Hela (Lago de fuego 1) 31 · La señal #2
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31 · La señal #2

Los titulares se riegan por las redes sociales y los noticieros y encienden la indignación de una población al borde del colapso.

Las líneas telefónicas de la policía se saturan de llamadas.

La mayoría son pistas falsas, teorías de conspiración y denuncias que rayan en la paranoia, pero todas tienen un denominador común. El miedo.

Mientras Ferguson todavía saborea el efecto de sus palabras, la crisis que jura tener bajo control avanza sin él, a kilómetros del atril.

Afuera de la cárcel El Lago, el caos se vuelve una marea de familiares desesperados. Madres que lloran aferradas a las fotos de sus hijos. Hermanos y padres que gritan insultos y exigencias y se enfrentan a los militares que acordonaron la zona.

—¡Déjennos entrar! ¡No los pueden dejar morir ahí adentro! —grita una mujer, y un soldado intenta calmarla, sin éxito.

Los militares, con la cara tensa y las manos firmes sobre los fusiles, forman una barrera humana. Las órdenes son claras. Nadie entra, nadie sale. Pero la multitud crece y la presión aumenta. Algunos empiezan a tirar botellas y piedras, y los gritos se vuelven más violentos.

Adentro del penal, la situación es peor. Los presos golpean las rejas, queman colchones y tiran cosas a los pasillos. El fuego y el humo llenan el aire viciado de los pabellones, y los gritos de desesperación y de rabia rebotan en las paredes.

—¡Nos quieren matar! —grita un interno empapado en sudor, golpeando la puerta con una silla rota.

—¡Abran las celdas, carajo! ¡O nos cargamos a todos! —ruge otro desde el fondo del pabellón.

Los pocos guardias que siguen en sus puestos están al borde de un ataque de nervios. Tienen miedo. Miran alrededor y calculan cuántas posibilidades tienen de sobrevivir si los presos logran salir.

—¿Vale la pena morirse por esta mierda? —murmura uno de ellos, con la frente perlada de sudor.

Otro guardia, más joven, se muerde el labio hasta sentir el sabor de la sangre. Le tiembla la mano en la que apenas sostiene un tolete.

Afuera, en el centro de mando improvisado en una carpa a pocos metros de la entrada, Francisco Dolmen oye las noticias en un radio portátil que sostiene con las dos manos, como si se le fuera a caer.

El director del penal siente una presión insoportable acumulándosele en el pecho.

La turba que los rodea se pone más agresiva, y adentro el motín amenaza con romper las últimas barreras.

—¡Señor Dolmen! —grita un guardia por el radio—. ¡El muro del pabellón seis está a punto de ceder! ¡Los presos lo están golpeando con lo que encuentran!

—¡Mantengan la posición! —ordena Dolmen con un hilo de voz, pero la comunicación se corta de golpe entre gritos y estática.

Dolmen cruza una mirada con García, que está de pie a su lado, flanqueado por dos policías que claramente no están preparados para una crisis de este tamaño.

—Nos van a linchar aquí mismo —dice García, mirando de reojo a la turba que empieza a empujar las vallas metálicas.

Dolmen asiente con un gesto casi imperceptible.

—¡Vámonos! —dicen en coro.

Salen de la carpa rápido, sin disimular el alivio, mientras el ruido de la multitud crece detrás de ellos.

Que les hayan quitado el mando ni siquiera les molesta.

Para dos hombres que solo quieren salir vivos de ahí, la llegada del coronel Pertús, enviado por el presidente, de cara imperturbable, es una bendición disfrazada de castigo.

Pertús observa cómo los camiones militares se despliegan en formación. Los soldados, fuertemente armados, se bajan y toman posiciones alrededor del penal. Las botas golpean el asfalto con la determinación de quien sabe que está a punto de entrar a una zona de guerra.

—¡Nadie entra, nadie sale! —repite Pertús por el radio, atento a la tensión que crece.

En medio del caos, no hay información sobre la primera dama, Clara Steffens, Jhoncito ni Jeffrey Cruz. La confusión que llega desde adentro del penal pesa sobre todos. En algún lugar, el tiempo corre para Pali y Salazar, cuyos movimientos siguen siendo un misterio.

El Lago, una fortaleza que se suponía impenetrable, se vuelve el epicentro de una tormenta que amenaza con devorarlo todo.

Ferguson irrumpe en su despacho a zancadas, seguido de cerca por Sáenz, que trata de no quedarse atrás. Al cruzar la puerta, Leal lo espera de pie, con el portátil en las dos manos y los ojos abiertos, entre urgido y triunfante.

—¡Lo prendieron! —Leal apenas contiene el entusiasmo.

Ferguson frena en seco y lo mira fijo.

—¿Dónde? —la voz le sale dura, firme.

—En el parque San Luis —responde Leal, señalando la pantalla.

Ferguson se vuelve hacia Joaquín.

—Llame a García. Que vaya de inmediato.

Joaquín no pregunta nada y marca mientras camina hacia la esquina de la sala. Pero, después de varios intentos, cuelga, frustrado.

—No contesta, señor.

—¡Entonces llame a otro! —ordena Ferguson, sin quitarle los ojos al reloj.

Joaquín obedece y le marca rápido a Rueda. Al fondo, el celular personal de Ferguson empieza a vibrar sobre el escritorio. Lo agarra y mira la pantalla. El número es inconfundible. El mismo que Leal estuvo rastreando todo el día.

Ferguson contesta sin dudar.

—Señor alcalde —dice una voz grave, serena, con la autoridad de quien no necesita gritar para imponer respeto.

Ferguson aprieta el teléfono.

—Entréguese. Y dígales a los otros que están con usted que hagan lo mismo. Toda la ciudad los está buscando, y el presidente dio la orden de capturarlos vivos o muertos.

—Usted y yo sabemos las mentiras que soltó hace unos minutos —responde la voz—. Se le va a caer la máscara cuando el mundo conozca al demonio que tienen de alcalde.

Ferguson aprieta los dientes. La mirada se le oscurece.

—Ojalá mis hombres lo encuentren primero, porque yo mismo le voy a rebanar la piel con un pelapapas.

Leal, que oye cada palabra, le hace gestos frenéticos para que mantenga la llamada activa mientras el software intenta fijar las coordenadas exactas. Sáenz, por su parte, está al teléfono con Rueda, anotando algo rápido en un papel.

La voz al otro lado no pierde la calma.

—Ya no le voy a pedir que renuncie, Ferguson. En este teléfono tengo todo lo que necesito para verlo caer.

El alcalde respira hondo antes de soltar su última amenaza.

—Tiene una hora para entregarse, o la sangre de miles le va a correr por las manos, «Doc.».

La línea se queda en silencio un instante eterno antes de cortarse.

Ferguson baja el teléfono despacio. Sáenz se le acerca y le entrega el papel en el que estuvo escribiendo.

Ferguson lo lee y le cambia la expresión.

Se le ensombrecen los ojos, pero en los labios se le dibuja una sonrisa torcida.

La pieza que le faltaba acaba de encajar.

—¿O debería decir… señor Wolff?