30 · Mark #2
Camina hacia la habitación y oye correr el agua.
Por instinto, se asoma. Por la puerta entreabierta ve a Alex de espaldas, con la piel marcada por las cicatrices de una carrera turbulenta.
Una herida en el hombro izquierdo, de la bala que alguna vez le atravesó el cuerpo, y cortes metódicos en el antebrazo derecho.
Se aparta. Se siente una intrusa. En la sala encuentra la carpeta sobre la mesa de centro. La abre y saca la foto de Hela. La joven la mira desde el papel, entre inocente y rebelde.
—Linda, ¿no? —la voz de Alex rompe el silencio y la sorprende.
Aitana levanta la mirada. Alex está en la puerta, con una toalla amarrada a la cintura y el pelo mojado.
—Muy bonita… y joven.
—Muy joven —coincide Alex, con un dejo de melancolía.
—Este es el archivo que Rojas, Rueda y Sáenz buscaban como locos —Aitana pasa las páginas del informe—. El único caso que no pudieron encontrar.
—Eso nos da ventaja. ¿Qué sabe de la situación en El Lago?
—¿Cómo así? ¿Usted no sabe? ¡Mire!
Aitana agarra el control remoto y prende el televisor. Pasa de canal en canal hasta llegar al 29, donde sigue en vivo la transmisión de la cámara de Jhoncito.
Alex se deja caer en el sofá. El día entero le cobra factura en cada músculo.
La imagen de Ana Blackburn en la pantalla lo tranquiliza por un instante.
Está viva. Pero la intensidad de su mirada, fija en la cámara como si le hablara a él, lo inquieta.
Esa calma que proyecta la primera dama le parece más un llamado de auxilio que fortaleza.
Se sostienen la mirada a través de la pantalla, un hilo que solo Alex percibe. En la sala donde Cruz tiene a los rehenes, todo parece congelado en una espera tensa. Cruz revisa los cajones, paranoico y calculador, hasta que Clara Steffens se atreve a hablar.
—¿Por qué mató a Mara Vidal? —le sostiene la mirada sin flaquear.
Cruz levanta la vista despacio, con la cara torcida en una sonrisa burlona.
—Nadie le dijo que hablara.
—¿La perseguía en las noches? —insiste Clara, desafiando la amenaza.
Cruz se ríe con frialdad.
—Lamento lo de su novia, señorita. Pero trabajo es trabajo. Además, para que sepa, su querida le estaba siendo infiel esa noche.
Clara endurece la mirada, impasible ante lo que Cruz espera que sea un golpe bajo. Pero antes de que ella alcance a responder, él agrega, con un brillo cruel en los ojos.
—Sí, y no con cualquiera. ¿Quiere saber con quién?
—¿Con el alcal…
Clara no alcanza a terminar la frase. Cruz se le va encima con una macana en la mano y la frena en seco. El movimiento queda por fuera del encuadre, pero no para Ana, que lo ve entre sorprendida y horrorizada.
—¡Cállese! Aquí se habla cuando yo diga que se hable. ¿Quedó claro? —gruñe Cruz, y vuelve a su puesto junto a Ana.
En el apartamento, Alex y Aitana siguen la escena con atención, pero el teléfono de Ríos los interrumpe. Aitana se aleja unos pasos para contestar y Alex aprovecha para vestirse.
Cuando Ríos vuelve, el noticiero ya empezó a especular en la franja inferior de la pantalla. «¿El alcalde sostenía un amorío con su jefa de comunicaciones?». La insinuación, presentada como pregunta, ya suena a afirmación para cualquiera que la lea.
—Eran los del laboratorio —dice Aitana, con el teléfono todavía en la mano—. Los pelos que les entregué, con el ADN, no coinciden con nada de la escena. Ni preservativos ni pañuelos. Nada.
Alex no necesita que se lo repitan.
—Entonces el alcalde no estuvo con ella esa noche. Pero Steffens sigue convencida de que sí era su amante.
Aitana hace una pausa. Se le nota que cometió un error y no lo piensa esconder.
—Eso puede haber sido culpa mía. Esta mañana le insinué algo sin pensar, y se quedó con la idea. Mara y Clara no eran pareja. Fue un montaje para que le dieran el puesto.
—No…
—Me lo dijo ella misma.
Alex se queda mirando la carpeta sobre la mesa, sin decir lo que ya empieza a sospechar.
—Uno no monta semejante fachada a menos que esté detrás de algo mucho más grande.
Ríos entiende para dónde va el razonamiento antes de que él lo diga.
—Bueno, ¿cuál es el plan?
—Primero, encontrar a «El Doc.». Él sabe qué está pasando. Anticipó que hoy iba a ser un día grande para el país.
—¿Cree que Los Lobos están detrás de esto? —Aitana no se lo cree, y a la vez se alarma.
—No. Creo que Ferguson contrató a Cruz para eliminar a Vidal y quitarle algo valioso. Pero Cruz no se lo ha entregado. Por eso sigue vivo.
—¿Y por qué agarrar de rehén a la primera dama?
—Porque Ferguson le prometió sacarlo y no le cumplió. Esto no es una negociación. Es un mensaje.
Aitana lo mira. Entiende la gravedad de lo que implican sus palabras.
—¿Y dónde piensa encontrar a «El Doc.»?
Alex señala la dirección en el expediente.
—Era el apartamento de Hela Wolff. Lo vendieron hace años, pero el comprador es un fantasma.
—Como «El Doc.» —concluye Aitana.
—Exacto.
Los dos recogen sus cosas, listos para salir. Alex está a punto de apagar el televisor cuando Cruz le habla directamente a Ana.
—¿Cuánto cree que le importa a su esposo?
La pregunta congela a Ana, y también a Alex y a Aitana, que se detienen en seco.
—¿Qué tiene que ver Luis en todo esto? —responde Ana con voz firme, aunque un leve temblor en los ojos la delata.
—Pues, para empezar, estoy aquí por culpa de él.
—Pensé que estaba aquí por haber matado a la señorita Vidal —le devuelve Ana.
Cruz sonríe, oscuro, malévolo.
—¿Y quién cree que me…
La frase queda incompleta. Una explosión sacude El Lago. En la pantalla vuelan los vidrios, se derrumban los muros y la cámara de Jhoncito se tambalea antes de perder la señal.