Capítulo 33
S entada junto a Hector, Edith leía sobre el hombre muerto.
Leía sobre gente en la orilla que observa a un hombre. Piensan que está saludando mientras se lo pasa en grande. En realidad, se está ahogando. Incluso después de su muerte, el malentendido persiste: piensan que está bromeando.
En algún lugar del pasillo oyó el chirrido de un carrito de té.
Cerró la antología de poemas de Stevie Smith.
Pasó el dedo por el lomo, que tenía la marca del doblez más profunda en el punto donde empezaba «No saludaba, sino que se ahogaba».
Entiendo lo que es estar dentro de una vida que nadie más puede ver desde fuera.
Ven a una mujer tranquila y silenciosa que cuida de su hermano moribundo.
Nada más.
No ven que me estoy ahogando.
El día que finalmente se marchara, no habría mucho que pudieran recordar sobre la tranquila y silenciosa Edith.
Aparte del hecho de que era encantadora, por supuesto. De que siempre estaba ahí para su hermano. De que lo quería con locura. De que nunca hubo un mal gesto.
Miró a Hector, dormido a su lado, en su sillón. Tenía la manta bien remetida. El babero todavía puesto. Respiraba de forma lenta y superficial, tal como lo había hecho durante el último año.
Un movimiento en el ventanal captó su atención.
En el alféizar exterior, se había posado una gaviota. Luego una segunda. Recorrían el estrecho saliente de piedra con ese paso oscilante, de lado a lado, propio de aves que nunca, en ninguna de sus generaciones, habían tenido miedo al cristal.
Creyó vislumbrar a la del pico desconchado. Esa que siempre luchaba por saciarse. Pero no estaba tan segura. Estaba muy lejos para esa gaviota; ¿cómo iba a saber que Edith estaba aquí?
Las gaviotas miraban hacia el interior de la habitación. No graznaban.
Detrás de ellas, al otro lado del pequeño jardín, el seto de hayas estaba blanco por la helada.
Observaba a los pájaros como ellos la observaban a ella.
Ay, qué felicidad.
¿Estaba ella equivocada, como lo estaban ellos?
Sintió el peso lento de la mano de Hector cerrándose sobre la suya. No la apretaba ni la sostenía; ya no estaba para eso. Solo se posaba.
Una mano que se había convertido en mano en el momento en que tocaba otra mano, y no antes.
Lo miró. Tenía los ojos abiertos.
Él le sonrió.
Su expresión parecía tener más peso que media hora antes, cuando los inspectores habían estado allí.
¿O eran solo ilusiones suyas?
¿Me ves?
Ella le devolvió la sonrisa.
Puso su otra mano encima de la de él y la apretó.
Se preguntó entonces si lo quería ahora más de lo que lo había querido nunca.
Supuso que tenía sentido.
Allí había un hombre que no podía alimentarse por sí mismo, que no podía decir su nombre y al que ya no le quedaba ninguna herramienta para controlar a nadie, y ella era la única persona en el mundo que se sentaría con él al final.
Él la necesitaba a ella, y no al revés. Sin la dependencia, podía ver el amor que residía en la raíz.
En cierto modo, parecía feliz. Del mismo modo que las gaviotas parecían felices. Del mismo modo que ella les parecía feliz a todos los que la rodeaban.
¿Te estás ahogando ahí dentro, Hector?
¿Te has estado ahogando siempre?
¿Desde lo del muro?
Le sostuvo la mano.
Le miró la cara.
Te quiero.
—Edie —dijo él en voz baja—. Edie. —Giró la cabeza y miró hacia las gaviotas—. Pájaros… Edie… no tengas miedo. —Se volvió hacia ella. Le temblaban los labios. Intentaba sonreír—. Fue la única vez que hiciste algún ruido… cuando tenías miedo de esos malditos pájaros.
Sus párpados aletearon y se cerraron.
Edith oyó un ruido y se volvió hacia la puerta, esperando ver aquel carrito del té.
No era un cuidador; era la inspectora de antes.
La mujer joven que apenas había hablado, que había tomado notas y que no parecía estar tan cargada emocionalmente.
—Solo estaba comprobando si habían vuelto bien —dijo Gerry.
Edith sonrió y se despidió de ella con la mano.
Se volvió de nuevo hacia Hector, que estaba durmiendo, y luego cogió su antología de poemas y buscó uno de sus favoritos.
De vuelta a ser la Edie feliz.