30 · Mark
Mark
Ningún hombre es más grande que Dios
«Atención, información de último minuto. Jeffrey Cruz, alias “Barbie”, que permanecía bajo custodia en la cárcel de máxima seguridad El Lago como presunto responsable del asesinato de la periodista Mara Vidal, protagonizó un grave incidente dentro del penal.
Alex McAllister salta del catre y se lanza contra las rejas de la celda. Las agarra con tanta fuerza que le duelen las manos, y busca con la mirada al custodio, que escucha la transmisión en el radio con indiferencia.
—¡Suba el volumen! —grita, desesperado.
El guardia apenas lo mira de reojo, pero cede y gira la perilla con desgano. La voz del locutor retumba en el calabozo.
«…al camarógrafo Jhon Gómez y a la reconocida periodista y activista Clara Steffens. Cruz, armado con un objeto cortopunzante, amenazó directamente la integridad de la primera dama frente a miles de espectadores.
Según informes preliminares, el atacante está atrincherado en una sala del ala oeste del penal. Hasta el momento no se ha confirmado el estado de salud de los rehenes ni se conocen las exigencias del agresor, lo que mantiene a las autoridades en máxima alerta. Esta es una noticia en desarrollo.»
El boletín termina, pero las palabras se le quedan dando vueltas en la cabeza a Alex. Suelta las rejas despacio y se vuelve hacia el guardia.
—Necesito hablar con García. ¡Ya mismo! —entre súplica y autoridad.
El guardia no responde. Ni siquiera se molesta en mirarlo.
Le sube el volumen a la música que empieza a sonar en el radio y lo ignora por completo.
Alex camina de un lado a otro en el espacio reducido de la celda, con los pensamientos a toda velocidad.
Cada segundo que pasa es una oportunidad perdida, pero está atrapado.
Solo le queda una opción, una que siempre evitó, incluso en los peores momentos.
Se sienta en el borde del catre y mete la mano debajo de la almohada. El teléfono sigue ahí, intacto. Lo desbloquea de un solo movimiento y busca un contacto en particular. Se detiene en la letra «M». De tercero en la lista aparece el nombre que busca. Mark Blackburn.
Se queda mirándolo un instante, esperando que se le ocurra otra idea, la que sea. Pero no hay tiempo. Suspira y presiona el botón de llamar. El tono apenas repica dos veces antes de que conteste una voz profunda y calmada, con la seguridad de quien está acostumbrado a mandar.
—Mark, soy Alex. Me acabo de enterar de lo de Ana. Lo siento mucho.
El guardia, Roa, capta el murmullo y frunce el ceño. Le baja un poco al radio y gira la cabeza hacia las celdas para oír mejor.
—Alex, querido. Gracias por tus palabras. Qué gusto oírte después de tantos años —responde Mark Blackburn, el expresidente, cálido pero controlado.
—Mark, no tengo mucho tiempo. García me tiene encerrado en una celda. Necesito salir para poder ayudar a Ana.
El guardia se levanta de golpe. Ahora oye con claridad. Se acerca a la celda de Alex, gritando furioso.
—¡McAllister! ¡Suelte ese teléfono ya mismo!
Roa busca las llaves de la celda, pero no las encuentra. Maldice entre dientes y llama por radio.
—Madriguera a Capitán.
—¿Qué pasa, Roa? Voy saliendo para El Lago.
—¡McAllister tiene un teléfono! Lo sorprendí haciendo una llamada.
—Voy para allá.
Roa, rojo de la ira, vuelve a la celda con la llave en una mano y el bastón en la otra.
—¡McAllister, suelte ese maldito teléfono o lo reviento!
Alex lo ignora y dice una última frase antes de colgar.
—Te prometo por mi vida que no le va a pasar nada.
Deja el celular sobre el catre justo cuando Roa abre la celda.
Levanta las manos en señal de rendición, pero el guardia no se lo va a dejar pasar.
La puerta del calabozo se estrella contra la pared.
García entra sin tocar, maldiciendo entre dientes, con la cara de un hombre a punto de un ataque de furia.
Al llegar a la celda encuentra a Alex arrodillado, con las manos detrás de la cabeza.
García recoge el aparato y lo alza como un trofeo.
—¿A mí me va a ver la cara de idiota, McAllister? Ahora sí lo voy a encerrar por un buen tiempo. Tenencia de celular en detención. Roa, ¡quítele todo! La almohada, la colchoneta y hasta la dignidad, si hace falta.
El guardia obedece y revisa cada rincón de la celda.
Después saca a Alex a empujones rumbo a las duchas, para castigarlo con agua helada, mientras García mira satisfecho.
Pero el teléfono de García empieza a vibrar con insistencia en el bolsillo y le interrumpe el triunfo.
Mira la pantalla. Número privado. Duda un segundo, pero contesta, tratando de mantener la compostura.
—Aquí el capitán García.
La voz al otro lado es inconfundible, y a García se le pasa la ira al desconcierto en un parpadeo.
—Capitán, le habla Mark Blackburn.
García traga saliva y se endereza sin darse cuenta.
—Señor presidente, es un honor escucharlo. Aunque lamento las circunstancias. Voy en camino al penal para liderar la operación.
La respuesta de Blackburn llega fría y cortante.
—Capitán, le agradezco la diligencia, pero lo llamo con una instrucción específica. Libere de inmediato al detective Alex McAllister.
García cierra los ojos un instante y le rechinan los dientes. La frustración le sube del pecho como un nudo.
—Señor, con todo respeto, McAllister es parte del problema. Su negligencia nos trajo hasta aquí.
El tono del expresidente se endurece y ya no admite réplica.
—Capitán, no me obligue a involucrar al general Sotomonte.
García se queda callado. La mención del general no deja lugar a dudas. Al final suelta el aire, como quien pierde una batalla por dentro.
—Entendido, señor. Doy la orden de inmediato.
—Gracias, capitán. Confío en que va a hacer lo necesario para garantizar la seguridad de mi hija.
La línea se corta, pero la orden de Blackburn se queda en el pasillo, tan definitiva como si él siguiera ahí. A García se le enciende la cara. Da un paso hacia la celda y escupe una orden que le quema la garganta.
—Roa, suéltelo.
El guardia, que estaba a punto de empujar a Alex hacia las duchas, se da vuelta, confundido.
—¿Qué dijo, capitán?
—Que lo suelte. Ya.
Roa obedece a regañadientes y le quita las esposas a McAllister. Alex se frota las muñecas, sin quitarle los ojos a García, que se le acerca despacio con el teléfono todavía en la mano.
Cuando está a un paso, García lo agarra de la camisa y lo jala hacia él. Le brillan los ojos con una furia a punto de desbordarse.
—Escúcheme bien, McAllister. Esto no se acaba aquí. Tendrá amigos poderosos, pero en esta ciudad mando yo. Sigue suspendido, sin sueldo, y si lo veo cerca de El Lago, no va a hacer falta que nadie le dispare. Tengo gente allá adentro que lo puede hacer desaparecer sin que quede ni el papeleo.
Alex le sostiene la mirada sin pestañear. La amenaza no le hace mella. Tiene la cabeza en otra parte. Solo piensa en salvar a Ana Blackburn.
García le suelta la camisa con un empujón y le tira el teléfono, que Alex atrapa sin esfuerzo. Sin decir una palabra, McAllister se da vuelta y se va, dejando al capitán ahogado en la rabia y la humillación.
Alex va directo a su escritorio en el piso once. Ignora las miradas de burla y de curiosidad de los oficiales que lo ven pasar. Toda su atención está en los cajones, que revuelve con urgencia.
Encuentra lo que busca, una carpeta gastada con una vieja foto de Hela Wolff sujeta al expediente con un clip oxidado.
La madre de Hela, Astrid, se la entregó hace años con una advertencia que nunca ha olvidado.
Alex la cierra, se la pone bajo el brazo, agarra la billetera y sale de la estación sin mirar atrás.
En la calle camina rápido, esquivando a la gente, buscando el carro que dejó parqueado en la vía San Martín. Cuando lo encuentra, le da un golpe de frustración. Una araña amarilla le inmoviliza una de las llantas delanteras, y una multa se agita bajo el limpiaparabrisas.
—Maldita sea —murmura, justo cuando pasa un taxi vacío.
Con un silbido agudo levanta la mano. El taxi frena, y Alex cruza la calle con paso decidido y se sube.
—Para Clemente con Buena Vista, por favor.
El taxista asiente, pone el taxímetro y arranca, perdiéndose en el tráfico.
En el asiento de atrás, Alex saca el teléfono. Vibra con insistencia, y la batería está a punto de agotarse. Suspira y contesta.
—Ríos.
—McAllister, ¿cómo hace? García ahora nos autorizó a dispararle si se acerca a El Lago. Nunca lo había visto tan furioso.
Alex sonríe con ironía, aunque el tono le sigue saliendo frío.
—Entonces más vale que lleven munición de sobra, porque voy para allá. Pero antes necesito que haga algo. ¿Puede llegar a mi apartamento en veinte minutos?
—Allá nos vemos —responde Aitana, y cuelga.
El taxi frena frente al edificio. Alex paga sin contar el cambio y se baja.
Mientras sube las escaleras, busca la llave escondida en el marco de la puerta.
Al entrar, el estado del lugar le cae como un puñetazo en el estómago.
Ese desorden es el reflejo de lo que ha sido su vida estos años.
Botellas vacías, ceniceros rebosantes y un olor rancio que todavía se pega a las paredes.
Suspira, resignado. Por primera vez le da la razón a García. El tiempo en el calabozo lo desintoxicó, y ahora entiende que necesita estar en su mejor versión. Sin más, agarra una bolsa negra, recoge las botellas y vacía el cenicero en un solo movimiento, casi automático.
Despeja el sofá y la mesa de centro, agradeciendo en silencio la visita de Aitana, que dejó las ventanas abiertas y el aire fresco se llevó parte del mal olor. Se quita la ropa y se mete bajo el chorro frío de la ducha. El agua se lleva la mugre y, con ella, algo de las últimas horas.
Unos minutos después suena el timbre, pero nadie abre. Aitana, que conoce el escondite de la llave, la saca y entra. Le sorprende la diferencia. El lugar está lejos de estar impecable, pero se nota el esfuerzo.