Hela (Lago de fuego 1) 31 · La señal
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31 · La señal

La señal

No se nace con miedo, pero todos tenemos una semilla adentro

FERGUSON SE GUARDA el teléfono en el bolsillo del pantalón, sin afán.

Sigue junto a la ventana, mirando la ciudad extendida bajo un cielo teñido de atardecer.

Los edificios se levantan inmóviles, como fichas sobre un tablero, y él piensa en varias jugadas a la vez.

Tiene los ojos fijos en el horizonte, buscando a «El Doc.

» en algún rincón que no se ve. Se da vuelta despacio y se fija en Leal, que ocupa la salita del fondo del despacho, inclinado sobre el computador, revisando datos con una concentración casi quirúrgica.

—¿Cómo vamos con eso? —pregunta Ferguson, impaciente.

—Nada. Sin señal. La última ubicación sigue siendo la central de policía —Leal responde sin levantar la vista.

Ferguson resopla y da un paso hacia el centro del despacho, pasándose una mano por el pelo.

—Maldita sea —lo dice casi en un murmullo—. Y García sigue insistiendo en que no está en la evidencia.

Leal levanta la cabeza, sin expresión.

—McAllister se está moviendo.

La puerta se abre de golpe y corta la conversación. Joaquín Sáenz entra con la respiración agitada, entre desconcertado y urgido.

—Señor, hubo una explosión en El Lago. No han confirmado si hay heridos, pero temo que a su esposa la alcanzó la onda expansiva.

Ferguson se queda inmóvil un instante. Después, con un leve giro de cabeza, mira a Leal, que ya había puesto la atención en el televisor prendido en un rincón.

—Lo vimos —dice Leal, señalando la pantalla con el mentón.

Joaquín no había notado a Leal hasta ese momento. Entrecierra los ojos y se le cruza un destello de desagrado. La cercanía de Leal con el alcalde lo incomoda. Lo siente como un intruso en un espacio que considera suyo.

—Gracias, Joaquín —Ferguson retoma el control con un tono seco, casi monótono—. Por favor, dígale a Marina que prepare la sala de prensa. Hablo en diez minutos.

—Sí, señor. Permiso.

Sáenz sale más despacio que de costumbre, como midiendo el extraño contraste entre la noticia que acaba de dar y la calma inquebrantable del alcalde.

Ferguson entra al baño del despacho y cierra la puerta.

Unos segundos después, el agua corriendo llena el vacío.

Frente al espejo, estudia su reflejo. Con movimientos metódicos, se acomoda el nudo de la corbata y alisa la tela del saco.

Se toma un momento más y se inclina un poco hacia adelante, como buscándose algo escondido en los ojos.

Cuando vuelve al despacho, camina erguido, dueño de sí mismo otra vez.

—Ya vuelvo —se detiene solo un instante para mirar a Leal—. Quiero saber para dónde va el borracho ese y si se las va a dar de héroe.

Leal vuelve a la pantalla sin decir nada y retoma el teclado. Ferguson sale del despacho con paso decidido, y su figura se proyecta en las paredes del pasillo en penumbra. Marina lo espera, inquieta, acomodándose las gafas, con una carpeta apretada contra el pecho.

—Señor alcalde… —empieza, pero la voz se le queda atrapada en la garganta ante la presencia imponente de Ferguson.

Él apenas le echa una mirada breve y sigue de largo. Joaquín Sáenz, que ya estaba apostado cerca, se le pone al lado y acompasa el paso. Marina acelera detrás de ellos.

El ruido crece con cada metro que avanzan hacia la sala de prensa.

A medida que se acercan, los gritos de los reporteros se oyen más claros, preguntas indignadas, hambrientas de respuestas.

La sala, llena a reventar, es un caos controlado.

Los flashes estallan en ráfagas cegadoras y las voces se atropellan unas con otras.

Ferguson va directo al atril, sin mirar las caras ansiosas que lo rodean.

En el centro, una treintena de micrófonos compite por captar cada palabra.

Joaquín se para a su espalda, vigilante, recorriendo la sala con los ojos.

Evalúa cada movimiento, cada cara, buscando cualquier anomalía que pueda significar una amenaza.

El alcalde se ubica frente al atril. Las luces le revelan una cara marcada por el cansancio, pero la postura sigue firme. Los hombros rectos proyectan una mezcla deliberada de determinación y rabia contenida.

Golpea dos veces el micrófono central con el índice, un gesto breve pero efectivo. El sonido retumba y reclama la atención de todos. La sala se va callando poco a poco. Ferguson se aclara la garganta y deja que el momento se asiente, que cada mirada se clave en él antes de decir la primera palabra.

—Quisiera empezar esta alocución con un «Buenas tardes», pero no lo son para la ciudad, y mucho menos para mi familia —su voz se proyecta, solemne y aplomada.

El murmullo se apaga de inmediato, y hasta los flashes parecen detenerse—.

Quiero pedirles a todas las personas una oración por la vida de mi querida esposa, Ana Blackburn, y por todas las personas inocentes que han sido víctimas de los terroristas.

Hace una breve pausa y levanta la mirada hacia los reporteros. Los ojos le reflejan un control calculado, pero el tono se le quiebra apenas, humano por un instante.

—No es justo que el odio de unos criminales hacia mí le cobre la vida a una mujer íntegra que ha dedicado su tiempo a ayudar a los que más lo necesitan, ni a personas trabajadoras que solo querían volver a casa con sus familias.

Algunos reporteros dejan de teclear, conmovidos. El alcalde maneja las emociones como fichas de ajedrez, y cada palabra está diseñada al milímetro para capturar la atención y la empatía del público.

—Ustedes se deben estar preguntando qué está pasando. Pues ahora que tenemos toda la evidencia, me paro ante ustedes como la máxima autoridad de esta ciudad para explicarles en detalle el ataque del que hoy hemos sido testigos.

Se endereza un poco, con una postura más imponente. La tensión en la sala crece, y los reporteros teclean frenéticos, registrando cada palabra.

—Después del cobarde asesinato de nuestra compañera Mara Vidal, el día de ayer, y gracias al arduo trabajo de nuestras autoridades, logramos capturar al señor Jeffrey Cruz, autor material de ese atroz crimen.

Levanta la mano para subrayar el peso de lo que dice.

—Tenemos el arma homicida, un revólver calibre 38 especial, junto con el casquillo de la bala que le quitó la vida a la señorita Vidal.

El arma estaba escondida junto con el teléfono celular de nuestra compañera.

Al principio creímos que se trataba de un simple robo, pero la realidad es mucho más siniestra.

Toma un vaso de agua y bebe con calma. Deja que sus palabras calen en los presentes, que ya empiezan a cruzarse miradas llenas de intriga y especulación.

—La captura del señor Cruz inquietó a un grupo de terroristas que se hacen llamar «Los Lobos». Estos individuos, de una manera que todavía estamos investigando, consiguieron mi número personal, y su cabecilla, conocido como «El Doc.», me llamó para amenazarme.

La mención del nombre deja a los reporteros sin aliento. Ferguson, en cambio, mantiene el ritmo controlado.

Por una fracción de segundo, algo le atraviesa la mirada que no es miedo ni sorpresa. Es cálculo. Una puerta que se abre donde antes solo había una amenaza.

—La exigencia de estos delincuentes fue clara. Liberar de inmediato al señor Cruz. Pero esta ciudad no se deja intimidar por criminales. Los hemos combatido durante toda nuestra historia, y yo lo voy a seguir haciendo hasta el último de mis días.

Hace una pausa para que sus palabras resuenen y sigue, más decidido.

—Ante una bestia brava, un guerrero más bravo.

Y por eso, esta noche, le hago una oferta a cualquiera que hoy lleve el nombre de Los Lobos como un estigma.

Delate a su cabecilla, delate a quien dio la orden de instalar esos explosivos, y la ciudad le ofrece algo que «El Doc.

» nunca les va a dar. Una salida. Rebaja de condena para el primero que hable. Solo el primero.

La sala se llena de preguntas a la vez. Es un ofrecimiento sin precedentes, y los reporteros lo saben. Pero Ferguson no parece un hombre obligado a improvisar. Le cruza la cara una sonrisa breve. La idea lleva más tiempo cocinándose de lo que cualquiera ahí adentro podría sospechar.

Aprovecha el momento y despliega dos fotografías que Leal había recopilado, y se las muestra al público.

—Este fue su error. No solo porque el que nos amenaza nos une, sino porque logramos rastrearlos y dar con el paradero de dos de ellos. Marco Torrenegra y Pablo Lizarazo.

El bullicio se vuelve un rugido. Los reporteros disparan preguntas y toman fotos de las imágenes proyectadas. Ferguson los observa un instante antes de seguir.

—Pablo Lizarazo fue capturado anoche y trasladado al pabellón de máxima seguridad de El Lago, donde estaba siendo interrogado.

Para silenciarlo a él y al señor Cruz, estos terroristas instalaron tres cargas explosivas dentro del penal.

Una de ellas fue detonada hace unos minutos, como muestra de su crueldad.

Estamos investigando cómo lograron meter los explosivos al penal, y prometemos informar a medida que avancen las pesquisas.

Pero quiero enviarles un mensaje claro a estos bandidos.

Ya conocen mi oferta. No la van a tener dos veces.

Ciudad Capital quiere paz, y nosotros, como gobierno, garantizamos el respeto a la vida.

Hace una pausa y recorre con los ojos las caras que tiene enfrente. Sabe que cada una va a repetir sus palabras esta noche, exactamente como él quiere que se cuenten.

—A los ciudadanos que sepan algo sobre el paradero de estos criminales, les ofrecemos una recompensa generosa por la información. Esta noche, toda la ciudad sale de cacería. Muchas gracias.

—¡Señor alcalde! ¿Es cierto que usted y la señorita Vidal tenían una relación? —grita una reportera desde el fondo, por encima del alboroto.

Ferguson se aparta del atril sin responder, ignorando el resto de las preguntas. Le brillan los ojos, con una expresión que cualquiera podría confundir con dolor y angustia. Pero por dentro le arde la ira, esperando el momento de desatarse.