Capítulo 9
F rank se dirigió al principio de Caulfield Street, donde Barnaby había estado parado hacía unos instantes, y se preparó un cigarrillo de liar mientras esperaba a que Gerry recuperara a Rylan de manos del agente de uniforme.
Antes de encender el cigarrillo, dobló la esquina para no recibir miradas de asco de la mitad de los mejores agentes de North Yorkshire. Además, era la dirección opuesta a la prensa y sus orejas tiesas, lo cual nunca era malo.
Cuando Gerry se reunió con él, Frank tiró el cigarrillo y lo pisó; después resistió el impulso de ponerse en cuclillas de nuevo para acariciar a Rylan, sabiendo que sus posibilidades de volver a estirarse por completo disminuían con cada flexión.
—Principios de los noventa —dijo, clavando la mirada en Gerry—.
El noventa y tres, quizá el noventa y cuatro.
No llevaba mucho tiempo de detective. Estaba muy verde.
Por aquel entonces no era más que un recadero.
—Miró de reojo a Rylan—. No es que haya nada malo en ser un recadero, Rylan, muchacho…
es solo que, bueno, sueles hacer lo que te mandan.
—Sacudió la cabeza—. Estábamos investigando la desaparición de una chiquilla llamada Lilly.
—Chasqueó los dedos—. ¿Ackart? No… Ackroyd.
Sí, eso era. Lilly Ackroyd. Que Dios me perdone si era ella la del muro…
Gerry negó con la cabeza.
—Tú no la pusiste ahí, Frank.
—Sí, puede que sea cierto, ¡pero mi trabajo era asegurarme de que no se quedara ahí durante más de tres malditas décadas!
—¿Qué edad tenía? —preguntó Gerry.
Él entornó los ojos.
—Veintiuno, creo. Definitivamente en el rango de Nasreen. Recuerdo que trabajó para Hector Dinsdale —el dueño de la casa— como limpiadora en algún momento.
—¿Es eso lo que convirtió a Hector en sospechoso?
—Hubo varias cosas, pero eso fue parte de ello, sí.
Joder. Mirando hacia atrás ahora, veo por qué a Hector se le trató con guante de seda…
un anticuario rico, popular en la comunidad, que hacía donaciones al ayuntamiento local…
todavía lo ves a diario con Donald, ¿verdad?
No seas duro con fulanito porque hace mucho por la policía local…
—Entonces, ¿interrogaste a Hector y fuiste blando con él?
Frank se frotó las sienes.
—No exactamente, no. —Suspiró—. Bueno, sí, puede ser.
Como he dicho, seguía órdenes. Un mandado, ¿recuerdas?
Ahora está todo bastante borroso. —Cerró los ojos, intentando recordar los detalles—.
El caso de Lilly llevaba un tiempo abierto.
A Hector ya lo habían interrogado más de una vez.
Así que aquello era trabajo de seguimiento.
Trabajo pesado… —Abrió los ojos—. El inspector jefe Tim Brennan era el director de investigación…
menudo gilipollas. Resultó que era más corrupto que Judas.
Brennan me dijo que solo era una visita rutinaria: preguntarle a Hector sobre una fotografía que había llegado a nuestras manos y poco más.
—¿Una fotografía?
Frank tragó saliva.
—Ya llegaré a eso. El caso es que Brennan aceptaba sobornos de medio pueblo.
Lo echaron a finales de los noventa; ¡apenas podía caminar de lo retorcido que era!
No te engañes pensando que no sabía exactamente lo que hacía al enviarme a mí para que fuera con pies de plomo.
—Frank gruñó—. Es una pena que esté muerto; habría disfrutado pasando a preguntarle…
Ya sabes, lo que es ser joven y ambicioso, ¿eh?
—Se miró la barriga—. Y más delgado, también…
Sí. Debería haber ignorado las instrucciones de Brennan y haber sido más duro. Ahora eso no habría pasado.
—Ese es el valor de la experiencia.
—Tal vez. Todo fue mucho más fácil por el hecho de que ya teníamos un sospechoso principal, ¿comprendes?
Barnaby. El tipo que acabamos de ver con el lebrel.
Brennan tenía al equipo comiendo de su mano en este caso.
Todos los demás eran solo estorbos en el camino hacia la gran captura.
Ya sabes cómo va, ¿verdad? O, bueno, quizá no, porque las cosas ya no funcionan así…
El caso es, de nuevo, que todos estaban pendientes del loco de Barnaby Scaife, y nadie creyó ni por un segundo que el reputado anticuario Hector Dinsdale —que amaba y adoraba a su vulnerable hermana y hacía maravillas por la comunidad local— mataría a una chica de veintiún años.
—¿Por qué era Barnaby el sospechoso principal? —preguntó Gerry.
Frank entornó los ojos.
—Salía con Lilly. También era joven, veintipocos. Fue el último al que se vio subiendo a los acantilados con ella, y más tarde se le vio volver solo, el día que Lilly desapareció. Como he dicho, hace mucho tiempo de eso. Los detalles son vagos.
—¿Un paseo por los acantilados fue suficiente para provocar esa visión de túnel?
—Bueno… hubo otros factores… no era el primer encontronazo de Barnaby con la ley.
Sus padres habían muerto en el incendio de su casa el año anterior y él había sido objeto de sospechas por aquello.
Añade a eso un intento de suicidio que le dejó secuelas cerebrales…
Fue la tormenta perfecta para la visión de túnel.
Mirando atrás, lo que deberíamos haber hecho era poner todo nuestro empeño en encontrar a la pobre muchacha, en lugar de intentar destruir a Barnaby, cosa que hicimos, por cierto.
Nunca encontraron un cuerpo, ni ninguna prueba, pero lo destrozaron con un interrogatorio tras otro.
Miró el cigarrillo aplastado en la acera y deseó, por un momento, no haberlo pisado.
—Me sorprende que no confesara falsamente solo para acabar con todo… —suspiró Frank.
—¿Formaste parte de los interrogatorios? —preguntó Gerry.
—Afortunadamente, no… o tal vez no debería haberme alegrado.
Tal vez, si hubiera formado parte de ellos, habría visto la luz y le habría puesto fin.
—Apartó de una patada el cigarrillo aplastado de su vista—.
¿Recuerdas los tres grupos que he mencionado antes?
El grupo de los que le dan un abrigo en noviembre. El…
—El grupo de los que le llaman Barney Basuras y cruzan de acera —terminó Gerry.
Frank asintió.
—Sí, bueno, el tercer grupo es el de los furiosos. La gente que nunca olvidó. Los que le acusan de ser un asesino siempre que lo tienen a tiro de grito. Una especie en extinción, por suerte… aunque estoy seguro de que algunos nos sobrevivirán a todos. Siempre los hay, ¿verdad?
Gerry miraba hacia un lado, sumida en sus pensamientos.
Él se preguntó si la opinión que ella tenía de él se habría visto muy perjudicada.
¿Acaso ser joven, inexperto y mirar por su carrera era algún tipo de excusa?
Al fin y al cabo, ya tenía treinta y pocos años. De hecho, tenía más o menos la edad que tiene Gerry ahora, ¡y ella no habría permitido semejante parodia!
—Frank, ¿la fotografía? Has dicho que interrogaste a Hector sobre una fotografía.
Por supuesto. No había soltado el hilo a pesar de todas sus divagaciones. Gerry nunca perdía el hilo.
—Sí. Barnaby había trabajado con Hector, desde el final de su adolescencia hasta el incendio.
Chapuzas en el negocio de las antigüedades: recoger cosas, cargar con ellas, ese tipo de tareas.
Tal vez así fue como conoció a Lilly; ella era la limpiadora de Hector.
Pero Barnaby se quedó con la llave que usaba para entrar en la casa de Hector.
Tras la desaparición de Lilly, a Barnaby no sé cómo se le metió en la cabeza que Hector era el culpable.
—Se interrumpió—. ¿Se le metió en la cabeza?
¿Me has oído? El muchacho tenía toda la puñetera razón…
Dios mío… —Se frotó la frente de nuevo—.
Un día, Barnaby se presentó en la comisaría con esa fotografía; dijo que era de Lilly, desnuda, y que la había encontrado en casa de Hector, en el cajón de su mesita de noche.
Había entrado con aquella llave, ¿entiendes?
—Miró el rostro de Gerry buscando alguna expresión de sorpresa, pero solo vio una profunda concentración en la postura de sus ojos y su mandíbula—.
Pero había dos problemas. Primero: solo afirmaba haberla encontrado en casa de Hector.
Podría haber sido una pura invención. Segundo: no se veía claramente que fuera Lilly.
Podría haber sido cualquier mujer joven.
En blanco y negro, granulada y tomada por detrás.
Lo único que se podía asegurar era que estaba desnuda.
Así que nadie en el equipo le dio mucha importancia.
Nadie quería el marrón de interrogar a Hector sobre ello tampoco, así que se lo pasaron al recadero.
—Se señaló el pecho—. ¡Fui a hablar con Hector y se rio de mí en la puñetera cara!
Quiero decir… no es que yo hubiera ido allí con el respaldo de nadie de rango superior…
Ya estás otra vez con las dichosas excusas, Frank…
Suspiró.
—Pobre Barnaby. Pensó que había encontrado algo importante.
No podía creer que no llevara a ninguna parte.
La mayoría de los sospechosos en su lugar evitarían a la policía como a la peste.
El pobre muchacho seguía volviendo a la comisaría, una y otra vez, a pesar del peso de la sospecha que recaía sobre él.
Pasando por el calvario una y otra vez. Claramente con la esperanza de que viéramos la verdad… de que viéramos que era Hector…
—Aun así —dijo Gerry—, si no había pruebas de que fuera Lilly, tenías poco de donde tirar, Frank.
Frank respiró hondo.
—Debería haber hecho caso a mi instinto, Gerry. Hector Dinsdale me daba mala espina, por algún motivo. No me gustaba, y no me gustaba el hecho de que mis superiores lo adularan. Debería haber escuchado a mis tripas. —Clavó la mirada en Gerry—. Como habrías hecho tú.
—Eran tiempos diferentes, Frank. Los sistemas y procedimientos han evolucionado para evitar ese tipo de visión de túnel, y…
—Nos trajo una fotografía de una mujer joven desnuda, Gerry, del cajón de su mesita de noche. Sí, podría haber sido una prueba falsa, ¿pero no merecía más que una charla rápida?
Gerry no respondió.
Frank aspiró aire entre los dientes.
—Jesús. Lilly Ackroyd. En un muro. Durante tres décadas. Probablemente estuve a metros de ella aquel día. Cristo. Sus padres ya han fallecido, ¿sabes? —Sacudió la cabeza—. Todo este tiempo… —Volvió a mirar hacia la calle—. A metros de mí.
Gerry seguía sin hablar.
—Y Barnaby Scaife… —dijo Frank—. ¡Prácticamente nos lo dijo! Estaba ahí dentro. Ahí dentro.
Se frotó el pecho. Vio que Gerry lo observaba.
—Indigestión. —Sacó su tabaco—. Necesito otro antes de que entremos.
—Frank…
—Lo sé… estoy fumando demasiado. Pero dame solo cinco minutos y vuelvo a la carga. —Se dio la vuelta y puso un par de metros de distancia entre ellos. La escarcha de los adoquines crujió bajo sus botas.
Detrás de él, una gaviota tridáctila graznó desde algún lugar sobre los tejados: un grito agudo, tenue, uno solo, y luego nada.