Capítulo 27
E n el pequeño despacho, el doctor Graham Temple les estrechó la mano a ambos.
Por fortuna, no llevaba guantes de plástico finos como el papel, y el apretón de manos le pareció normal.
—Hemos encontrado un cadáver detrás de su muro —dijo Frank. Era demasiado pronto para andarse con sutilezas con amiguitos del golf que cerraban filas en torno a un asesino.
—Sí, bueno. Técnicamente, no era su muro —matizó el doctor, levantando un dedo.
—Ya veo… así que es algo así como «quien se lo encuentra se lo queda», ¿no? ¿Deberíamos investigar a los Forrester?
—Claro que no —Graham le restó importancia con un gesto—. Solo estoy sorprendido.
—Bueno, estos son los hechos, señor. ¿Podemos oír su valoración?
—Categoría uno —dijo Graham.
Parecía orgulloso de su diagnóstico pese a que era completamente obvio.
—Así que es…
—Un riesgo evidente —dijo Graham, reacio a ceder el protagonismo—. Es poco probable que esté en condiciones de declarar en ningún momento a partir de ahora.
Frank asintió. El doctor le estaba sacando de quicio de verdad. Había un aire de complacencia ante el hecho de que no pudieran llegar a la verdad por el simple hecho de que una vez habían golpeado una pelota por el campo juntos.
—Pueden sentarse con él. Pero no como un interrogatorio. Nada más. No mencionen el descubrimiento.
Frank sintió que la sangre le empezaba a hervir. Era predecible, pero no por ello menos exasperante.
—¿Es consciente de que la joven tenía entre dieciséis y veinticuatro años?
Graham apartó la vista. Se le encendieron las mejillas ligeramente. —Terrible. Aun así, no sabemos con certeza que fuera Hector, y usted no puede someter a mi paciente a un trauma.
Frank asintió. —A diferencia de su víctima. No lo haré.
—¿Cómo murió? —preguntó Graham.
Era una buena pregunta. —Aún no lo sabemos. Pero no será nada agradable. No si la ocultó así. —Hacía ya veinticuatro horas que tenían los huesos, y se preguntó si la Científica sabría algo más.
—Mire, sé que no es su primer rodeo, inspector jefe, pero mi valoración se mantiene.
Frank miró a Gerry, que obviamente estaba confundida por la expresión. Le guiñó un ojo. —Me está comparando con un vaquero. —Se palmeó la barriga—. Quizás uno entrado en años que se ha comido demasiadas reses. —Volvió a mirar a Graham—. ¿Ha puesto su valoración por escrito?
—Sí.
—¿Se va a quedar para observar?
Graham se puso el abrigo. —No. Me he tomado la libertad de obtener el permiso de Edith para la conversación.
—Qué detalle por su parte.
¿Intentó disuadirla?
—Lo permitirá siempre y cuando él esté cómodo.
—Un trato de primera —dijo Frank—. Al fin y al cabo, ha pagado sus impuestos toda la vida.
Graham sacudió la cabeza. Estaba claro que ya se había hartado de Frank.
Frank se dio cuenta de que estaba presionando demasiado, pero aquella presentación le había chirriado de verdad; nada le molestaba más que las actitudes pomposas. Especialmente cuando tenía resaca y debía entregarle un secreto a la hija de su corazón que podría descarrilar su vida.
—¿Es usted consciente de que Edith no se comunica verbalmente? —preguntó el médico.
Aquello era nuevo para él. Miró a Gerry, que asintió con la cabeza. Evidentemente, para ella no era ninguna novedad.
—Es no verbal —dijo Gerry—. No está sorda, ni sufre deterioro cognitivo; lo entiende todo. Sencillamente no habla, y no lo ha hecho desde que existen registros suyos. Escribe, o usa una tableta, cuando así lo decide.
Mientras Graham se marchaba, dijo: —Póngase en contacto conmigo si tiene alguna duda sobre el informe. Pero sé que no será así, inspector jefe, porque este…
—¿No es mi primer rodeo? —No pudo evitarlo.
Graham asintió y se fue.
Gerry lo miró. —¿Estás de mal humor?
—¿Te acabas de dar cuenta ahora?
—Tu estado de ánimo es negativo la mayor parte del tiempo, así que detectar un empeoramiento puede resultar difícil.
No había ni rastro de sonrisa en su rostro.
Pero, por supuesto, no estaba bromeando; se trataba de Gerry. Lo decía totalmente en serio.
Aquello le hizo soltar una carcajada.
—¿Qué es tan divertido?
—La forma en que siempre te las arreglas para animarme.
—¿Te estás mostrando sarcástico?
Él negó con la cabeza. —No. No lo sé. Me gustan tus métodos poco convencionales.
—¿Te gustan?
—Sí… ha quedado un poco americano. Borra eso del libro de expresiones.