Capítulo 45
C uando Frank se levantó para marcharse, se le fueron los ojos a las cajas de zapatos pulcramente organizadas al fondo de la oficina del capataz.
—Cubos —dijo Barnaby.
—Perdona —dijo Frank, volviéndolo a mirar.
Barnaby asintió en dirección a las cajas.
—Cubos.
—Son cajas… — Barney Cubos. ¡Claro! —. Ah… ¿Esto es lo que encuentras?
Barnaby asintió, se levantó, se acercó y cogió la caja de arriba.
Adam Bartholomew, 22, St Hilda’s Terrace.
Se la entregó a Frank, que volvió a sentarse en el taburete y la abrió sobre la mesa.
Dentro, encima de todo, una fotografía: una familia de cuatro personas en una playa, el más pequeño a hombros de un hombre, todos ellos captados en plena carcajada.
Debajo, un blíster de Zoloft a medio usar.
Y bajo eso, dibujos infantiles en papel de rayas: una casa torcida, un sol amarillo y gordo en una esquina, cuatro figuras de palo cogidas de la mano.
—Supongo que la basura de un hombre es el tesoro de otro —dijo Frank.
—Historias.
Frank estaba confundido. Su expresión debió de dejarlo claro, porque Barnaby escribió.
Sus vidas. Cuenta sus historias. No es basura.
Frank asintió. A decir verdad, seguía un poco confundido, pero no quería parecer crítico cuestionándolo demasiado.
Pensó en preguntar por la historia de Adam Bartholomew, pero decidió no hacerlo. Intuyó que no era una historia feliz. ¿Antidepresivos, una foto y unos dibujos infantiles? Habría dolor ahí. En su lugar, volvió a poner la tapa mientras Barnaby escribía algo más.
Matrimonio. Nacimiento. Muerte. Mudanza. Cambio. Cosas pequeñas. A veces, cosas grandes .
Frank señaló las cajas de zapatos con la cabeza.
—Hay muchas, pero no puedes cubrir todo Whitby… —Se interrumpió y miró hacia la ventana y los oscuros cobertizos que se perfilaban fuera—. ¿A que sí?
Volvió a mirar a Barnaby, que asintió.
Frank se subió las gafas a la frente y observó a Barnaby.
—¿Cuántas?
Barnaby se encogió de hombros.
—¿Cuánto tiempo llevas?
Él escribió:
Desde que vine aquí. Empecé y me pareció lo correcto.
Frank observó a Barnaby y asintió. El motivo estaba claro.
Incapaz de dar sentido a su propia historia, de encontrar cualquier claridad sobre lo que le había pasado a Lilly, y de por qué su propia vida se había desmoronado, Barnaby se había perdido en las narrativas de los demás.
—¿Tienes alguna caja con mi nombre? —preguntó Frank.
Barnaby hizo una pausa y se quedó mirando a Frank. Estaba debatiendo consigo mismo cómo responder.
Frank se sintió atravesado por la mirada, y regresaron la culpa y el peso por todo lo ocurrido.
Miró hacia la caja cerrada de Adam.
¿Está mi vida también en una sola caja de zapatos?
Tragó saliva.
¿Era tan triste como esta caja?
¿Dibujos de infancia desechados, fotos familiares y un blíster de pastillas?
¿Estaba su narrativa igual de rota?
—No —dijo Barnaby.
Frank sintió cierto alivio, aunque fuera una mentira flagrante.