Capítulo 13
D rift levantó la cabeza de golpe. Con la oreja tiesa.
Barnaby se puso en pie.
Él no había oído nada, pero Drift nunca se equivocaba.
Observó cómo se levantaba su perro y le puso una mano encima. Un gruñido bajo surgió de lo más profundo del animal.
Barnaby respiró hondo. Hay alguien aquí.
Se arrodilló y acarició a Drift, con la intención de calmarlo mientras él mismo intentaba escuchar a los intrusos.
No consiguió ninguna de las dos cosas.
Barnaby se incorporó, le hizo un rápido gesto a Drift —iba a ir a echar un vistazo— y se acercó a la ventana. Al mirar hacia fuera, no pudo ver a nadie en la penumbra. Solo los cobertizos, sombras corpulentas y oscuras…
El repentino estrépito del metal y el traqueteo de la chapa ondulada le hicieron sobresaltarse. Drift salió disparado hacia la ventana, ladrando, y miró hacia el exterior.
Después se oyó un estrépito y un traqueteo aún más fuertes.
Alguien estaba tirando piedras a los cobertizos.
Barnaby apretó los dientes. El corazón le latía con fuerza. La adrenalina estaba ahí, por supuesto, pero mantuvo el control; la mayor parte era ira y frustración, no pánico.
No era la primera vez que alguien venía a molestarlo. Tenía práctica en controlarse.
Comenzó el cántico: —¡Barney Basuras! ¡Barney Basuras! ¡Barney Basuras!
Ya estamos otra vez.
Barnaby cogió una linterna de la caja. La probó. El haz de luz era débil. Hacía tiempo que no lograba recuperar de los contenedores pilas con una carga decente. Tendría que bastar.
Enganchó la cuerda deshilachada al collar de Drift. Se la enrolló con fuerza en la mano derecha.
Tú quédate conmigo, Drift. Hagan lo que hagan.
Se señaló a sí mismo. —Quieto.
Drift lo miró con los ojos fijos.
Con la linterna y la correa de Drift en una mano, abrió la puerta del capataz y salió. Luego se pasó la linterna a la otra mano y usó el débil haz de luz para mirar alrededor.
Cuatro figuras con capucha. A un par de cobertizos de distancia.
—¡Barney Basuras! ¡Barney Basuras! ¡Barney Basuras!
Parecían chavales. En otras ocasiones lo habían sido.
Drift ladraba ahora con agresividad. Eso debería disuadirlos.
Se quedó allí plantado y esperó. En un momento, darían media vuelta y saldrían corriendo. Hacía tiempo de aquello, pero así es como habían terminado las últimas veces.
Las figuras encapuchadas se acercaron más, hasta que estuvieron a la altura del cobertizo más próximo.
Drift ladró con más fuerza, pero aun así no se amilanaron.
El perro tiró de la cuerda.
—Quieto.
La orden no surtió efecto; los tirones continuaron.
—¡Barney Basuras! ¡Barney Basuras! ¡Barney Basuras!
Era raro que hoy en día deseara poder hablar con claridad, pero este era uno de esos momentos.
Si tan solo pudiera alzar la voz, hablar con nitidez, podría calmar la situación; decirles a los chicos que les convenía retirarse, evitar un enfrentamiento que podría acabar con alguien herido, ya fuera él o ellos, porque Drift no iba a dejar pasar esta.
Pero sabía que se limitarían a reírse y a burlarse de él con más saña en cuanto le oyeran intentarlo.
—¡Eh, Barney Basuras! —era una chica joven—. ¡Han encontrado los huesos de tu novia en esa casa!
Barnaby enfocó la linterna hacia su cara. El haz era débil, así que no llegó a cegarla. Ella resopló.
—¿La pusiste tú ahí, basurero? —preguntó otro.
Barnaby reconoció la voz. Dirigió el haz al rostro del chico.
El hijo de Nigel Tait. Theo.
Nigel le había hecho la vida imposible a Barnaby durante más de treinta años, ya que había conocido bien a los padres de Lilly. Había hecho un buen trabajo transmitiéndole su odio al muchacho.
La gente de por aquí siempre hacía un buen trabajo en eso.
Barnaby tomó aire. Tenía que intentarlo.
—Theo —dijo. Las palabras estaban todas ahí, en su cabeza: Yo no he sido.
No fui yo. En todo caso, los huesos demuestran eso.
Fue Hector Dinsdale todo el tiempo, como dije.
Pero no había ninguna esperanza de que salieran de ese modo. —Escucha… —logró decir—. No fui yo.
La jauría se acercó más.
¡Fue el maldito Hector Dinsdale!
—¿Hay más cadáveres que debamos conocer, Barney Basuras? —la voz de otra chica.
Dos chicos, dos chicas. Debían de tener unos dieciséis años. ¿Qué era esto? ¿Justicia vecinal en una cita doble? —Hector…
Le interrumpió Theo gritando: —¡Tiradla!
Un segundo después, sintió un impacto seco y punzante sobre la ceja derecha.
Al principio no pareció demasiado grave, pero entonces dio medio paso tambaleante hacia un lado.
Se le nubló la vista cuando la sangre le entró en los ojos.
Se tambaleó de nuevo. Se le encajó la bota contra una losa rota del suelo, lo que evitó que se cayera, pero Drift pegó un tirón hacia delante.
En ese instante, a Barnaby se le quedaron los dedos sin fuerza, la cuerda desapareció de repente y el perro se escapó.