaldas, con un abrigo sobre el uniforme de trabajo. Sacaba a Hector en su silla de ruedas.
Con la bolsa al hombro y los prismáticos en una mano, Barnaby se levantó y cruzó la calzada.
Sabía que las puertas estarían abiertas. Eran más de las diez.
Rodeó el lateral del edificio. Pasó por delante de los contenedores de basura. Pasó por la zona de hormigón donde los cuidadores salían a fumar.
Se apostó tras un árbol al borde del césped.
Usó los prismáticos. La cuidadora estaba en el extremo sur, de espaldas a él, inclinada sobre la silla de Hector, alisando la manta de cuadros escoceses sobre su regazo.
Cuando se incorporó, se abrochó el abrigo hasta la garganta.
Era evidente que sentía el mordisco de la helada.
Barnaby tragó saliva.
No sabía si era capaz de hacerlo ahora.
Impulsado por una única motivación, no había pensado debidamente en la cuidadora. La necesidad de intimidarla y llevarse a Hector había estado clara. Pero ahora, a un tiro de piedra de ellos, se daba cuenta de que no sabía qué conllevaba aquello.
Consumido por un odio intenso y un ansia de justicia, había pasado por alto cualquier proceso racional para alcanzar su objetivo.
Y ahora solo sentía culpa.
Ella no merecía quedar traumatizada de algún modo para el resto de su vida.
Pensar en ello le hacía no ser mejor que el monstruo de la silla. Tenía la boca seca. Miró por encima del hombro hacia el camino por el que había venido.
Se había despedido de Drift.
Del medallón.
La narrativa estaba lista para llegar a su fin.
Un narrador experimentado como él no debería haber cometido un error tan catastrófico.
Volvió a mirar a Hector y a la cuidadora y comprendió, con fría certeza, que aquella sería probablemente su única oportunidad. A estas alturas ya lo habrían captado las cámaras, y la seguridad sería férrea la próxima vez que viniera.
Salió de la protección del árbol y se acercó.