Hela (Lago de fuego 1) 36 · Lago de fuego
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36 · Lago de fuego

Lago de fuego

El acero no se forja sin hierro

MCALLISTER , guiado por las indicaciones de El Niño, llega frente a lo que debería ser la puerta de la oficina donde están Ana y los demás.

La explosión de Salazar derribó parte del techo, y los escombros levantaron un muro de piedra que sella el acceso.

La onda expansiva convirtió la oficina en una trampa.

Saca la tonfa que le entregó Maco, la misma con la que se abrió paso por el desagüe, y golpea las piedras con fuerza. No ceden. Inspecciona el obstáculo y encuentra un pequeño orificio entre los escombros. A través de él alcanza a ver destellos de la puerta metálica azul que conduce al interior.

Guarda la tonfa y busca entre los restos una barra de acero, larga y delgada. La mete por el agujero y golpea el metal. Del otro lado estalla la voz de Cruz.

—¿Quién está ahí? —gruñe, con la voz áspera de la paranoia.

Tiene a Ana agarrada, con el escalpelo contra el cuello.

—Cruz, soy el detective McAllister.

El nombre atraviesa a Ana como una descarga. Después de horas de aguantar con una calma que no sentía, la esperanza la desarma.

—¡Alex! —grita.

—Sí, Ana, soy yo —responde McAllister, y la voz se le quiebra al oír su nombre—. Vengo a sacarlos de aquí.

Cruz se ríe. Es una carcajada cínica, con la desesperación apenas contenida.

—Lo siento, detective, pero nadie va a salir de esta oficina… a menos que yo esté lejos, en una playa, con un daiquiri en la mano y este maldito día sea solo un recuerdo borroso.

McAllister contraataca.

—Cruz, soy su única salida. Afuera está el ejército, esperando la orden para entrar. Y el alcalde tiene el dedo listo para detonar una bomba perdida en algún rincón de este edificio. Si quiere vivir, soy su mejor oportunidad.

Antes de que Cruz pueda responder, Clara interviene desde adentro.

—Detective, es Clara.

—Señorita Steffens, tranquila, ya los voy a sacar de aquí.

—Detective, estamos atrapados. Necesita traer más hombres. Estas piedras son un muro.

—Déjenmelo a mí —responde McAllister—, pero necesito su palabra, Cruz. Yo lo saco de aquí, pero usted tiene que prometerme que no le hará daño a ninguno de los rehenes. ¿Tengo su palabra?

Nadie habla en la oficina. Todos saben que la palabra de Cruz no vale nada, pero las circunstancias no dejan espacio para negociar.

—Tiene mi palabra, detective —responde finalmente Cruz, con una sonrisa que nadie puede ver, pero todos pueden imaginar.

En la van, El Niño vuelve a su estación después de coordinar la extracción de Pali. Por el auricular de Alex alcanza a oír parte de la conversación.

—Detective, sigue amenazando a la primera dama con el escalpelo —informa, sin despegar los ojos de los monitores.

McAllister no pierde tiempo.

—Cruz, le creeré cuando baje el escalpelo y le quite las esposas a los periodistas.

Cruz duda. Recorre la oficina con la mirada, buscando una alternativa, pero tiene la cabeza embotada por el humo y la sed. No hay escapatoria.

Con un movimiento brusco, suelta a Ana. El escalpelo cae sobre el escritorio con un sonido metálico, y Cruz le lanza las llaves.

—Libérelos usted misma —dice, con un gesto de rendición más aparente que real.

Ana recoge las llaves y libera a Clara y a Jhoncito. Los tres se miran. Alivio y miedo a partes iguales. Desde el otro lado de los escombros, McAllister oye cómo se abren las esposas.

El pacto está cerrado. Solo falta abrir un hueco por donde quepan todos, y El Niño ya sabe cómo.

—Detective, ¿ve el bombillo encima de la puerta?

Alex levanta la vista y encuentra la pequeña lámpara.

—Lo veo.

—Detrás de usted, a unos siete metros, hay un interruptor. Revise si funciona.

McAllister va hasta el interruptor y lo acciona. La luz del bombillo parpadea, pero se enciende.

—Funciona —confirma.

—Apáguelo y rompa el vidrio del bombillo con cuidado. Ni se le ocurra dañar los alambres de adentro.

Alex arrastra una silla volcada, se sube, saca la tonfa y quiebra el cristal a golpecitos. Se detiene. Los alambres siguen intactos.

—Listo.

—Perfecto. Ahora quítele el aluminio al bloque de C-4. Va a ver una cápsula clavada, con dos cables. Es el fulminante. Enrolle cada cable en uno de los alambres del bombillo y deje el bloque colgando ahí. Cuando prenda la luz, la corriente va directo al fulminante. Con mucho cuidado, detective.

Alex asiente, aunque sabe que nadie puede verlo. Le tiemblan las manos mientras enrolla los cables. De pronto, un crujido. Alex se congela.

—¿Qué sonó? —pregunta El Niño, y por primera vez se le nota la preocupación.

—No sé… creo que lo rompí —admite Alex—. Pero solo hay una forma de saberlo.

Se aparta del bombillo, baja de la silla, guarda la tonfa en el bolsillo, cierra el maletín de paramédico que había dejado a un lado y se lo cuelga al hombro. Se acerca a los escombros.

—¡Aléjense de la puerta y cúbranse! —ordena.

Adentro, Ana, Clara y Jhoncito obedecen de inmediato. Voltean el pesado escritorio metálico y se esconden detrás. Cruz, pálido, se les une con un movimiento torpe. Agarra a Jhoncito por el hombro y lo pone delante de él, como un escudo.

Afuera, a Alex le brilla la frente de sudor bajo la luz que se cuela por las grietas del techo. Retrocede hacia el interruptor cuando una voz conocida lo detiene.

—Lo siento, McAllister, pero me temo que hasta acá llega su heroísmo.

Alex se gira con la mano en la tonfa. No alcanza a sacarla. Leal está junto al interruptor, con una pistola de nueve milímetros apuntándole al pecho. A su alrededor llueven chispas.

—Suelte ese maletín y levante las manos —ordena Leal.

Alex obedece despacio. Lo estudia.

—Leal. No sabía que había vuelto al servicio.

—Eso ya no es lo mío. Ahora soy secretario de seguridad de la alcaldía de Ciudad Capital. Digamos que me ascendieron.

—Pues felicidades.

Leal sonríe con desdén y ladea la cabeza.

—Entienda algo, detective. Ni usted ni los que están detrás de esa puerta son bienvenidos en esta ciudad. Mi trabajo es sacarle la basura al alcalde. Y usted es basura.

—Por si no lo recuerda, ahí adentro está la esposa de su jefe —contraataca Alex.

—Lo sé. Y será una tragedia, ¿no cree? Otra vez, por su culpa, gente inocente va a morir.

Un chispazo atraviesa el pasillo. Alex aprieta los puños.

—¿Y qué espera?

Leal responde con un clic fino y agudo. Quita el seguro. Apoya el dedo en el gatillo, pero antes de que salga el disparo, el techo cede. Una roca enorme se desprende y se estrella a centímetros de Leal, que pierde el equilibrio. Alex no necesita más.

Se lanza sobre él con un rugido. En el choque, el arma se dispara. Adentro, Ana grita, y Clara la abraza con fuerza mientras Cruz levanta la cabeza, tratando de entender qué pasa.

Los dos ruedan a golpes por el pasillo. Alex conecta un codazo, pero Leal le devuelve un rodillazo en las costillas que lo tumba de espaldas. A Leal se le escapa la pistola, que se desliza hasta quedar cerca de la puerta.

—¿Eso es todo lo que tiene el gran Alex McAllister? —se burla Leal, levantándolo por la camisa para reventarle la boca de un puñetazo.

Alex se desploma, con la vista borrosa. Despliega la tonfa y le lanza un golpe a las rodillas, pero Leal lo esquiva sin esfuerzo y le patea la mano. La tonfa sale volando y cae bajo el interruptor, a dos metros de él. Alex queda desarmado, jadeando.

Leal va por la pistola, la recoge y le apunta a la cabeza.

—Adiós, McAllister.

Adentro, Cruz ya no se aguanta. Se pone de pie y se acerca a la puerta con cautela, tratando de escuchar lo que pasa afuera. La curiosidad lo arrastra lejos de la protección del escritorio.

Leal no se apura. El dedo se cierra sobre el gatillo.

Alex no mira el cañón. Mira el interruptor.

Se tira de costado, atrapa la tonfa sin levantarse y golpea el interruptor con lo último que le queda.

El corredor estalla. El disparo de Leal se pierde en el estruendo.

La puerta metálica se arranca de las bisagras y entra en la oficina de canto, empujando una avalancha de piedras.

Cruz tiene la oreja pegada a ella. No alcanza a entender qué lo golpea.

La puerta lo arrastra de un extremo a otro y lo estrella contra la pared del fondo, donde las varillas expuestas lo reciben por la espalda.

Queda colgado a medio metro del piso, con el pecho abierto y los pies sacudiéndose en el aire. Después, solo un pitido en los oídos.

El escritorio metálico se desliza con violencia y embiste a Clara y a Jhoncito.

Saltan esquirlas que les abren pequeños cortes en los brazos y en la cara.

Clara siente el calor de la explosión en la piel, pero solo piensa en Ana.

La primera dama está en el suelo, inmóvil.

Clara se arrastra hacia ella y la cubre con su cuerpo.

—¿Está bien? —pregunta Jhoncito, jadeando mientras se incorpora.

—Respira —responde Clara.

Luego busca a Cruz con la mirada. Sigue ensartado en las varillas. Se levanta con esfuerzo y camina hacia él. El hombre que le quitó la vida a Mara está ahí, con los ojos abiertos y la boca goteando sangre. Clara se queda frente a él hasta que deja de respirar.

—Váyase al infierno —murmura.

Desde el pasillo llega un quejido. Es Alex, tirado en el suelo, cubierto de polvo y sangre.

Ana, que ya se ha incorporado, lo ve primero y corre hacia él.

En el camino pasa junto a Leal, o lo que queda de él.

La onda lo agarró de frente. Quedó contra el marco, sin cara, con la ropa convertida en jirones que todavía humean.

Un poco más allá está su brazo derecho. La mano sigue apretando la pistola.

—¡Alex! —grita, y se deja caer de rodillas a su lado. Le tiemblan las manos mientras lo toca, tratando de despertarlo—. ¡Por favor, dime que estás bien!

Alex jadea. El aire le raspa los pulmones. Abre los ojos con dificultad, y la voz le sale en un susurro.

—Estoy bien… solo necesito… un momento.

—No hay tiempo, detective —dice Jhoncito, y entre él y Ana lo levantan de los brazos.

Alex se tambalea y se apoya en los dos. Encuentra los ojos de Ana y, a pesar del dolor, sonríe apenas.

—Te dije que no te casaras con él —susurra.

—Lo sé —dice Ana, conteniendo las lágrimas.

A duras penas avanzan hacia la salida, cada paso acompañado por el crujido de la estructura herida. Ya ven la luz de la puerta principal cuando el penal entero se sacude.

Desde afuera, la cárcel se convierte en un lago de fuego. El infierno sobre la tierra. La explosión nace en la zona de carga, por donde entraron las bombas, y se traga medio penal. Las llamas devoran lo que queda en pie, y una columna de humo negro sube hacia el cielo.

En la carpa de mando, Mark Blackburn ve cómo se derrumba El Lago. El estruendo le llega un segundo después, como un puñetazo. Se queda sin aire. Las rodillas se le doblan.

—¡Señor Blackburn! —grita un médico militar, y lo sostiene de un brazo.

Mark no lo oye. Solo mueve los labios.

—Ana… no puede ser… Ana…

A su alrededor, militares, bomberos y paramédicos retroceden ante la destrucción. Nadie cree que algo, o alguien, haya podido sobrevivir a eso.

Pasa un minuto. Dos. Los bomberos abren las mangueras contra un fuego que no les hace caso.

Entonces un soldado levanta el fusil. Algo se mueve en el humo, a la altura de la entrada. Una sombra que avanza torcida, demasiado ancha para ser una sola persona.

—¡Alto!

La sombra no se detiene. El humo la va soltando de a poco. Son cuatro. Clara, negra de hollín. Jhoncito, con la cámara todavía colgada del cuello. Ana. Y, sostenido por los tres, Alex. Recortados contra el resplandor, parecen irreales, como si el fuego se hubiera negado a quedarse con ellos.

—¡Es la primera dama! —grita el soldado, y baja el fusil.

Mark levanta la cabeza. Se suelta del médico.

—¡Ana!

Corre hacia ella.

Ana lo ve venir, deja a Alex en manos de Clara y Jhoncito y corre también.

Se encuentran a mitad de camino. Mark la abraza con los ojos cerrados, como si todavía cupiera entera en sus brazos, como cuando era niña y se le dormía encima.

Alrededor, las sirenas, los soldados, las cámaras. Por un momento, nada de eso existe.

—Estás bien… estás bien… —repite Mark, una y otra vez.

—Estoy bien, papá… gracias a Alex —alcanza a decir Ana entre sollozos.

Kelly y Jairo llegan con una camilla y acuestan a Alex, que se resiste.

—No me lleven… no tengo nada —gruñe, luchando por sentarse.

—¡Detective, deje de ser terco! —lo corta Kelly.

Ana se separa de su padre y se acerca a Alex. Sin decir nada, se inclina y lo besa. Es un beso breve.

—Auch —se queja Alex, y sonríe con dificultad mientras se toca las costillas.

—Te lo mereces —le dice Ana, devolviéndole la sonrisa.

Mark, conmovido, se acerca y le extiende la mano.

—Gracias por traerla de vuelta… por cumplir tu palabra.

Alex se la estrecha.

—Siempre lo haré, Mark.

La prensa no se hace esperar. Decenas de periodistas, cámaras y micrófonos caen como un enjambre sobre Clara y Jhoncito. Ana, todavía junto a Alex, ve con una mezcla de cansancio y orgullo cómo Clara toma el control.

Cubierta de polvo y con pequeños cortes en la cara, Clara le pide a Jhoncito la cámara que él todavía protege, saca el casete y lo levanta frente a los lentes. Ha visto la verdad de cerca y no piensa soltarla.

—En esta cinta está la confesión de Jeffrey Cruz, alias «Barbie». El asesinato de Mara Vidal, el atentado contra el expresidente Blackburn y esta tragedia en El Lago tienen un solo responsable. El alcalde Luis Ferguson.

Un rumor de incredulidad recorre a los periodistas. Las preguntas le llueven encima, pero Clara no se detiene. Gira despacio, y las cámaras siguen su dedo hasta los uniformados que todavía rodean la escena.

—Y no estaba solo. Aquí mismo, entre nosotros, están los cómplices que permitieron esta masacre.

El capitán de la policía, sus hombres de confianza, el director del penal, todos bajo las órdenes de Ferguson.

La red llega hasta el fiscal Santos y el abogado Müller.

Y hay más. Voy a reunir cada prueba y entregársela a las autoridades, nombre por nombre. Esto no se acaba aquí.

Pertús, que escucha a unos metros, no lo piensa dos veces.

—¡Arréstenlos!

Los soldados obedecen. El bullicio llega a su punto más alto cuando esposan a los oficiales frente a las cámaras. García intenta resistirse, pero dos soldados lo inmovilizan. Rojas y Rueda se miran con pánico. Dolmen, en cambio, no dice nada. Se deja esposar con la rabia metida entre los dientes.

Alex, sentado en la camilla, observa la escena, molido. Ana está a salvo. Cruz está muerto. García, con las manos atrás y la cara contra una patrulla.

Kelly le pone una mano en el hombro y lo obliga a recostarse.

—Tranquilo, detective. Ya todo terminó.

Alex cierra los ojos. Por un segundo, le cree.

Los abre de golpe.

—¡Mierda, Ríos!