Hela (Lago de fuego 1) 34 · La unión #2
92%

34 · La unión #2

Maco vuelve junto a Pali y se pasa una mano por la cara.

—¿De dónde la sacamos? —pregunta.

—De los bomberos —responde Jairo, sin pensarlo dos veces.

Maco y Jairo desaparecen de nuevo por el desagüe. El sonido de sus botas contra el concreto se apaga poco a poco en la oscuridad.

Kelly sigue junto a Pali, revisándolo mientras intenta tranquilizarlo. Alex, en cambio, se lleva la mano al auricular. En la van, El Niño vigila los planos y las cámaras.

—Wolff, ¿cómo llego donde Cruz? —pregunta Alex.

—¿Ve ese botiquín oxidado junto al lavabo, a su derecha? —responde El Niño—. Necesito que tome un bloque de los que hay dentro. Lo va a necesitar más adelante.

Alex se agacha y abre el botiquín con cuidado. Lo que encuentra lo deja clavado en el sitio. Una bomba. Se queda sin aire un instante y retrocede, incrédulo.

—¿Qué carajos, Wolff? —exclama, girándose hacia Kelly, quien también clava una mirada alarmada en el objeto.

La respuesta de Donato llega por el auricular con una calma que parece fuera de lugar.

—Tranquilo, detective. Pali ahogó el teléfono que la activaba. Es seguro.

McAllister evalúa la situación a contrarreloj. Toma el bloque de explosivo y lo guarda en el maletín de paramédico que Jairo había dejado en el suelo. Tiene el rostro pálido y las manos firmes, pero no puede negar el leve temblor que lo atraviesa.

—¿Qué sigue? —pregunta Alex, con un susurro autoritario.

—Encima del segundo lavamanos hay un hueco —indica El Niño—. Ese es su camino. Desde ahí podrá llegar a la oficina donde está Cruz.

Alex duda y se vuelve hacia Kelly.

—Váyase, detective —dice ella sin levantar la vista de Pali—. Jairo ya vuelve.

El detective toma aire, se trepa al lavamanos y se cuela por el hueco, dejando atrás el humo y los escombros.

Kelly se asoma al desagüe, buscando alguna señal de Maco y Jairo con la camilla.

El túnel permanece en silencio y solo le devuelve el eco de su propia respiración.

Frustrada, regresa al lado de Pali. Mientras organiza su maletín y guarda los implementos que usó con el paciente, oye un ruido a su espalda.

Apenas tiene tiempo de girarse cuando un brazo le rodea el cuello y el filo de un vidrio le presiona la piel.

—¡Quietica! ¡Quietica! —le susurra una voz ronca al oído, mientras una mano le tapa la boca.

El corazón de Kelly se acelera, pero no deja que se le note. Un segundo hombre emerge de las sombras. Los dos tienen la cara curtida por los años de encierro y violencia. Burlaron la vigilancia en medio del caos, y ahora están ahí.

—¿Qué tenemos aquí? —pregunta el que parece liderar, recorriendo la escena con la mirada—. Dos guardias y una paramédica.

Se agacha junto al cuerpo de Salazar. Su dedo roza el cuello del guardia buscando un pulso inexistente. Luego se endereza con un gesto de desdén.

—Un guardia y una paramédica. Este ya está del otro lado.

Avanza hacia Pali sin prisa y lo estudia de arriba abajo. Cuando lo reconoce, sonríe.

—Yo a usted lo conozco… —gruñe, sujetándolo por el cabello para levantarle la cabeza—. Este no es ningún guardia. Este es uno de Los Lobos, el malnacido que me encerró en este agujero.

Kelly, inmovilizada, cierra los ojos y reza para sus adentros.

—¿Se acuerda de mí? —insiste el líder, y le pone delante una mano con los dedos torcidos, mal soldados—. Me esposaron a un camión, ¿verdad? Para romperme esta mano.

De un tirón, agarra la mano herida de Pali y la compara con la suya. Hace una mueca cruel antes de pisársela con fuerza, hundiendo la carne destrozada contra el suelo. Pali grita, un alarido crudo que resuena por toda la habitación.

—Definitivamente estamos de suerte —murmura el segundo reo, mientras le soba el pecho a Kelly, disfrutando de su impotencia.

El líder se inclina aún más sobre Pali, tan cerca que le echa el aliento en la cara, y recoge del suelo un vidrio largo, otro cuchillo improvisado.

—Con la mano quedamos a mano —susurra, pegando sus labios húmedos a la mejilla sudorosa de Pali—. Esto es por todo lo demás.

Pali, vencido por el dolor y la debilidad, pierde el conocimiento. Su cabeza cae hacia un lado, y al líder se le escapa un rugido de frustración. Alza el vidrio, pero antes de que pueda usarlo se oye un crujido sordo. Su compañero se desploma, inerte.

El líder se voltea, desconcertado, y se encuentra frente a Maco, que lo mira sin expresión.

La tonfa le brilla en el puño, reflejando las luces parpadeantes de la emergencia.

Se la descarga en la sien, y el hombre se va de bruces sin un quejido.

De inmediato, Maco saca unos flejes plásticos de su bolsillo y asegura a los dos reos a un tubo cercano.

—¿Está bien? —le pregunta a Kelly, que todavía se toca la garganta.

Ella asiente y vuelve a ocuparse de Pali.

Por el desagüe asoma Jairo con la camilla plegable, jadeando detrás de Maco, que se le adelantó al oír el grito.

Entre los tres acomodan al herido y comienzan a bajarlo al túnel, rumbo a la ambulancia.

Antes de descender, Maco se detiene y mira una última vez a Salazar. No hay forma de llevarse a los dos.

Arriba, entre las paredes del penal, Alex se arrastra solo hacia la oficina de Cruz. No sabe lo que acaba de pasar abajo. Tampoco sabe que alguien más va en la misma dirección.