Capítulo 3
B arnaby Scaife sonrió al ver que el petirrojo picoteaba la tartaleta de fruta.
Observaba por encima del muro del jardín con Drift, su lurcher de pelo duro, pegado a su rodilla.
Al petirrojo le estaba llevando su tiempo. Había sido una noche fría y, a buen seguro, la tartaleta estaba congelada. Con la cabeza ladeada, el petirrojo se esforzaba con picotazos pequeños y precisos.
Barnaby se dio cuenta de que no era muy distinto de aquel petirrojo.
Sabía, al igual que el pájaro, que buscar comida a la intemperie no era una tarea fácil.
Barnaby había rescatado la tartaleta del contenedor de fuera de Botham’s la noche anterior, del mismo modo que se había hecho con seis tartaletas durante las últimas seis noches. Cada vez las dejaba sobre la mesa del jardín trasero de Floyd Long.
Su buen amigo Floyd había muerto allá por octubre. Un ataque al corazón. Barnaby echaba de menos al generoso anciano, pero no tanto como lo echarían de menos los pájaros. Con casi noventa años, aquel hombre nunca dejó de abrir la puerta trasera para echar pan a los estorninos al caer la tarde.
Muy poca gente se tomaba la molestia de hablar con un hombre sin hogar. Floyd había sido la excepción. A menudo salía a hablar con Barnaby siempre que lo veía pasar arrastrando los pies junto a Drift.
Las conversaciones iban desde los mejores miradores del acantilado hasta la restauración actual de la abadía.
Sin olvidar las recientes controversias sobre las barbas de ballena.
A veces, tocaban temas personales y Floyd mencionaba a su hija y se lamentaba de que ya nunca venía a visitarlo, pero que no pasaba nada, porque tenía un bebé que cuidar y, además, él tenía a sus pájaros.
Una quincena antes de morir, Floyd le había contado que había un petirrojo que venía cada invierno.
Siempre en la primera semana de diciembre.
Una vez se había quedado dormido en la silla, aquí fuera, con una tartaleta de fruta en la mesa a su lado, y cuando despertó el petirrojo estaba picoteándola.
Floyd se había reído al recordarlo. Pero, por supuesto, aquello era algo más que una simple anécdota.
Era una pieza importante de su vida. Había querido dejar constancia de ello ante alguien.
Así que Barnaby había tomado nota.
Porque eso era lo que hacía Barnaby. Lo que había hecho desde que tenía uso de razón. Registrar las cosas.
Como era previsible, no habían invitado a Barnaby al funeral de Floyd.
En el caso de Floyd, no le importó demasiado.
Con la narrativa de Floyd, el cierre resultaba bastante triste. Había disfrutado de la naturaleza y de los pájaros, y eso estaba siempre presente.
Así que, para honrar al hombre y mantener su historia fresca y abierta, se había pasado cada noche durante la última semana y había dejado una tartaleta de fruta congelada en la mesa del jardín.
Barnaby esperó a que el petirrojo terminara.
Entonces, el pájaro lo miró por encima del muro del jardín, inclinó la cabeza hacia un lado una, dos veces, y se marchó.
Barnaby miró a Drift, asintió levemente y se pusieron en marcha.