Capítulo 31
— P erdón, ¿qué acaba de decir? —preguntó Frank.
Hasta ahora, Hector no había mostrado ninguna expresión facial digna de mención, pero al repetirse —el muro… ¿está aquí por el muro?—, una contracción empezó en la comisura de su boca y pareció extenderse, tensando sus músculos en una máscara peculiar.
Al principio pareció pavor, pero, mirándolo mejor, bien podría haber sido desconcierto.
Frank tragó saliva. Miró ahora a Gerry, que le sostuvo la mirada; un gesto que reconocía que aquello, a diferencia del ofrecimiento de té de antes, era definitivamente algo importante.
¿Cómo iba Frank a resistirse a lo que venía después?
¿Cómo era posible no hacerle al asesino de una mujer joven la pregunta que merecía que le hicieran?
¿Cómo podía alguien perder semejante oportunidad de oro para hacerle saber a un asesino que no se había salido con la suya?
—Me recuerda de la funeraria, ¿verdad? —preguntó Frank.
Los ojos de Hector no se apartaron de los de Frank. La expresión continuó, mutando entre el pavor y la confusión.
—Ya basta. —Era la voz de la tableta de Edith.
Frank la miró con severidad, impulsado por la adrenalina y una desesperación por gritar: ¿Qué está haciendo? ¡Estamos llegando a alguna parte!
—El muro… —dijo Hector.
—¿Qué pasa con el muro, Hector? ¿Qué hay detrás?
—Basta. Basta. Basta. —De nuevo la voz de la tableta, y Frank oyó a Edith levantarse de un salto.
—¿Té? —preguntó Hector. Ahora tenía una mirada suplicante en el rostro.
—No. ¿El muro? —insistió Frank, inclinándose hacia delante.
Edith estaba ahora de pie junto a su hermano. Tenía una mano sobre el hombro de él y con la otra le señaló a Frank con el dedo.
Frank apretó los dientes y la miró a la cara. Ella estaba gesticulando algo en silencio con los labios.
Él entornó los ojos.
Pare.
Cuando volvió a mirar a Hector, vio que, de todos modos, la elección le había sido arrebatada.
La lucidez se había esfumado. Miraba al vacío.
Frank suspiró.
A Hector se le ladeó la cabeza y Edith retiró la mano.
Al anciano le temblaron los ojos y se cerraron, y Frank se dio cuenta de que definitivamente era hora de dar el día por terminado.
Cerró sus propios ojos, intentando calmarse, dándose cuenta de que la infernal indigestión de ayer estaba regresando.
No era de extrañar tras la pérdida de Bertha, otra noche de whisky, el ser ignorado por alguien a quien había empezado a tener aprecio, una exigencia desde el más allá para romperle el corazón a su mejor amigo de inmediato y, ahora, esto: un asesino, que seguía vivo, pero capaz de evadir la justicia.
Sentía como si estuviera viendo caer las piezas de un dominó.
Se frotó el esternón, abrió los ojos y clavó en Edith una mirada que estaba, sin duda, cargada de intención. Ella se mantuvo erguida, no obstante, conservando su dignidad.
—Supongo que eso nos deja con los parientes más cercanos del sospechoso —dijo Frank.
Edith escribió y lo contempló con una ceja levantada. —¿Está confirmando que mi hermano es el sospechoso?
Frank tuvo ganas de poner los ojos en blanco. ¿Acaso todo el mundo aquí caminaba por una cueva oscura? ¿O solo se deleitaban de lo lindo sacándolo de quicio?
Se puso de pie. —Creo que deberíamos buscar algún sitio para hablar, Sra. Dinsdale. Usted es su cuidadora principal y su única pariente viva; estoy seguro de que le parecerá aceptable.
Ella escribió. —¿Debería ponerme en contacto con mi abogado?
—Si lo desea —dijo Frank. Empezó a moverse hacia la puerta; no podía salir de allí lo suficientemente rápido—.
Pero vamos a tener una conversación, de una forma u otra.
Al fin y al cabo, quizás sea usted la única persona viva con acceso a la verdad respecto a la muerte y la cruda y fría eliminación del cuerpo de una mujer en la flor de la vida.
—Se giró y miró hacia atrás. Notó que era la primera vez que Edith parecía inquieta—. ¿No le parece justo?
Ella respiró hondo.
Mientras salía de la habitación, oyó la voz de la tableta de ella.
—Sí.
Por fin, una aceptación de la lógica.
Frank asintió sin volverse. —Le preguntaré a Carys si puede buscarnos un lugar.