Capítulo 42
E sther prefería leer, pero nunca dejaba pasar la oportunidad de acurrucarse en el sofá con Neil para ver una película.
Sin duda era algo de agradecer después del día que había tenido.
El vino también estaba ayudando a ello, por supuesto.
Al igual que Benedict, su gato, que se abría paso a la fuerza en el abrazo.
La película la había elegido Neil, y casi siempre cumplía tres criterios: británica, de bajo presupuesto y cargada de drama.
Aun así, incluso en ese escenario, mentiría si dijera que había sido capaz de pensar en otra cosa que no fuera Spring Violets, de Hatty. El aroma seguía allí, además. No para nadie más, claro. Solo para ella.
Antes incluso había probado con el eucalipto, que Neil sí pudo oler y sobre el que hizo algún comentario.
Pero ya nada iba a desplazar aquel perfume.
Bueno, eso era lo que parecía.
Era innegable que el olor no estaba en su nariz. Estaba en algún lugar detrás de ella. En la oscuridad y lo desconocido.
En un lugar misterioso en el que los olores no solían estar.
Sintió que a Neil se le tensaba la mano sobre la suya. Estaba absorto en la película y siempre se le daba bien intuir cuándo las situaciones iban a dar un giro a peor.
En ese momento, Lucy, la protagonista de nueve años, estaba coloreando en el suelo, mientras su padre bebía cerca de ella, en la mesa del comedor. Su madre estaba lavando los platos, de espaldas a ambos, para que no pudieran ver sus lágrimas.
La voz del padre ebrio era plana. El ritmo de Lucy al colorear había disminuido. Era un silencio cargado de amenaza. Su mal genio ya estaba en esa cocina y se estaba abriendo paso hacia la superficie.
Esther respiró hondo. Al igual que Neil, ya sabía que el estallido era inminente. Sin embargo, eso no hacía que fuera más fácil prepararse.
El padre se levantó, alzando la voz, y se acercó a su hija.
Lucy levantó las manos. No para cubrirse la cara. Las puso delante del cuerpo, con las palmas hacia fuera.
La cámara se quedó fija en el rostro de la niña.
Sorpresa y horror.
Esther solo soltó el aire cuando la cámara cambió a otra habitación treinta segundos después. El director había optado por no mostrar todo lo que ocurrió.
A Neil se le relajó la mano.
Ninguno de los dos habló.
Entonces, a medida que avanzaba la película, se dio cuenta de que, durante un brevísimo instante, el olor a Spring Violets la había abandonado.
Pero ahora, por supuesto, había vuelto.
Y, en cierto modo, se sentía agradecida.
No era la euforia que había sentido cuando lo encontró por primera vez en casa de Mel Easton, pero le ofrecía un consuelo que no terminaba de comprender.
—Estoy cansada. Tengo que subir —dijo ella.
Él la miró. —¿Quieres que la pare? Podríamos verla mañana.
—No, termínala. Dime si vale la pena y yo la veré en mi día libre más adelante esta semana.
Dejó el vino.
Cuando estuvo en la cama, pidió un frasco de Spring Violets con el móvil. Tenía un precio razonable. Menos de veinte libras y venía en el mismo frasco de cristal tallado verde que había visto hoy. Pagó un suplemento para asegurarse de que se lo entregaran por la mañana.
Después de comprarlo, la puerta se abrió y Neil entró y se sentó en la cama.
Solo habían pasado diez minutos, así que era evidente que él también había optado por no terminar la película.
—¿Estás bien?
—Sí, ¿por qué lo preguntas?
—Denise acaba de llamar.
—Por el amor de Dios. — La voy a matar. — ¿Así que te ha dicho que estoy loca de remate?
—No. Solo ha dicho que hoy no parecías tú misma. Quería asegurarse de que estuvieras bien.
—¿Eso es todo?
Él sonrió. —Algo sobre un frasco de perfume que…
—¿Que me hizo volverme loca?
Él se encogió de hombros. —¿Quieres hablar de ello?
Ella dejó el teléfono. Decirle que acababa de comprar el perfume que la había vuelto loca no le parecía una decisión muy sensata. —Ni siquiera sé qué decir. De qué hablar… Solo me sentí rara un rato…
—¿Y ahora?
—¿Menos rara? —Arqueó una ceja—. Espero solucionarlo con una noche de sueño reparador.
Él alargó la mano y le tomó la suya. —También ha dicho que estabas revisando las pertenencias de una víctima. Leyendo un diario o algo así.
Ella suspiró. —Era una agenda de direcciones.
—Vale… ¿no tienes tú misma normas contra eso? ¿Y qué tiene de interesante una agenda de direcciones?
Ni yo misma lo sé , pensó ella. Consideró contarle lo de los asteriscos que Eric había usado para registrar las muertes de todos sus conocidos. —No sé cómo explicarlo… salvo que me encuentro mejor.
Benedict se les unió en la cama. Ella lo acarició con una mano mientras sostenía la de Neil con la otra.
Al cabo de un rato, Neil dijo: —Quizá deberíamos ir a ver al doctor Travis. Solo para charlar.
—¿Por qué?
Neil se encogió de hombros. —Por precaución. Quizá encuentre algo.
—No hay nada que encontrar.
Neil asintió.
Sabía que era mejor no insistir.
Más tarde, ella fue incapaz de dormir, confundida por el hecho de haber pedido aquel frasco.
El aroma la acompañaba allá donde estuviera. No necesitaba un frasco de aquello.
Cuando por fin se durmió, sus sueños fueron peculiares.
En el primero, ella era Lucy presenciando el estallido de su padre borracho.
Y en el segundo, estaba poniendo un asterisco junto a su propio nombre.
Se despertó antes de llegar a escribir la fecha de su muerte.