33 · Confesiones
Confesiones
En el corazón del caos, la verdad también busca su escape
—MCALLISTER ESTÁ EN EL LAGO —dice Leal, firme, con los ojos clavados en la pantalla del computador.
Ferguson descarga el puño contra el escritorio, y el golpe hace temblar el vaso de agua junto al teléfono.
—¿Cuándo será que ese pedazo de borracho va a dejar de meterse donde no lo llaman?
¿Por qué no se muere de una vez? —gruñe, y barre de un manotazo los papeles del escritorio, inclinado hacia adelante—.
García no contesta, y esos imbéciles que tiene de mascotas están atrapados en un ascensor. ¡Qué maravilla de día!
Leal se endereza, imperturbable, como si el caos no fuera con él.
—Yo me encargo de ese problema. Pero cuando vuelva, voy a ser su secretario de seguridad, con sueldo de gerente, chofer y una oficina al otro lado del pasillo.
Ferguson lo mira un momento y curva los labios en una sonrisa fría.
—Cuente con eso.
Leal asiente, calculador como siempre.
—¿Y qué quiere que haga con Cruz y con la primera dama?
Ferguson se echa hacia atrás en la silla, entrelaza los dedos y pierde la mirada un momento en el techo.
—A veces hay que hacer sacrificios por el bien de la ciudad. ¿No cree, secretario?
A Leal le cruza la cara algo parecido al deleite.
—Entendido.
Antes de irse, teclea unos segundos. En la pantalla aparece un mapa con un punto que parpadea.
—Si llega a oír una alarma, es que volvieron a prender el teléfono —Leal señala la pantalla—. Se va a iluminar aquí, y usted va a poder ver dónde está.
A Ferguson se le relaja la expresión, satisfecho.
—No me defraude, Leal.
—No lo haré.
Mientras Leal sale decidido a cumplir su misión, en El Lago otros pelean por sobrevivir.
Las llamas consumen el penal, los rehenes se asfixian en el calor y, con cada segundo que pasa, los muros parecen cerrarse un poco más.
El humo se cuela por cada rendija, y el ruido del incendio devorándolo todo se revuelve con los crujidos de una estructura a punto de ceder.
Hace dos horas que todo se detuvo y, sin embargo, para Ana Blackburn, Clara Steffens y Jhoncito, el tiempo se volvió una prisión más sólida que las piedras que los rodean.
Cruz camina de un lado a otro como un animal enjaulado, tamborileándose la pierna con el escalpelo a cada paso.
Lleva minutos sin decir una palabra, pero tiene los ojos, rojos por el humo, clavados en la única puerta de la oficina.
Sabe que están cercados. Los negociadores no han intentado contactarlo desde la explosión.
Nadie ha venido. Nadie ha llamado. Y eso lo inquieta más que cualquier amenaza.
La oficina es pequeña, apenas un espacio administrativo con las ventanas selladas por rejas gruesas y una pared de concreto que alguna vez dio al patio.
Ana está sentada en el piso, con la espalda en esa pared y las piernas recogidas contra el pecho.
Aunque la cara se le mantiene serena, la respiración entrecortada delata el esfuerzo que hace para no entrar en pánico.
Clara está a su lado, con una botella de agua casi vacía que comparte con Jhoncito, el joven camarógrafo que no ha dejado de temblar desde que los encerraron.
El calor es insoportable. El aire, escaso, parece no llegarles a los pulmones. Ana levanta la vista hacia el ventilador de techo, que cuelga inmóvil y torcido, como una advertencia muda de que ningún sistema funciona.
Cruz se detiene de golpe y se vuelve hacia ellos.
—¿Qué tanto cuchichean? —la voz le sale ronca.
Clara le clava la mirada, con la cara endurecida por el calor y la rabia contenida.
—Nada. Solo tratamos de no desmayarnos.
Él se ríe, un sonido breve y seco, sin humor. Da un paso hacia ellos, sin ninguna prisa.
—Desmayarse no les va a servir de mucho. Nadie va a venir a buscarlos. Nos vamos a quedar aquí hasta que todo se venga abajo. Por lo menos, van a tener la oportunidad de reencontrarse con su amiguita Vidal en el otro lado.
Clara se tensa de inmediato, y Ana la siente moverse a su lado, con todo el cuerpo en alerta, a punto de estallar.
—¿Qué dijo? —pregunta Clara, cortante.
Cruz retrocede y se apoya contra el escritorio metálico, con el escalpelo colgando ocioso de la mano. En la mirada le brilla algo entre la resignación y el desafío.
—Lo que oyeron. Ya se lo dije hace rato, la maté yo. Lo que no les dije es quién me mandó.
Deja que el silencio pese un segundo.
—El alcalde me contrató.
Las palabras caen sobre la oficina como una bofetada. Ana lo mira incrédula, y Clara parece a punto de lanzársele encima, a pesar de las esposas.
—¿Está diciendo que Luis…? —Ana no alcanza a terminar la frase. La voz se le queda atrapada entre el asombro y el horror.
Cruz levanta el mentón, casi con orgullo.
—Sí, señora Blackburn. Por encargo. No fue nada personal. Fue un trabajo. Y no es la primera vez que me contrata.
—Como para el atentado contra el presidente Blackburn —agrega Clara, segura de la acusación—. Un asesino a sueldo, de esos que se usan y se botan cuando ya no sirven. Nadie lo va a extrañar.
Cruz vacila, apenas un instante, pero suficiente.
—Eso y más —replica, y se le cuela un tono forzado en la voz, como si necesitara dejar claro que no es cualquiera—. Yo soy solo uno en su nómina, pero no el único. El capitán García y sus hombres también están ahí. El director de esta cárcel, Dolmen, y el fiscal Santos, por supuesto.
—Ya entendimos, todo el mundo está podrido —lo corta Clara, sin esconder el asco.
Cruz no se inmuta.
—Hasta abogados como Müller. Cada uno con su precio, cada uno con su lealtad al alcalde. Él no se ensucia las manos, pero las nuestras están completamente cubiertas de sangre.
Ana gira la argolla de matrimonio en el dedo, el mismo gesto que repite en cada foto oficial, y por primera vez la siente como una mentira que lleva puesta. Esta misma mañana, él la llamó solo para preguntarle si había dormido bien.
—Eso no es posible. Luis jamás haría algo así.
Cruz suelta una carcajada amarga.
—¿Su querido esposo? Claro que lo haría. Me ofreció inmunidad total, una vida nueva. Solo tenía que encargarme de la señorita Vidal y entregarle su teléfono.
Clara aprieta los puños, ardiendo de furia.
—¿Y lo hizo? ¿Le entregó el teléfono?
A Cruz se le crispa el semblante, y por un instante evita mirar a Clara.
—Claro que sí. Pero parece que no era el teléfono correcto, o no tenía lo que él buscaba. Todo este desastre empezó por eso.
El silencio que sigue es denso como el humo que llena la oficina. Clara lo rompe, en voz baja pero afilada por la rabia.
—Por eso… por eso me registraron el apartamento. Creyeron que Mara había dejado el teléfono ahí.
Ana la mira, confundida.
—¿Qué estás diciendo, Clara?
Clara se vuelve hacia ella, con los ojos llenos de claridad y de rabia.
—Es evidente, Ana. Estaban buscando algo que Mara dejó, algo que los asustaba. Todo encaja.
Ana no dice nada. Se aferra a una incredulidad que se le debilita con cada palabra.
—Eso no tiene sentido.
—Sí lo tiene —Clara endereza la espalda antes de responder, midiendo cada palabra—. Tu esposo está dispuesto a lo que sea para protegerse. Incluso a traicionar a este… monstruo.
Cruz sonríe con cinismo, pero antes de que alcance a responder, Clara le escupe. Lo hace con desprecio, sin quitarle los ojos de encima ni un segundo.
—¡Asesino! Ojalá lo maten antes de que esto termine.
Cruz se limpia el escupitajo con la manga, más fastidiado que furioso.
—Era un trabajo. Nada personal.
Un golpe seco en la puerta los hace saltar a todos.
Cruz agarra a Ana de un tirón y le pone el escalpelo en el cuello, con la atención fija en la entrada. El filo le roza la piel, y nadie en la oficina se mueve.