Heladas Olvidadas (Las Víctimas Olvidadas de Whitby 7) Capítulo 5
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Capítulo 5

H umo de leña y arenque.

En Pennick’s, la puerta lateral estaba abierta, sujeta por una cuerda más deshilachada que la que él usaba para la correa de Drift.

Maggie Underwood, una joven menuda que parecía mucho mayor de lo que sus dieciséis años sugerían, se acercó a la puerta con un pequeño paquete envuelto en papel parafinado en la mano y lo dejó en el bajo alféizar de piedra sin levantar la vista.

Drift tanteó su regalo con el hocico.

—Gracias… —Luchó un poco con el nombre de ella. Una secuela de una lesión cerebral de hacía tres décadas. La palabra estaba ahí. Siempre estaba ahí. Solo que había que arrastrarla para que saliera por el hueco—. Maggie.

Ella sonrió y lo miró brevemente a los ojos. —De nada.

Al igual que Barnaby, era una persona de pocas palabras. Aunque lo suyo era por timidez, no por una lesión.

Barnaby recogió el arenque ahumado y sonrió a Drift. —Luego.

El arenque había sido para Drift desde que era un cachorro. El padre de Maggie había instaurado la costumbre; Maggie, que llevaba dos años encargándose de la puerta lateral, la había mantenido sin cambiar ni un ápice.

—Este color… me gusta. —Señaló el nuevo jersey verde de ella.

—Gracias. —Ella se agachó y acarició la cabeza de Drift—. ¿Has encontrado algo hoy?

Él asintió. Anoche habían sacado los contenedores de Cordingley Street para la recogida de la mañana.

Había conseguido rebuscar en seis de ellos.

No por comida. Nunca rebuscaba por comida a propósito.

Bueno, a falta de pan, buenas son tortas, así que si encontraba algo envasado —tenía que estar sellado— lo echaba a la mochila con sus otros hallazgos.

Pero la verdadera razón por la que rebuscaba en los contenedores era por las historias.

La gente tiraba fragmentos de sus vidas. Pedazos de su historia.

Ahora, porque Maggie se lo había preguntado, buscó en su mochila la tarjeta de cumpleaños. La portada de la tarjeta era un globo metalizado con el número veinte. En el interior, decía:

Para Kevin, en tu vigésimo cumpleaños: estamos orgullosos cada día. Con amor, Mamá xx

Al final, con una letra distinta, otro mensaje:

Tu padre estaría orgulloso del hombre en el que te has convertido.

Barnaby se la entregó.

Ella la leyó, asintiendo. Le dio la vuelta, observando el pósit que él había pegado en el reverso con la dirección y la fecha del hallazgo.

Más tarde, lo documentaría en uno de sus cuadernos.

No recordaba, así de memoria, si ya había recuperado algo de ese contenedor en concreto anteriormente.

Era posible. Quizás ya tuviera en casa más piezas de este relato.

No es que ningún relato estuviera nunca completo.

Todos podían crecer.

Incluso después de la muerte, podían continuar.

Como en el caso de Floyd Long, cuyo legado con el petirrojo y sus tartaletas de fruta seguía en pleno apogeo.

—Es bonito —dijo Maggie, devolviéndosela.

Él volvió a darle las gracias a Maggie, llevó el paquete al callejón entre Pennick’s y la parte trasera de una carnicería que había cerrado en 2019, y se arrodilló sobre el pavimento escarchado.

Abrió el paquete. Lascas de arenque ahumado, calientes bajo el papel parafinado.

Drift esperó.

Drift siempre esperaba.

—Adelante.

Drift comió de la mano de Barnaby. Sin arrebatárselo.

Él observó los pequeños y precisos movimientos de la lengua del perro y pensó, como había pensado cada mañana durante casi una década, que este perro había sobrevivido a base de arenque ahumado todo este tiempo y nunca se había cansado de él.

Después, Barnaby se lamió los dedos para sentir el sabor.

Entonces, prosiguieron su camino.