Heladas Olvidadas (Las Víctimas Olvidadas de Whitby 7) Capítulo 41
39%

Capítulo 41

E n todos los años transcurridos desde que interrogó a Héctor, Frank no había estado cerca de Barnaby.

Obviamente, lo había divisado a distancia; en bancos, en el lado opuesto de la carretera, recogiendo comida gratis para él y para Drift en puestos de alimentación.

Frank a menudo había pensado que se le veía demacrado y agotado.

De cerca, sin embargo, Frank se dio cuenta de que se había equivocado. Barnaby era fibroso y robusto, más que estar delgado. Tenía la piel curtida por el viento y de aspecto correoso, en lugar de agotada.

Se encontraba ante un hombre que se había enfrentado a las inclemencias del tiempo durante la mayor parte de su vida, y que lo llevaba bastante bien. Tenía barba, pero no era el matorral descuidado que cabría esperar. Estaba bastante pulcra y ordenada; recortada, a buen seguro.

Lo único que desentonaba en aquella inesperada imagen de salud rebosante era el corte que tenía sobre la ceja y un ojo morado que empezaba a formarse.

—Sr. Scaife. Soy…

—Lo sé —su rostro vibró ligeramente y respiró hondo.

Debido a su estado, era evidente que a Barnaby le había costado un gran esfuerzo pronunciar aquellas palabras.

Frank mostró su placa e hizo las presentaciones de todos modos.

—Inspector jefe Frank Black.

Barnaby asintió.

—Me preguntaba si podría pasar unos minutos.

Barnaby volvió a asentir y retrocedió para dejarle paso a la habitación. Frank entró. El lurcher caminaba a su lado.

—Es Drift, ¿verdad? —preguntó Frank.

—Sí.

Una vez dentro, Frank no sabía qué esperar.

Había estado en casas de gente desfavorecida muchas veces.

Fumaderos de crack llenos de papel de aluminio.

Viviendas de protección oficial donde el tabique de cartón-yeso de la cocina se había hundido hasta el baño.

Caravanas en acantilados donde los hombres se retiraban a beber hasta morir.

Esto era nuevo. La pobreza y la necesidad estaban presentes, pero acompañadas de orden y sin rastro de caos.

El suelo estaba barrido. Había una manta gris doblada sobre un catre, y las esquinas de la manta estaban perfectamente cuadradas.

Tres tazas colgaban de clavos en la pared del fondo, todas distintas, todas limpias.

Había una mesa hecha con una caja de madera con una vela en un tarro y, junto a la vela, un pequeño hervidor de esmalte que acababa de retirar del hornillo.

También hacía calor. Y nunca se debe subestimar el poder del calor en un lugar así. Siempre sería uno de los factores más significativos. Hacía que el lugar se sintiera sólido, cuando seguramente debería haber estado lleno de humedad.

La vista más curiosa estaba al fondo de la estancia. Cajas de zapatos apiladas con pulcritud ocultaban la pared entera. Todas parecían estar etiquetadas, pero Frank no podía leerlas desde donde estaba y la luz era escasa.

Barnaby señaló un taburete junto a una mesa pequeña. Frank se preguntó si aquello aguantaría su peso. Se arriesgó y se sentó. Para su alivio, ni siquiera crujió.

—¿Té?

—No, gracias.

Barnaby sacó un taburete al otro lado y se sentó. Drift se apretó contra la pierna de Barnaby, y Frank recordó de inmediato el consuelo que Rylan le ofrecía a Gerry.

—He pensado que merecías estar al tanto de las novedades —dijo Frank.

Barnaby se tocó el pecho. —¿Lilly?

—No está confirmado.

La mano de Barnaby se demoró sobre su pecho, y Frank tuvo la certeza de que llevaba algo importante allí; algo relacionado con Lilly. —¿Pero…?

—Bueno, sí, sospechamos que es ella.

—¿Sospechamos?

Frank pensó en cómo responder. Podría ser más formal.

Aún tenemos que confirmar la identidad. La edad de los restos parece coincidir.

Entre la Científica y un antropólogo que está de camino, deberíamos saber más pronto.

En su lugar, agradecido de que Gerry no estuviera allí para cuestionar su falta de rigor fáctico, se dejó llevar por su instinto, porque prolongar lo inevitable le producía náuseas.

—Barnaby, sé que es muy poco y llega muy tarde, pero lamento tu pérdida.

Barnaby asintió. No parecía sorprendido de que fuera ella. ¿Por qué iba a estarlo? Llevaba diciéndolo más de tres décadas.

Se produjo un largo silencio en el que Barnaby sostuvo la mirada de Frank, y Frank sintió el peso aplastante del fracaso.

Y yo estuve en la casa de ese cabrón, amigo. Hace treinta y tres años. ¿Se quedó ahí sentado, sabiéndolo?

Frank estaba casi seguro de que así había sido.

—Te fallamos, lo siento.

—¿Héctor? —dijo Barnaby. El nombre salió como si le hubiera costado mucho tiempo aclararse la garganta.

Drift apoyó la barbilla en el muslo de su dueño. La mano curtida de Barnaby se posó sobre su cabeza de pelo duro.

Inocente hasta que se demuestre lo contrario. Y ahora ya no habría forma de demostrar nada.

—Hablé con él. Lo siento, Barnaby, pero nunca pisará un tribunal.

Se contuvo de decir que había mencionado el muro.

Barnaby miró fijamente a Frank. Quería más. Una admisión, tal vez, de que Frank también creía realmente que había sido él.

—Y es una lástima —dijo Frank, dándose cuenta de que aquello equivalía a decir: Sí… el cabrón lo hizo.

Barnaby suspiró y apartó a Drift con suavidad. Cruzó la estancia. Frank giró sobre el taburete para seguir sus movimientos.

Barnaby se sentó despacio en el borde de su catre. Frank reparó en unos cuadernos de tela encerada esparcidos sobre la cama, a su lado.

Fuera estaba atardeciendo, pero el fuego mantenía la habitación iluminada, aunque las sombras y el parpadeo de la luz se intensificaban.

Hubo un largo periodo de silencio y, de repente, un chasquido de la leña. Frank aprovechó el momento para ofrecerle a Barnaby la disculpa que merecía. —Tenías razón, Barnaby. Te fallamos.

Barnaby no respondió.

—El oficial al mando, Tim Brennan, fue expulsado. Años más tarde. Conducta inapropiada.

—Lo sé.

—Probablemente cubrió a Héctor. Es una vergüenza.

Barnaby asintió.

—Todo es una vergüenza. Te hicimos pasar por un infierno: primero con tus padres y luego con la desaparición de Lilly, que no fue culpa tuya. Deberíamos haber hecho más.

Barnaby miró a Frank durante un buen rato. Había algo que Frank necesitaba hacer, y ambos lo sabían.

—Yo debería haber hecho más. Formaba parte de la investigación. Y lo siento.

Barnaby sonrió. No fue una sonrisa de superioridad ni engreída; fue una sonrisa de gratitud.