32 · La grabación
La grabación
Puedes enterrarla, pero la verdad siempre saldrá a flote
LA ALOCUCIÓN DE FERGUSON se apaga de fondo en el radio del carro de Aitana. En la cara de Alex hay algo más que preocupación. Hay cálculo, frío y urgente. Ana está viva, lo sabe en lo más profundo. Pero la amenaza de las dos cargas que quedan le cuelga encima como una guillotina.
—Pare —ordena de repente.
—¿Qué? Faltan varias cuadras para llegar a las Torres —Aitana no entiende nada.
—Le prometí a Mark que le iba a sacar a su hija con vida de ese infierno —responde Alex, casi en un susurro, más para sí mismo que para ella.
—¿Y cuál es su plan? ¿Entrar por la puerta principal? Porque García y su gente tienen orden de dispararle si se acerca —Aitana lo encara, entre incrédula y preocupada.
Alex no responde de inmediato. Los pensamientos le corren a toda velocidad. Una idea toma forma, improvisada, peligrosa, pero posible.
—Confíe en mí.
Saca el teléfono y marca un número.
—Kelly, habla McAllister.
—¡Detective! Voy camino a El Lago. ¿Usted está allá? —Kelly suena enérgica.
—Todavía no. Escuche, necesito que pase por mí. Estoy en Lima con Alta.
—¿Qué? Espere, no me puedo desviar tanto.
—Kelly, son dos minutos. Le explico en el camino.
Alex cuelga y abre la puerta. Aitana lo mira como si estuviera loco.
—¿Y yo qué hago? ¿Voy y les pregunto a Los Lobos dónde están las bombas mientras me tomo un café? —suelta, sarcástica y frustrada.
Alex sonríe. Le reconoce el filo.
—Confíe en su instinto, Ríos. Es lo que la trajo hasta acá. ¡Me llevo sus audífonos!
Sin esperar respuesta, cierra la puerta y se queda de pie en la esquina, recortado bajo la luz intermitente de los postes. Aitana lo mira por el retrovisor, resopla y acelera hacia las Torres del Parque.
Una sirena rompe la calma. Aparece una ambulancia a lo lejos, y Alex levanta la mano. Frena en seco a su lado, y Jairo, el conductor, baja la ventana.
—Detective, súbase.
Kelly se corre hacia un butaco entre los dos puestos para hacerle espacio a Alex.
—¿Qué está pasando, detective?
—Voy a entrar a El Lago, pero necesito pasar desapercibido. ¿Tienen algún uniforme de sobra?
Kelly se levanta de un salto y abre un compartimiento en la parte de atrás.
—Sí, aquí hay uno —le pasa el uniforme.
—Gracias, Kelly. Necesitamos acercarnos al perímetro sin levantar sospechas.
—Lo que diga, detective. Para eso estamos —Jairo acelera, esquivando carros y peatones con una habilidad que deja claro que no es la primera vez que maneja bajo presión.
—¿Qué sabe de la situación? —pregunta Alex mientras se cambia a toda prisa en la parte de atrás.
—Los bomberos estaban avanzando hacia la primera dama, pero pararon todo cuando anunciaron lo de las dos cargas que quedan —responde Kelly.
La sirena se abre paso entre la multitud que rodea el penal.
Un mar de caras angustiadas se mueve entre gritos y lágrimas y choca con el orden frío e implacable de los militares.
Las barricadas bloquean las calles, los vehículos blindados parecen moles de acero, y las voces de mando retumban tratando de controlar un caos que amenaza con desbordarse.
Alex mira por la ventana y lo registra todo. Las posiciones de los oficiales, los puntos ciegos, los movimientos entre los vehículos.
—Kelly, necesito que distraiga a esos oficiales mientras me acerco al punto de la explosión.
Kelly lo mira, buscando alguna duda en sus ojos, pero solo encuentra determinación. Asiente sin titubear.
—Entendido.
La ambulancia se detiene en la zona asignada para emergencias, y Kelly se baja de inmediato con dos botellas de agua en la mano. Se acerca a los oficiales, los dos tensos, con la mirada clavada en la multitud.
—¿Agüita? —pregunta Kelly, con una sonrisa profesional que no deja ver nada de lo que de verdad está pasando.
Los oficiales, agradecidos por el gesto en medio de la tensión, reciben las botellas y bajan un poco la guardia. Esa pequeña ventana es todo lo que Alex necesita.
Con la gorra azul tapándole la cara, se desliza con movimientos calculados hacia la zona del impacto, mezclándose entre los paramédicos y los bomberos que revisan el perímetro. Mueve los ojos rápido, buscando cualquier señal de Ana o de los rehenes.
El radio del carro sigue transmitiendo en vivo desde El Lago, el reportero describe el asedio afuera del penal, cuando Aitana parquea a unas calles de las Torres del Parque.
Recorre con la mirada cada rincón del conjunto buscando un punto débil.
La reja es alta, rematada con alambre electrificado, y las cámaras de seguridad barren con método la entrada principal.
No hay margen de error. Le da una vuelta completa, cronometrando en silencio cuánto tarda la ronda de los vigilantes.
Un sonido metálico le llama la atención.
El portón del parqueadero subterráneo se abre para dejar salir un carro.
Aitana calcula rápido la distancia y el tiempo.
Cuando el carro empieza a avanzar, se cuela entre la pared y la hoja de hierro antes de que se cierre.
Siente el roce del hierro frío. Respira hondo para calmar el latido en las sienes.
El parqueadero está en penumbra, con luces que parpadean y sombras que se mueven.
Camina con sigilo, pasa la torre 3, luego la 2, hasta llegar al acceso de la torre 1.
Un vistazo al ascensor le confirma que la cámara de adentro la dejaría expuesta, así que toma las escaleras.
Sube el primer tramo decidida, de dos en dos escalones.
El ritmo pronto la traiciona. Se le va el aire y las piernas le empiezan a pesar.
Mira hacia arriba. Doce pisos más. Maldice en silencio y cambia de táctica.
Vuelve al vestíbulo, gira la cara para esquivar la cámara y marca el piso 14.
Cuando se abren las puertas, va rápido hacia las escaleras que llevan al último nivel.
Cada paso le retumba en el espacio cerrado.
Le arden los pulmones, pero ya casi llega.
Empuja la barra roja del portón metálico con lo poco que le queda de energía. El metal cede con un chirrido y deja ver un pasillo estrecho, iluminado con luz cálida.
Aitana levanta la vista y se le corta el aire. Frente a ella está Leo Wolff, «El Doc.». La figura alta y delgada transmite una calma inquietante, y los ojos la estudian con un destello de curiosidad.
—Detective Ríos. Bienvenida. Pensé que iba a venir con McAllister —dice Leo, sereno, pero con intenciones que no muestra.
Aitana endereza la espalda y se obliga a recuperar la compostura.
—Señor Wolff. McAllister tuvo un asunto urgente que atender primero.
Leo asiente, como si ya esperara esa respuesta.
—Cada uno tiene sus prioridades. Lo entiendo perfectamente.
Aitana evalúa sus opciones, pero descarta sacar el arma. Todo en Leo, desde la postura hasta la mirada, grita control absoluto. Además, algo en su tono no sugiere una amenaza inmediata, sino interés. Es más difícil pelear contra lo desconocido.
—Normalmente, las visitas se anuncian y usan el ascensor —comenta Leo con algo de ironía—. Su método me intrigó. No todos están dispuestos a hacer tanto esfuerzo.
—¿Desde cuándo me está observando? —Aitana ignora el comentario.
—Desde que le tiró esa piedra a la reja oeste para ver si estaba electrificada. Buen intento.
Aitana se sonroja, más de frustración que de vergüenza. Leo lo dice con aire de superioridad, pero sin agresividad, y eso lo hace todavía más desconcertante.
—Por aquí, por favor. Quiero mostrarle algo importante.
Leo le señala un apartamento al fondo.
Aunque cada fibra de su cuerpo le grita que desconfíe, Aitana avanza. Le resuenan las palabras de Alex. «Confíe en su instinto». Lo que sea que esté pasando aquí, es clave.
La puerta del 1518 se abre sola cuando llegan. Leo se hace a un lado para dejarla pasar, un gesto más cortés que respetuoso. Al entrar, Aitana ve a Donato, «El Niño», trabajando en una consola de varias pantallas, y a Marco Torrenegra, sentado con los hombros caídos y la cara sombría.
—Buenas tardes, detective —la saluda Donato con una sonrisa ligera.
—Buenas tardes —responde Aitana, neutral, mientras analiza la escena.
Maco apenas levanta una mano. Tiene la mirada clavada en el piso, como si arrastrara algo que no puede soltar.
—Él es mi hermano Donato, y él, Maco, es como de la familia —explica Leo con tranquilidad.
Aitana se fija en Maco. Tiene la expresión impenetrable, pero el silencio dice más de lo que parece.
—He leído mucho sobre usted —le dice Aitana, directo al blanco.
—Me imagino —contesta Maco, con desprecio.
Aitana da un paso hacia él, sin quitarle la mirada.
—Siento mucho lo de su abuela. Está claro que alguien escondió la evidencia.
El cambio en Maco es inmediato. La expresión endurecida se le suaviza y, aunque no dice nada, cruza la mirada con Aitana un instante, en señal de reconocimiento.
—Por aquí, detective. Esto lo tiene que ver —interviene Leo, y la lleva hacia la estación de Donato.
En la pantalla principal aparece la cara de Mara. Acomoda la cámara, y su voz clara llena el cuarto.
«Mi nombre es Mara Vidal. Si están viendo este video, es porque el alcalde de Ciudad Capital, el señor Luis Ferguson Maló, me asesinó.»
Esas palabras se quedan suspendidas en el aire. La verdad golpea a Aitana con fuerza, pero ella mantiene la cara impasible.
Nadie habla. Por un segundo, el ronroneo de los ventiladores de las pantallas es el único sonido en el cuarto.
—¿Ferguson mató a Mara Vidal? —pregunta al fin Aitana, y cada palabra le pesa más que la anterior.
Leo, de pie detrás de Donato, no mueve un músculo, pero se planta con una rigidez que delata la importancia del momento.
—Sé que tiene muchas preguntas, detective, y le prometo que… —empieza, pero lo interrumpen el tecleo rápido y la voz alerta de El Niño.
Aitana cierra los puños. Esa pregunta no se va a quedar sin respuesta, pero por ahora tiene que esperar.
—Están en el parque —anuncia Donato, sin quitar los ojos de los monitores.