Hela (Lago de fuego 1) 35 · Cara a cara
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35 · Cara a cara

Cara a cara

Un espejo roto siempre muestra una versión distorsionada

UNA ALARMA , un pitido agudo y constante, invade el despacho del alcalde. El sonido proviene del computador que Leal dejó conectado antes de salir. Sáenz se inclina sobre el dispositivo, con la atención dividida entre la pantalla y el teléfono que tiene en la mano.

—¿Qué significa eso? —pregunta, irritado.

Durante días, Ferguson lo ha mantenido al margen, usándolo más como un ejecutor que como un confidente.

El alcalde, que revisaba un informe con parsimonia, se levanta de su silla y camina hacia el computador. Un destello en la pantalla captura su atención. Los labios de Ferguson se curvan en una sonrisa lenta.

—La cabeza de Los Lobos —dice, más para sí mismo que para Sáenz, con la mirada fija en el mapa que parpadea—. Está aquí, en el edificio. Prepárese para recibir al invitado.

Sáenz, siempre desconfiado, revisa la recámara de su Sig Sauer P320 por si las cosas se complican. Ferguson, en cambio, disfruta el momento.

—Por fin —murmura, sentándose en el borde del escritorio—. Hoy acabamos con esta pesadilla.

La puerta del despacho está abierta de par en par. El edificio, desocupado por orden del alcalde, parece un mausoleo. Solo queda un guardia en la entrada, a cargo del detector de metales.

Leo Wolff cruza el filtro de seguridad con aparente calma. Coloca dos teléfonos y una memoria USB en la pequeña canasta de plástico que le extiende el guardia. La máquina no emite ningún sonido. Detrás de él, Aitana Ríos se identifica como detective y muestra su placa.

—Detective, deberá dejar su arma en el casillero —indica el guardia.

Aitana deja su arma de dotación en el casillero. Antes de pasar por el detector, señala su vientre.

—Estoy embarazada. Necesito que me pase por la puerta lateral.

El guardia, incómodo, accede y la revisa por encima. La inspección es casi simbólica, una ligera presión en la cintura y un movimiento descuidado por los bolsillos. Aitana recoge su placa y el guardia le hace un gesto para que avance.

Leo toma los teléfonos y la memoria de la canasta, y juntos se detienen un instante frente a la escalera principal. Es imponente, de mármol pulido, con peldaños que reflejan la luz cálida de las lámparas suspendidas de los altos techos, decorados con relieves.

A medida que suben, las columnas corintias enmarcan cada espacio, como si la escalera condujera a otra época.

—No sabía lo de su embarazo, detective. Felicitaciones —le dice Leo, cordial.

—Hay muchas cosas que no sabe de mí —replica Ríos, seca, con una mirada distinta—. Sáqueme de una duda, señor Wolff. ¿De quién es el otro teléfono?

Leo, que va un par de escalones adelante, se detiene y gira la cabeza hacia ella.

—De Mara Vidal —responde sin rodeos—. Y lo que hay en él, detective, es lo que ha causado tanta tragedia.

Aitana frunce el ceño. No es lo que esperaba oír.

—¿Y cómo obtuvo usted ese teléfono? —pregunta con cautela.

Leo tarda en responder.

—En la morgue, detective.

Aitana lo mira fijamente, esperando que continúe. Leo se apoya un momento en la baranda.

—Un día, mientras vigilaba las cámaras del despacho del alcalde, lo vi perder el control.

Revisé las grabaciones para entender por qué y descubrí algo…

interesante. Mara Vidal iba a ese despacho una o dos veces por semana.

Conectaba su teléfono al computador, copiaba algo y luego lo desconectaba.

Un archivo a la vez, para no levantar sospechas —Leo se queda mirando los relieves del techo—.

El alcalde tenía un viaje programado, pero antes de partir, contactó a «Barbie».

Y cuando Ferguson llama a «Barbie», es solo por una razón.

—Para matar —completa Aitana, en voz baja.

Leo asiente.

—Exacto. En ese momento lo entendí. Mara había tomado algo del despacho, algo demasiado grande. Nunca habíamos estado tan cerca de derribar a Ferguson. Decidí no informar a nadie, ni siquiera a mi hermano. Era demasiado arriesgado.

—¿Intentó advertirle? —pregunta Aitana.

—Lo intenté. Un par de veces. Quise acercarme a ella para saber qué información tenía y decirle que su vida estaba en peligro, pero siempre corría —Leo baja la mirada, como quien todavía se lo reprocha—.

Se escondía en casas de amigos, cambiaba de lugar constantemente. Era como tratar de atrapar humo.

Aitana guarda silencio.

—Cuando el alcalde regresó de su viaje, volvió a llamar a «Barbie». Esa llamada la escuché completa —la voz se le endurece—. Le dio una fecha y una hora.

—¿Y el lugar?

—No lo dijo. Le dijo que la dirección estaría donde siempre —Leo aprieta la baranda—. Nunca supe qué era «donde siempre».

—Sabía que la iban a matar.

—Sabía que la iban a matar, pero no dónde. La busqué en cada lugar donde la había visto esconderse. Nada. Así que hice lo único que me quedaba. Falsifiqué los papeles del traslado del doctor Fermín, el forense de turno, para que el día que llegara su cuerpo, el que estuviera en la morgue fuera yo.

Aitana se detiene un escalón más abajo.

—Preparó la autopsia de una mujer que todavía estaba viva.

—Sí.

Suben dos escalones más antes de que ella vuelva a hablar.

—¿Y el teléfono?

—La señorita Vidal tenía un hábito. Cada vez que tomaba información del computador del alcalde, escondía el teléfono en su pecho, entre los senos.

Lo supe al observarla en las grabaciones.

Sabía que nadie tocaría su cuerpo hasta que estuviera en la mesa del forense.

Apostaba a que aún lo tuviera ahí. Lo tenía.

—¿Cómo lo desbloqueó? —pregunta Aitana.

—Usé las huellas de sus dedos. Fue extraño, macabro incluso, pero funcionó. Lo desbloqueé, y cuando comencé a revisar los archivos, llegó el detective McAllister. Casi me da un infarto —Leo sonríe apenas.

Aitana lo observa, midiendo cada gesto.

—¿Y ahora? —pregunta finalmente.

—Ahora terminamos lo que la señorita Vidal empezó.

Siguen subiendo en silencio. El despacho del alcalde está cada vez más cerca.

Ferguson ve las sombras de sus visitantes acercándose a la oficina. Se endereza y extiende los brazos, como quien recibe a viejos amigos.

—Bienvenido, señor Wolff —dice, cortés.

A su lado, Sáenz no se mueve, con la mano cerca del arma. Está tan quieto que parece parte de la decoración.

Leo entra con cuidado, como si pisara un campo minado. Su mirada fría encuentra la del alcalde, pero no dice nada. Aitana lo sigue, con la respiración un poco más agitada de lo normal.

Ferguson se vuelve hacia la detective, complacido.

—Detective Ríos. Yo sabía que no me iba a defraudar. Solo necesitaba un poco de motivación para hacer el trabajo que muchos no pudieron.

Ella no titubea. Da un paso adelante y se planta frente al alcalde.

—Ya cumplí mi parte del trato. Aquí está «El Doc.», como me pidió. Ahora cumpla con su parte y suelte a mi madre.

Leo voltea a verla, incrédulo. Entre toda la inteligencia que han reunido, nadie ha descubierto que Ferguson la tiene obligada.

El alcalde toma su teléfono y marca un número.

—Ya puede dejar a la señora Marlen —dice con frialdad antes de colgar.

Luego mira a Aitana.

—Listo. Hecho.

Ferguson lo dice con la misma facilidad con la que el diablo hace sus cosas.

Aitana, aliviada pero sin bajar la guardia, da media vuelta para irse. Ferguson la detiene con un gesto.

—Espere, detective. Ha demostrado ser muy útil. Quédese, por favor. Esto le va a gustar.

Sáenz, que conoce la resistencia de Ríos, desenfunda su arma y le indica con el cañón que tome asiento. A regañadientes, Aitana obedece.

—Señor Wolff, creo que tiene algo que he estado buscando —dice Ferguson, ahora en un tono más persuasivo.

Leo saca el teléfono de Mara y se lo extiende sin ceremonias.

—Aquí está.

El alcalde toma el dispositivo con avidez.

—Me encanta tratar con gente educada —dice mientras lo conecta al computador de Leal. La pantalla muestra una cascada de archivos que comienzan a decodificarse.

Se inclina hacia el monitor. Audios, conversaciones de alta confidencialidad, fotos de seguimientos, mapas. Todo. Mara recopiló una mina de información capaz de enterrarlo para siempre.

Se detiene en un video. Lo reproduce. Aparece una grabación en blanco y negro, de baja calidad, pero lo suficientemente clara para ser inconfundible.

La conversación ocurre en ese mismo despacho, años atrás.

Reconoce su propia voz, fría y calculadora, discutiendo con el alcalde de aquella época los detalles de un atentado planeado contra Mark Blackburn. Cada palabra basta para hundirlo.

Con un gesto brusco, cierra el video. Clava los ojos en Leo Wolff, buscando respuestas que el silencio no le da.

Examina el programa que Leal dejó instalado, revisa los registros digitales.

No hay evidencia de copias. Ninguna huella que indique movimientos sospechosos.

Pero esa ausencia lo inquieta. Avanza hacia Leo.

—¿No hicieron copias? —inquiere, casi en un susurro—. ¿O grabaron la pantalla para no dejar rastros?

Leo no aparta los ojos.

—No, señor alcalde. Ni copias ni grabaciones —le dice mientras saca la memoria de su bolsillo—. Y para que me crea que vengo en son de paz, le entrego esto, con todo lo que tenemos sobre usted.

El ceño de Ferguson se contrae. Toma la memoria y se dirige hacia su escritorio para revisarla en su propio computador.

Once años de archivos perfectamente organizados desfilan ante sus ojos.

Transferencias millonarias a García y Santos, fotografías de reuniones clandestinas con miembros del cartel de Samoná y registros de operaciones que nunca debieron ver la luz.

Cualquiera de esos documentos vale una cadena perpetua en El Lago.

Pero hay algo que Ferguson ignora. Al abrir tan solo uno de esos archivos, ha activado una puerta trasera, un pasaje invisible que conecta con los servidores de El Niño.

El programa opera sin hacer ruido, extrayendo cada documento, cada imagen, cada fragmento de evidencia que el equipo necesita para acabar con él.

Lo que Ferguson cree que es una rendición es una emboscada.