Hela (Lago de fuego 1) 32 · La grabación #2
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32 · La grabación #2

Aitana se acerca a las pantallas, donde parpadean unos triángulos rojos sobre un mapa digital de la zona. Las ondas blancas que salen de uno de los triángulos indican actividad. El Niño sube el audio justo cuando entra la llamada.

El viento y la estática anteceden una voz clara, urgente.

—Rueda, están en las Torres del Parque. Torre 1, apartamento 1518 —dice Sáenz al otro lado de la línea.

Aitana se tensa de inmediato. Ve a Maco levantarse sin afán y tomar una pequeña placa metálica del escritorio. Sin decir nada, sale del apartamento y cambia los números de las puertas. El 1518 queda marcado como 1520, y viceversa. Al volver, cierra la puerta con calma, como si nada.

—Eso nos da algo de tiempo —comenta, y vuelve a su puesto en el sofá.

—No se preocupe, detective. Tenemos ojos y oídos en toda la ciudad. Mire.

El Niño le gira una pantalla a Aitana, donde aparece la grabación de ella colándose al parqueadero del edificio.

Aitana siente una punzada de incomodidad al darse cuenta de lo vigilada que ha estado desde que llegó. El Niño cambia de imagen y muestra una vista panorámica del penal El Lago, con cámaras que cubren desde los pasillos hasta las áreas administrativas.

—Detective, escúcheme con atención —Leo da un paso al frente y se le para al lado—.

Tenemos material suficiente para destituir al alcalde y encarcelarlo para siempre.

Pruebas que descubrió la periodista y que le costaron la vida.

Todo está listo para transmitirse en vivo por cada canal y cada emisora del país.

Aitana entrecierra los ojos, estudiando a Leo.

—¿Y por qué no lo han hecho? —la pregunta le sale filosa.

Leo no responde de inmediato. En cambio, señala una pantalla donde Pali aparece atrapado en un baño, respirando con dificultad, el cuerpo encorvado por el dolor. Unos escombros bloquean la puerta, y a su lado hay un botiquín desarmado, medio hundido en el sanitario lleno de agua.

—Porque antes tenemos que rescatar a nuestro compañero —responde al fin Leo, con la voz firme—. Está herido, acorralado, y si no lo sacamos pronto, no sale vivo.

Maco se vuelve a levantar, esta vez para señalar el botiquín en la pantalla.

—¿Ve eso? —toca el vidrio del monitor con los dedos—. Esa era una de las cargas. Pali la desactivó.

El Niño limpia el monitor para borrar la huella que dejó Maco.

—¿Por qué la desactivó, si ustedes mismos las pusieron? —inquiere Aitana, cada vez más incrédula.

Maco suelta el aire despacio, frustrado.

—El alcalde piensa que no hay suficiente espacio en las cárceles. Nosotros estábamos dispuestos a hacerle un poco más de espacio… a nuestra manera.

Leo lo interrumpe con un gesto. Su tono templado contrasta con la rabia contenida de Maco.

—Ese nunca fue el plan. Las cargas nunca debieron estar activas.

Eran un mensaje, algo puesto ahí para que Ferguson entendiera que hablábamos en serio, no una sentencia de muerte.

Pali y Maco decidieron que un mensaje no bastaba y las armaron por su cuenta.

Por eso Pali tenía los códigos cuando Ferguson lo agarró y lo torturó para sacárselos.

Las iba a detonar él, sin ningún control. Tuvimos que adelantarnos.

A Leo no le tiembla la voz, pero se le endurece el gesto cuando señala la siguiente pantalla. Un hombre desplomado en un baño, con la pierna llena de sangre.

—Salazar. El supervisor del penal. Nos ayudó a controlar la explosión, y esto es lo que le costó.

Aitana no necesita preguntar quién es. El uniforme lo dice todo. Se cruza de brazos, sin quitarle los ojos a la imagen, esperando el resto.

—Cubrió la primera carga con arena y evacuó la zona antes de que yo la activara —sigue Leo—. La onda lo alcanzó cuando intentaba llegar al baño. Pali le hizo un torniquete, pero no va a aguantar mucho más ahí adentro.

—Entonces sáquenlo —dice Maco, con la voz más dura de lo que quería—. A él también.

Leo no responde de inmediato. El silencio dice más que cualquier promesa.

—Lo vamos a intentar —responde al fin, y por primera vez su calma suena a otra cosa. Cálculo, no certeza.

Aitana desvía la mirada hacia otra pantalla, donde Ana Blackburn, Clara Steffens y Jhoncito están sentados contra una pared. Se ven golpeados, pero no hay señales de heridas graves. Cruz camina de un lado a otro hablando solo, como un alma en pena.

—¿Y la última carga?

—Creemos que está en una nevera, en un corredor de la cocina —responde Leo, y cruza con Maco y con su hermano una mirada que no logra esconder la incertidumbre.

—«Creemos» no es lo mismo que «sabemos» —Aitana no se lo deja pasar—. Si se equivocan, esa carga mata a gente que no tiene nada que ver con esto.

—Nosotros no somos la verdadera amenaza, detective. Esto —Leo gira una pantalla y le muestra el despacho de Ferguson, donde Sáenz y Leal aparecen inclinados sobre un mapa—. Este hombre es la verdadera amenaza. Es capaz de volar a su propia esposa… como ya intentó hacerlo con su suegro.

Aitana se queda en silencio. La revelación le cae encima de golpe. Las palabras de Leo, claras y crudas, no dejan espacio para la duda.

—¡Llegaron! —grita El Niño, con los dedos volando sobre el teclado y la mirada fija en las pantallas—. Están en el ascensor. Activando bloqueo de señal… Piso 2… Piso 4… Piso 5… ¡Bloqueados!

Se ríe, con una risa nerviosa que desmiente la calma de su voz.

En una esquina de la pantalla, los números del panel del ascensor parpadean enloquecidos. Los hombres de García, atrapados entre pisos, se mueven desesperados dentro de la cabina, tratando de forzar las puertas o de usar los teléfonos, sin éxito.

—¡Buena, Niño! —grita Maco, y le revuelve el pelo a Donato como si todavía tuviera doce años, antes de sacudirlo por los hombros, entre eufórico y urgido—. ¡Hora de movernos!

El ambiente cambia al instante. Donato apaga las pantallas con un par de clics, agarra la tableta y sale con sus compañeros hacia la puerta. Aitana los sigue, con los sentidos alerta y la cabeza procesando cada movimiento. Los Lobos se mueven como un equipo sincronizado, casi militar.

—El ascensor está bloqueado entre dos pisos a propósito. No tienen cómo salir rápido, y si intentan forzar la puerta, solo van a encontrar un muro de concreto —explica El Niño sin perder el paso, con los ojos fijos en la tableta.

La tensión sube mientras todos se apretujan en el ascensor de al lado. Se ilumina el botón del primer piso y la cabina empieza a bajar con un zumbido constante.

Cuando las puertas se abren en la planta baja, las luces azules y rojas de las patrullas iluminan las paredes del conjunto.

El vigilante del edificio, al parecer demasiado ansioso por cobrar la recompensa, les había mandado a las autoridades las imágenes de la llegada de Maco, sacadas de las cámaras de seguridad.

Dos patrullas están parqueadas afuera, con las sirenas apagadas pero las balizas encendidas.

—Los delataron —Aitana señala las ventanas, donde los destellos rebotan contra el vidrio. No se le nota el nerviosismo en la voz, pero Leo ya lo tenía previsto.

—No se preocupe, detective —responde Leo, con una calma escalofriante.

El grupo cruza a toda prisa el sótano hasta el depósito 33, donde Donato marca un código en una cerradura digital. El clic metálico al ceder es un alivio fugaz.

Se prende una luz blanca y aparece una trampilla en el centro del piso. Maco jala una argolla oxidada y levanta la tapa. Debajo hay una escalera de hierro que baja a la oscuridad.

—Ríos, primero —Maco le hace un gesto para que baje.

—Espero que esto no sea una trampa —murmura ella, pero empieza a bajar, con las manos firmes en los barrotes fríos.

El túnel de abajo es angosto, con paredes de concreto húmedas que reflejan la luz tenue de las linternas. Donato consulta la tableta, donde parpadea una línea azul sobre un mapa tridimensional que les marca el camino.

—Esto es un laberinto —susurra Aitana mientras avanzan.

—Lo era —responde Donato—. Ahora es un atajo.

Caminan casi veinte minutos, cruzando bifurcaciones y túneles derrumbados, y solo se oye su propia respiración. El aire huele a encierro, a óxido y a moho. Al fin llegan a una escalera oxidada que parece haber soportado décadas de abandono.

—Vamos —dice Maco, y sube primero, ágil. Aitana lo sigue, y los hermanos cierran la marcha.

Salen en el piso de un taller mecánico. Se oye el zumbido de las herramientas y una música tropical de fondo. Una vieja van blanca está parqueada, a propósito, justo encima de la salida del túnel.

—¿Todo limpio? —pregunta Leo, alzando la voz por encima del ruido.

—Limpio —responde Maco, mirando alrededor antes de señalar la van—. Súbanse.

Se meten al vehículo y cierran las puertas. Aitana se queda sorprendida mirando la estación de monitoreo que Donato activa en segundos. La van es un centro de operaciones móvil, con pantallas, sistemas de rastreo y comunicaciones encriptadas.

La van arranca hacia la avenida principal y se pierde en el tráfico. Adentro, Aitana siente que la adrenalina le baja despacio, pero las palabras de Leo la persiguen.

«Es capaz de volar a su propia esposa… como ya intentó hacerlo con su suegro.»

—Maco, primero a la alcaldía —dice Leo, en un tono que no admite discusión—. Yo me bajo ahí con la detective. Ustedes sigan por Pali.

Leo la mira de frente, con la calma de siempre, pero ahora teñida de algo más urgente.

—Usted ya sabe de lo que es capaz, detective. Y todavía no ha visto lo peor.