34 · La unión
La unión
No todos los caminos conducen a Roma
LA ENTRADA DE LA ZONA DE CARGA , como la principal, está bajo estricta vigilancia militar.
Soldados patrullan con fusiles listos, mientras los bomberos, agotados y heridos, toman un breve respiro.
Paramédicos atienden cortes y quemaduras leves de algunos guardias que han logrado escapar del infierno dentro de El Lago.
Alex McAllister observa el panorama desde una esquina, con el corazón golpeándole las costillas. Cada segundo que pasa sin hacer nada es un segundo más de Ana Blackburn a merced de Cruz. Un rostro familiar lo saca de sus pensamientos.
—Maldita sea… García —masculla entre dientes.
Ahí está el hombre, de pie junto a un grupo de soldados, buscando algo entre los equipos apilados, un cargador para su teléfono.
El presidente lo relevó y el coronel Pertús tiene ahora el mando, pero García no se ha ido, y sus hombres siguen apostados donde él los dejó, obedeciendo las órdenes directas del alcalde.
La consigna es clara. Nadie entra ni sale, y mucho menos Alex McAllister.
Alex estudia el cerco. Cada posible punto de entrada está bloqueado. Colarse parece imposible. No tiene un plan, pero tampoco tiene tiempo. Baja la cabeza, ajusta el disfraz de paramédico y se lanza hacia la entrada, apostando a que la confusión lo haga invisible.
El movimiento es rápido, casi instintivo, pero no alcanza a dar tres pasos. Una mano lo sujeta por el brazo y Alex se detiene en seco, el cuerpo tenso como si hubiera pisado una mina.
—¡Por allá no! —dice una voz a su espalda.
La frase, cortante y urgente, lo obliga a girar. Es Maco.
—Señor Torrenegra… ¿Qué hace aquí? —pregunta Alex.
—Vinimos a ayudarlo. Acompáñeme.
Por un instante, Alex considera ignorarlo, pero una mirada más a la entrada lo convence de que sería un intento suicida. Decide seguir a Maco. Ninguno de los dos pronuncia palabra mientras caminan entre camiones de bomberos y ambulancias, hasta quedar frente a la van.
Una vez más, Los Lobos sorprenden al detective con su astucia. Entraron con credenciales falsas del DIN, el Departamento de Inteligencia Nacional, tan impecables que ningún soldado se atrevió a cuestionarlas, y el vehículo pasó el control como una unidad móvil de inteligencia.
Las puertas traseras de la van se abren y la luz revela a Donato Wolff, trabajando ante una consola. Alex intenta saludarlo, pero las palabras se le quedan en la garganta. El rostro joven y sereno del hermano menor de Hela parece guardar un rastro de ella, sobre todo en los ojos.
Siente una punzada en el brazo izquierdo y, casi sin darse cuenta, se toca el antebrazo derecho, donde están las cicatrices.
Cada línea guarda una historia, pero la primera es la más profunda.
Hela. No tiene que mirar para sentir la quemazón de ese corte, la marca del caso que lo quebró.
Una promesa rota. Una carga que lo ha perseguido todos estos años.
—Joven Wolff —dice el detective, con un tono neutro que le cuesta sostener.
—Detective —responde Donato, inclinando la cabeza.
Alex se apoya en el borde de la puerta y respira hondo. Es ahí cuando lo escucha, nítido, aunque sabe que no puede ser real.
—Esto ya casi termina. Confíe en mí.
Se tensa y busca a su alrededor, pero la voz solo está en su mente. La voz de Hela.
Antes de que pueda procesarlo, Donato habla.
—Esto ya casi termina, detective. Confíe en mí.
Alex lo mira fijamente, sintiendo que las palabras pesan más de lo que deberían. La línea entre el presente y el pasado se difumina. Pero esta vez no hay espacio para el alcohol ni para el desmoronamiento. Se endereza, se sacude ese instante de encima y vuelve a Ana.
—No puedo ingresar por las puertas. Necesito otro camino.
El Niño sonríe, emocionado. Busca entre sus equipos y abre una caja negra, pero está vacía.
—¡Mierda! No están los receptores.
Alex saca los audífonos que había tomado de Aitana y los muestra.
—Tengo esto. El problema es la batería de mi teléfono —agrega, revisando el porcentaje restante.
Donato no pierde el tiempo y saca una batería portátil de un compartimiento. Se la entrega a Alex, quien conecta el dispositivo y asiente al ver que funciona.
—Perfecto.
Donato despliega un plano digital de las instalaciones en una de las pantallas y señala un punto cerca de un camión de bomberos.
—Bajo ese camión hay una rejilla. Es un desagüe de las duchas que lleva directo a los baños. La explosión debilitó el piso. Si logramos abrir un hueco, podremos entrar.
—¿Qué hay ahí en ese baño? —pregunta Alex.
—Ahí está Pablo Lizarazo. Necesitamos sacarlo —dice Maco.
Alex sacude la cabeza y endurece la voz.
—No puedo perder tiempo. Mi prioridad es sacar a la primera dama.
—Ese desagüe es su camino, detective —insiste Donato—. Desde los baños podrá acceder al área administrativa. Es la única manera de llegar a Cruz sin que lo maten en el pasillo.
En la pantalla, Cruz aparece golpeando las paredes, el rostro desencajado, los ojos inyectados en sangre.
—Está atrapado —agrega, ampliando la imagen—. Solo saldrá con usted si le ofrece algo más que su palabra.
Alex observa el monitor y sabe que no hay otra opción. Saca su teléfono y pide refuerzos. Segundos después, Kelly y Jairo llegan con maletines de primeros auxilios.
Salen de la van en fila, como un equipo médico más.
El camión de bomberos está a treinta metros, estacionado junto al muro, con la manguera todavía desplegada sobre el asfalto.
Dos soldados fuman a pocos pasos, de espaldas, con los ojos puestos en el humo que sale del penal.
Kelly se agacha junto a la rueda trasera y finge revisar un maletín.
Jairo se para a su lado, tapando el ángulo. Alex y Maco se deslizan bajo el chasis.
La rejilla está oxidada y atornillada. Maco abre una navaja y afloja los tornillos uno por uno, mientras Alex no le quita la vista a las botas de los soldados. Uno de ellos se da vuelta. Alex se congela. El soldado apaga el cigarrillo con la suela y vuelve a mirar el humo.
Entre los dos levantan la rejilla. Bajan primero Alex y Maco, detrás Kelly y Jairo. El desagüe es un túnel estrecho, de apenas un metro de alto y de ancho. Avanzan en cuclillas durante doscientos metros. La oscuridad es casi total, mitigada solo por la luz de las linternas que Maco reparte.
—Deténganse —dice Maco en un susurro.
Sobre sus cabezas, una losa de concreto les cierra el paso, pero un rayo de luz se filtra por una grieta. Es el piso del baño. Maco desenfunda una tonfa retráctil con un movimiento preciso y se la extiende a Alex.
—Tome, detective. Vamos a abrirnos paso.
Alex toma la herramienta sin dudar, mientras Maco saca otra para sí mismo. Ambos golpean el concreto una y otra vez, y los escombros les caen encima. El polvo que levantan les irrita los ojos.
—¡Más fuerte, detective! —grita Maco por encima del ruido.
El sudor le corre a Alex por la frente, mezclándose con el polvo. Cada golpe resuena en sus brazos, pero no afloja.
Después de cinco minutos, el concreto cede. Un pedazo cae, revelando una abertura lo suficientemente grande como para pasar. La luz inunda el túnel, y Maco se asoma primero.
—Despejado —informa, con la respiración agitada.
Sube con agilidad, seguido por Alex, Kelly y Jairo. Pali yace en el suelo, los ojos entreabiertos. A pocos metros, Salazar permanece inmóvil, la pierna envuelta en un torniquete improvisado que el mismo Pali le hizo. Al ver a Maco, una débil sonrisa cruza el rostro de Pali.
—Ya estamos acá, hermano. Lo vamos a sacar —dice Maco, aferrándolo por los hombros.
Kelly corre hacia Pali y se arrodilla a su lado. Lo revisa de pies a cabeza en busca de heridas nuevas. No las hay, solo las marcas que Rojas y Rueda le dejaron la noche anterior. Está deshidratado, con fiebre y perdido en delirios.
McAllister se acerca despacio. Cada paso le pesa.
Una presión conocida le oprime el pecho, acompañada por un dolor agudo en las sienes.
Cierra los ojos, pero eso solo intensifica las imágenes.
Hela. Es como si ella habitara la prisión, alimentándose del sufrimiento y de las almas que nunca logran escapar.
No por nada es la reina del Lago de fuego.
Su voz le llega, suave y perturbadora, un murmullo que sale de muy adentro.
—¿Qué hará cuando salga de aquí, detective? —pregunta Hela, con un tono dulce pero cargado de melancolía.
Alex aprieta los párpados, incapaz de distinguir si es real o un desvarío. Cuando los abre, ella está ahí, con su belleza intacta y cruel, y el Vegvísir en el pecho moviéndose al compás de su respiración.
—Cuando salga de acá voy a llevar a Benjamín a que conozca el mar —balbucea Pali, frágil, como si esas palabras fueran un hilo que lo conecta con la vida—. Quiero que usted me acompañe… y Salazar también.
Maco lo observa, intentando mantener la compostura, pero la angustia se le escapa por la mirada. Pali apenas termina la frase cuando Jairo habla desde el otro extremo del baño, donde ha estado revisando a Salazar.
—No hay pulso —anuncia, sin dramatismo—. Se desangró por el corte en la femoral.
Todo se detiene. Pali suelta un gemido desgarrador, un sonido que le nace de las entrañas. Su cuerpo tiembla mientras un llanto descontrolado lo sacude. Kelly se apresura a intervenir, sus manos buscando estabilizarlo.
McAllister parpadea. La noticia lo arranca de las sombras de Hela y lo devuelve a ese baño opresivo. El aire le quema los pulmones, y el olor a sangre y desinfectante se mezcla con el del humo que se filtra desde los corredores.
Maco va hasta Salazar sin una palabra. Se agacha a su lado, le cierra los ojos y le afloja el torniquete, que ya no sirve para nada. Se queda ahí, callado.
—Dije que a él también —murmura, para nadie.
Kelly saca una botella de agua de su maletín, la abre y, con firmeza pero con gentileza, obliga a Pali a beber un sorbo.
—No lo vamos a poder sacar así —dice en voz baja, como quien no quiere añadir más peso al momento—. Vamos a necesitar una camilla de las plegables.