Capítulo 21
E dith siempre estaba en el escalón de su puerta trasera antes que las gaviotas y, por lo tanto, antes que el sol.
Hoy, la helada mordía con fuerza, así que andaba con mucho cuidado. Una caída a cualquier edad era una mala noticia; una caída a los setenta y ocho, bueno, eso era una noticia pésima.
El viento que soplaba del mar le arrebató el calor corporal en menos de un minuto.
Pero aquello nunca le había importado demasiado. Jamás había usado guantes y no iba a empezar ahora, ni siquiera con la artritis.
Dar de comer a las gaviotas, a primera hora, había sido su parte favorita del día durante cinco décadas, y solo terminaría cuando ella abandonara este mundo.
Ya tenía lista la hogaza de pan integral fresco. Aún tibia. Horneada en las primeras horas de la madrugada.
Dos gaviotas argénteas familiares —las conocía por las marcas de sus alas— bajaron en picado a por los primeros trozos.
Luego llegó otra, más pesada, que siempre la irritaba un poco porque apartaba a las demás con su volumen.
Detrás de ellas, volando bajo y con parsimonia, llegó una con el pico astillado.
A esta siempre le costaba adelantarse a las demás, especialmente a la de complexión robusta, así que le lanzó un trozo más pequeño, que pudo alcanzar antes de que las más grandes la ahuyentaran a empujones.
Tres más aterrizaron en el muro del patio. A estas no las reconoció. Eran más cautelosas. La observaban. No graznaban.
Ella no les habló. No hacía falta. Acabarían acercándose.
Despedazó el pan, lo esparció, volvió a trocear y a esparcir, cubriendo las losas blancas por la escarcha.
Efectivamente, las recién llegadas se unieron al frenesí.
O al banquete, como ella prefería verlo.
En su opinión, las gaviotas tenían más elegancia de lo que muchos afirmaban.
Notó el frío en las muñecas más de lo habitual, pero lo aceptó con un gesto estoico, porque ni un equipo de caballos la apartaría de aquel escalón mañana.
El sol ya casi había salido del todo, así que miró más allá de su muro, cruzando el puerto hacia el muelle de Tate Hill.
Detrás, el acantilado del este se alzaba de repente contra el cielo que empezaba a sonrosarse.
Alcanzó a ver al guardián vigilante de Whitby: la abadía.
Cuando las gaviotas terminaron, la del pico astillado se quedó un momento más. Se miraron durante un rato, ambas conformes con esa familiaridad, y Edith amasó unas migas en otro trozo pequeño y se lo entregó directamente a la gaviota.
Entonces, el ave se marchó y Edith entró en casa porque el frío realmente estaba haciendo mella en ella.
Tras lavarse las manos, encendió la radio. Escuchaba This is The Coast mientras preparaba el té despacio, siguiendo el orden de siempre. Tetera. Colador. Taza. Un chorrito de leche de la jarra verde y blanca.
El presentador tenía una cadencia pausada que le gustaba. Una vez le había escrito una tarjeta para decírselo, y él le había respondido. La tarjeta estaba en el cajón del escritorio, en el salón.
Llevó su taza de té a la mesa de la cocina y se sentó. Tomó un sorbo.
—…restos humanos descubiertos ayer en una propiedad en…
Dejó la taza en la mesa.
—…la casa, anteriormente propiedad de la familia Dinsdale de Whitby…
Sintió que se desinflaba por dentro, pero de inmediato se negó a dejar que aquello se manifestara.
Se mantuvo erguida, con los hombros hacia atrás; siempre había intentado mantener una postura firme. Sus pies permanecieron bien plantados en el suelo.
El boletín continuó con otros temas. El tiempo. Una petición escolar. Algo sobre una autopista.
Se levantó y preparó más té. Se sentó, todavía erguida, fortalecida contra el mundo y el día, y se bebió una segunda taza, sin dejar de pensar en aquellos «restos humanos».