Capítulo 40
E dith Dinsdale subió por el empedrado y pasó por delante de las casitas.
Había estado con Hector casi todo el día, así que la casa estaba fría. Colgó el abrigo en el gancho y ajustó el termostato.
Luego fue a la cocina, llenó el hervidor y encendió el gas.
Sacó del bolso el paquete pequeño de galletas que le había llevado a Hector y lo dejó sobre la encimera. Se quedó mirándolo. Hacía más de un año que él no se comía una galleta.
Pero siempre se las llevaba. Formaba parte de su rutina y, aunque nunca salían del bolso, se sentía bien llevándolas consigo.
Por el rabillo del ojo, divisó un paquete pequeño sobre el felpudo del recibidor.
Verlo le produjo una punzada de emoción.
No porque fuera nada especial; unos nuevos organizadores de pastillas diarios eran cualquier cosa menos eso.
La emoción venía porque le recordaba al día en que por fin había llegado el libro que llevaba buscando casi toda su vida.
Al principio no había sido capaz de abrirlo.
Sentía como si estuviera rompiendo algún juramento.
Que estaba mal…
Que era inapropiado…
Pero no, era algo correcto y adecuado.
Y se lo merecía.
Aquella mujer que se ahogaba le había entregado a Hector la mayor parte de su vida natural, y ahora allí estaba: algo que le era devuelto. Algo que había deseado, por lo que había suspirado desde que tenía uso de razón.
Edith volvió al salón, abrió el bolso y sacó la antología poética.
Se la llevó al dormitorio y se sentó con el libro de poemas de Stevie Smith.
Después, sacó la foto de su madre del cajón de la mesilla, la puso sobre la almohada y se tumbó a su lado.
Abrió el libro por la dedicatoria y siguió las letras con el dedo.
Abril de 1963.
Hacía tanto tiempo y, sin embargo, aún podía sentir el momento de recibirlo como si hubiera sido ayer mismo.
Canta con todo tu corazón.
Las palabras que su madre le había dedicado en aquel, su regalo más preciado.
Cerró los ojos y pensó en el momento en que su madre le había puesto el libro en las manos cuando era niña. La promesa de que disfrutaría de los poemas.
Canta con todo tu corazón.
En un rincón de su mente, los sucesos del día aguardaban: Hector, los inspectores, el muro, el cadáver…
Sí, todo volvería.
Pero el día no se apoderaría de ella esta noche.
Esta noche era para el libro con la dedicatoria de su madre.
Canta con todo tu corazón.
Y aun mientras lloraba, logró dedicarle una sonrisa a la gaviota de pico desconchado que la observaba a través de la ventana.