Heladas Olvidadas (Las Víctimas Olvidadas de Whitby 7) Capítulo 26
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Capítulo 26

F rank, que se había pasado la vida yendo al trabajo en coche, se sentía extraño revisando los mensajes del móvil en el asiento trasero de un taxi. Puede que ahorrara tiempo, pero no le gustaba.

A menos que estuvieran levantando las dichosas carreteras, conducir podía resultar liberador. Estar encadenado a esa pantallita brillante, desde luego, no lo era.

Era el primer día completo sin Bertha y sentía su falta profundamente. Por supuesto, no se sabía cuánto de aquello se debía a la resaca y cuánto al hecho de que iba a poner la vida de Gerry patas arriba aquel mismo día.

Miró de reojo a su joven compañera y vio que ella también estaba absorta en su dispositivo. Lo hacía parecer algo natural. Él a menudo se veía resoplando, torpe y poco mañoso.

Observó la costa pasando veloz ante ellos y empezaba a entrar en un estado de mayor armonía cuando el reloj le vibró, indicándole que tenía un mensaje en el teléfono.

Maldita sea. ¿Cuándo nos apuntamos todos a esta mierda?

Miró el móvil con la esperanza de que fuera Evelyn.

No lo era.

¡Si la tecnología iba a darle la tabarra, lo menos que podía hacer era ofrecerle algo bueno!

El mensaje era de Ian Wilks, un agente al que le había pedido que buscara cualquier cosa sobre Barnaby.

Barnaby no había tenido problemas con la justicia desde 1994, lo cual supuso que eran buenas noticias.

Aunque no resultaba sorprendente, ya que nunca había sido un criminal en realidad, a pesar de haber sido acusado de asesinato dos veces. A la mayoría de la gente le costaría superar por lo que le hicieron pasar la primera vez con sus padres, por no hablar de la segunda con el amor de su vida.

Era un milagro que el pobre hombre siguiera adelante.

—Gerry, muchacha, ¿podrías quitarle estos pitidos al móvil, por favor? —preguntó Frank.

—¿Las notificaciones?

—Ja… ¿así es como las llamas? ¿Las inductoras de pánico? ¿Las intensificadoras de estrés?

Ella le cogió el brazo, se lo estiró, trasteó con el teléfono, asintió brevemente y volvió a su propio dispositivo.

Ni una palabra.

—¿Ya está, entonces? —Frank puso los ojos en blanco.

—Además, recuerda que esta tarde tenemos una cita en el concesionario —añadió ella.

Él suspiró. ¿Recordar? ¿Él? Iba a mirar unos coches con la ayuda de Gerry y se le había pasado por alto.

—Tu silencio sugiere que te habías olvidado —dijo Gerry.

—No me he olvidado —mintió Frank—. Sencillamente no estaba pensando en ello. —Lo cual era en cierto modo cierto, pero ¿significaba lo mismo?

—¿Has pensado en usar el calendario del móvil?

La idea de programar más retazos de su vida en el teléfono hizo que le dieran ganas de tirarlo por la ventana, así que no dijo nada. Se alegró cuando el taxi se detuvo ante las puertas de Whitby Glades.

Empezaron a subir por el camino. Habían dejado a Rylan en casa; al parecer, alguien de la residencia tenía una alergia grave a los perros.

Era inevitable pasarse a ver a Hector, pero Frank no esperaba que fuera lo primero de la mañana.

Donald, sin embargo, se había propuesto demostrar lo activos que estaban siendo para solucionar la situación.

Esta visita a Hector era claramente un trabajo hecho con prisas y lo más probable era que no sirviera para nada.

Qué lástima que no usara el sentido común para darle a Frank más agentes en lugar de dedicarse a apagar fuegos.

—El propio Donald ha avisado al doctor Graham Temple, de la consulta de Whitby, en lugar de pasárselo a sus subordinados… o mejor dicho, a mí sola, como suele ser habitual. La IOPC realmente debe de estar dándole caña.

Gerry ya había dejado clara su postura antes, pero volvió a insistir: —El doctor Temple no lo permitirá. Hector no está en condiciones de responder a preguntas desde hace más de un año.

Frank, por supuesto, estaba de acuerdo. Le guiñó un ojo a Gerry. —Al menos el viejo Don está siendo incisivo. Queda bien. Aunque no le siente bien a un mandado como yo.

—Por lo rápido que caminas, Frank, y el ritmo al que hablas, noto que estás entusiasmado. ¿Por qué? ¿Se me escapa algo?

—Una esperanza tonta, probablemente. Quiero decir que agradecería poder intercambiar unas palabras con él. Mirarle a los ojos. Recordarle lo que ha hecho. Detestaría pensar que muera habiendo olvidado lo que es.

—Frank, no hemos demostrado que fuera él.

—La pobre chica estaba en su pared. Él sabía algo. E incluso si no podemos hacer preguntas, la culpa podría hacer que algo saliera a la luz.

—¿Algo completamente inadmisible?

Frank se encogió de hombros. —De todos modos, nunca pisará un juzgado.

Pero todos lo sabremos, ¿verdad? De una vez por todas.

Se me ocurre una persona que se lo merece.

¿A ti no? ¿Cuántas veces intentó Barnaby que lo escucháramos mientras destrozaban a ese pobre muchacho?

¿Quieres volver ahora y decirle que, ahora que ha aparecido el cuerpo, ni siquiera pensamos en mirar al cabrón a los ojos para que sepa que se ha descubierto todo?

Gerry siguió caminando. No respondió.

—Descubierto todo significa…

—Sé lo que significa, Frank —dijo Gerry—. Te conozco desde hace bastante tiempo. He documentado más de cien de tus modismos.

—Bien. —Frank arqueó una ceja—. ¡Siempre dispuesto a educar, o más bien a deseducar! —bufó—. Esa palabra existe, ¿no?

Gerry respondió: — Des- es un prefijo de eliminación o inversión; así que deseducar a alguien sería quitarle lo aprendido. Lo cual, teniendo en cuenta lo que le haces al idioma inglés, tiene sentido.

—¡Me estaba mostrando autocrítico, Gerry, muchacha, no hace falta que te ensañes!

La directora de la residencia, Carys Holroyd, los recibió en la recepción. Llevaba un uniforme blanco con el logotipo de Whitby Glades: un árbol de hojas verdes y frondosas.

Tras las presentaciones, la señora Holroyd les dio a ambos un breve apretón de manos, que resultó peculiar por los guantes de plástico finos y tibios.

—El doctor Temple ha estado aquí hace veinte minutos —dijo—.

Ha terminado su evaluación y está esperando en el despacho pequeño a su derecha cuando estén listos.

Frank asintió. —¿Y el señor Dinsdale?

—Está en su habitación. Dormido, la última vez que miré. Su hermana, Edith, está con él.

—Ah —dijo Frank. Aquello podría ahorrarles tiempo, ya que necesitarían su permiso.