Hela (Lago de fuego 1) 35 · Cara a cara #2
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35 · Cara a cara #2

—Explíqueme… ¿a qué se debe este súbito acto de bondad?

Leo toma aire, la postura recta, el tono casi académico.

—Señor alcalde, ¿conoce usted la historia de Balder?

Ferguson parpadea despacio. No tiene tiempo para trivialidades, pero sabe que en esta partida nada se dice por decir.

—Ilústreme, por favor.

Leo se acerca, y su voz adquiere una cadencia pausada que obliga a todos a escucharlo.

—Balder, en la mitología nórdica, era el dios más brillante, el más amado.

Cuando murió, su hermano Hermod emprendió un viaje al Helheim, el reino de los muertos, para traerlo de vuelta.

Allí se enfrentó a Hela, la soberana de ese mundo.

Hela ofreció devolver a Balder, pero con una condición, que cada ser viviente llorara por él.

Ferguson lo escucha. Su expresión apenas se altera, pero no se pierde una sílaba.

—¿Y qué pasó? —pregunta con un interés que no puede disimular.

—Un solo ser —continúa Leo, grave—, un cobarde escondido en las sombras, se negó a llorar. Y con ese acto de traición, el destino de Balder quedó sellado.

—¿Y quién era?

—Loki. El mismo que lo había matado, disfrazado de giganta en el fondo de una cueva —Leo lo mira sin prisa—. Usted ya conoce ese nombre, señor alcalde. Una vez preguntó quién era, con el mazo en la mano.

Ferguson no contesta. Por un instante, el despacho se le convierte en otra sala. El mazo, el murmullo del público, la muchacha a la que le pidió quitarse las gafas en el estrado.

Leo gira levemente hacia Aitana, buscando algo en sus ojos. La pregunta, dirigida a ella, llega con suavidad, pero con filo.

—¿Sabe por qué Hermod, que fue quien bajó hasta Hela, no buscó venganza contra ese cobarde, detective?

Aitana lo mira con una mezcla de desconcierto y resignación. Niega con la cabeza.

—Porque Hermod entendió algo que pocos comprenden. La venganza puede destruir la esperanza de los vivos. Eligió esperar para, quizás, luchar otro día.

El despacho queda en silencio. Ferguson resopla, con amargura.

—¿Y qué le hace pensar, Wolff, que habrá otro día?

Leo no se inmuta.

—Porque siempre lo hay, señor alcalde. Siempre lo hay. Sea en esta vida o en la siguiente.

Ferguson lo estudia un momento.

—Una historia interesante, Wolff. Pero aquí está su error, y el de su querida familia —da un paso hacia Leo, y su sombra se alarga sobre la alfombra—.

Ustedes creen que las historias y los símbolos tienen el poder de cambiar el mundo.

El verdadero poder no está en las historias. Está en quién controla el final.

Aitana aparta la vista. Leo sostiene la mirada del alcalde.

—No importa quién controla el final cuando el final ya está escrito, señor alcalde. Esta historia solo termina cuando la ley caiga sobre usted con todo. Podrá alargarla, pero jamás podrá cambiar su final.

Ferguson respira hondo, la paciencia hecha añicos. Con un movimiento violento, arranca el teléfono del cable que lo conecta al computador y lo estrella contra el suelo. El crujido del aparato al romperse llena la sala. Sin detenerse, lo pisotea hasta dejarlo irreconocible.

—Esta historia se acaba cuando a mí se me dé la gana —gruñe.

Leo lo observa sin moverse. Cada reacción del alcalde confirma lo que ya sabía.

Ferguson rodea el escritorio, abre un cajón y saca el revólver 38 especial con el que Cruz segó la vida de Mara Vidal. Lo deja caer sobre la madera.

—Por lo menos, su historia y la de Los Lobos terminan aquí —declara, clavándole la mirada a Leo—. Basta con matar al líder para dejar a la manada sin rumbo, presa fácil de depredadores como yo.

Leo inclina la cabeza.

—Lamento corregirlo nuevamente, señor alcalde —responde—. Matarme no acabará con Los Lobos, ni con lo que representamos.

Ferguson toma el arma, alza el cañón y apunta al pecho de Leo.

—Ustedes no son lobos, Wolff. Son cucarachas. Una plaga que necesita ser erradicada —hace una pausa, y el tono le cambia—. ¿Sabía usted que, si se les corta la cabeza, las cucarachas pueden sobrevivir entre siete y diez días?

Ferguson saborea su propia frase, sin bajar el revólver.

—Interesante dato, señor alcalde. Pero creo que ambos sabemos algo mucho más relevante —dice Leo—. Usted ha mantenido su conciencia manchada de sangre, pero jamás sus manos. Si fuera diferente, ya habría detonado El Lago.

Nadie se mueve. Sáenz conoce bien los métodos del alcalde, pero nunca lo ha visto traspasar ese límite.

Nadie, salvo Aitana. Aprovecha que todos miran el cañón y desliza la mano hacia el tobillo, donde guarda una Glock 42. Los tobillos de una embarazada no se revisan, aunque no lo esté. Con un movimiento lento, saca la pistola y la acomoda en su regazo, lista para cualquier desenlace.

Ferguson vacila. Baja el revólver despacio y lo apoya en el escritorio.

Todos los presentes respiran aliviados, excepto Leo, que no ha alterado su respiración en ningún momento.

El alcalde toma un papel, el que contiene los códigos para detonar las cargas en El Lago.

Lo observa mientras se vuelve hacia la ventana.

—Señor Wolff, si no me equivoco, aún le queda un hermano vivo, ¿no es así? —pregunta.

—Así es, señor alcalde.

—¿Y dónde está su hermano en este momento?

La pregunta parece inofensiva, pero la mirada del alcalde la convierte en otra cosa. —Está en El Lago, señor alcalde. Con Marco Torrenegra, liberando a Pablo Lizarazo y ayudando al detective McAllister a rescatar a su esposa.

El cambio en Ferguson es inmediato. Su cuerpo se tensa. Una vena le late en el cuello. Con el nombre de McAllister tiene suficiente.

—¿Y cree que lograrán algo? —escupe, estrujando el papel—. Mis hombres están listos para cazarlos en cuanto asomen la cabeza. Aunque, para serle sincero, no creo que haya necesidad.

Despliega el papel con teatralidad. En él están anotados tres números. Lo levanta frente a Leo y Aitana como un trofeo.

—¿Sabe qué es esto, señor Wolff? —pregunta, recreándose—. Es el destino de todos los que están en El Lago. Tres bombas. Una ya explotó. Todavía quedan dos.

—En realidad, solo queda una —dice Leo.

Ferguson vuelve a sentarse en el borde del escritorio, mirando los números con cariño. Luego toma su teléfono y tamborilea sobre la pantalla mientras busca el primero.

—Perfecto. Vamos a jugar un poco, ¿le parece? Veamos si su hermana los ayuda desde el mundo de los muertos —dice, sin quitarle los ojos de encima a Leo.

—Señor alcalde, no lo haga —interviene Aitana, apenas en un murmullo.

El alcalde presiona el primer número y marca. Todos giran hacia la ventana. Nada sucede. Ferguson suelta una carcajada.

—Parece que no fue ese —dice—. Pero aún quedan dos intentos.

Con una lentitud exasperante, selecciona el siguiente número. Presiona llamar. Las miradas vuelven a la ventana. El silencio es absoluto. Nada ocurre.

—¿Ve, señor Wolff? Yo soy el que controla el final —Ferguson deja escapar un suspiro fingido—. Vamos al último. Si tiene algo que decir, este es el momento.

Leo no responde. Por primera vez, algo en su calma se resquebraja.

Ferguson se relame los labios, disfrutando el suspenso que él mismo ha creado. Su dedo flota sobre el último número cuando una explosión retumba en la distancia. Las ventanas vibran. Una nube de fuego se eleva en el horizonte.

Ferguson sonríe. Es la sonrisa de alguien que todavía cree que controla el final.