29 · La rata #2
Antes de vestirse, se arranca las tablillas de la pierna.
Con ellas no le cabe el pantalón y no puede caminar.
Aprieta los dientes para no gritar. Después se pone el uniforme como puede, a pesar de las heridas y del sudor que le empapa la cara.
Se cuelga el bastón del cinturón y el radio, se acomoda la gorra y mantiene la cabeza gacha para que no lo reconozcan fácil.
Con las llaves, abre con cuidado la puerta del pabellón. El chirrido del metal lo pone en alerta, pero al levantar la vista se encuentra con un guardia joven, que apenas está saliendo de la adolescencia. El novato sostiene un papel en la mano, visiblemente incómodo.
—Compañero, vengo a llevarme al señor… —mira el papelito y sigue—. Jeffrey Cruz. Lo solicita su abogado.
Pali evalúa la situación en una fracción de segundo. El uniforme le da ventaja, pero la cara lo puede delatar si no reacciona a tiempo.
—¿Tiene el formato de traslado? —pregunta, contundente y lo bastante irritado para sonar creíble.
El joven guardia parpadea, confundido.
—No me dieron nada. Solo la orden de llevarlo a la sala de visitas.
Pali chasquea la lengua y levanta las manos en un gesto teatral de frustración.
—¡Aquí nadie sigue los procedimientos! —gruñe, subiendo un poco la voz—. Espéreme adentro mientras voy a hablar con el jefe. Esto de sacar un preso sin autorización después me termina cayendo a mí. Ya vengo.
El novato acepta, con el desconcierto de quien lleva apenas dos semanas en el oficio y le da miedo hacer algo mal. Entra al pabellón y Pali sale, sosteniendo su cara de molestia hasta cruzar el portón.
Adentro, el joven guarda las llaves y camina por el corredor buscando la celda de Cruz. Como no ve ningún movimiento, decide sentarse en el escritorio del guardia. Mira el reloj, tamborilea los dedos sobre la madera y termina recostándose un poco, esperando con paciencia a su «compañero».
Los minutos no pasan. La mirada se le va de la puerta del pabellón al papel que tiene en la mano.
—Central a 486, Central a 486.
El radio rompe el tedio con un chasquido de estática. El novato responde de inmediato, aliviado por el cambio de ritmo.
—Adelante, Central. Habla 486.
—Están solicitando con urgencia al señor Cruz en la sala principal.
La inexperiencia lo angustia al instante.
—Hay un tema con la autorización.
—La autorización viene de muy arriba, así que apúrele.
—Erre, Central.
Con un suspiro, el novato se levanta y busca en la vitrina detrás del escritorio. Encuentra la llave de la celda 59, revisa otra vez el papel para confirmar y camina con paso decidido hacia la de Cruz.
—Señor Cruz, tiene visita de su abogado —intenta sonar seguro, pero lo traicionan los nervios.
Cruz se acerca a los barrotes con una sonrisa torcida.
—¿Y usted prefirió sentarse ahí a descansar en vez de venir por mí? —la burla le chorrea de la voz.
El novato se esfuerza por mantener la compostura.
—Estoy siguiendo el protocolo.
Cruz saca las manos por entre los barrotes, aunque una la tiene metida en un yeso voluminoso. El novato duda. No tiene la experiencia para manejar una situación así.
—Mejor dese vuelta —dice al fin—. Le voy a abrir la celda y me esposo a su mano buena.
Abre la celda, se pone una esposa en la muñeca y le cierra la otra a Cruz en la mano buena, lejos del yeso. Camino a la puerta, el novato se mueve con torpeza, con la inseguridad evidente en cada paso. Cruz, en cambio, va relajado, como quien sale a dar un paseo.
—¿Está nervioso, amigo? —pregunta Cruz, goteando sarcasmo, y hace un leve amague con el cuerpo, como si se le fuera a lanzar encima.
—No más, señor Cruz. No quiero tener que usar la fuerza —pero la voz lo traiciona.
—Tranquilo. Solo lléveme rápido. Me espera mi libertad —Cruz sonríe, y la sonrisa no promete nada bueno.
En otra parte del penal, Pali avanza con la disciplina aprendida en el campo de batalla. Cojea, pero cada paso está calculado. El dolor le recuerda a cada rato hasta dónde da su cuerpo, pero la adrenalina lo mantiene en movimiento.
Al llegar a la sala de televisión, se detiene. La puerta la custodia un guardia con un uniforme distinto al del personal del penal. Sin duda es seguridad privada, probablemente contratada por Ferguson. Pali mide sus opciones al instante y decide no arriesgarse. Su próximo destino es el patio.
Encuentra la puerta sin custodia, pero el tiempo apremia. Saca las llaves y empieza a probarlas una por una, con las manos temblando por el esfuerzo y la tensión. Al fin da con la correcta y abre.
Justo enfrente, en la base de una columna, está el botiquín que busca. Mira hacia atrás para asegurarse de que nadie lo siga. Las torres están vigiladas, pero todos parecen distraídos con el movimiento de la entrada, donde los medios y la comitiva siguen acaparando la atención.
Se acerca al botiquín, lo agarra y está a punto de retroceder cuando una voz lo congela.
—¿Qué se le perdió, camarada?
Contiene el aliento un segundo antes de darse vuelta, poniendo una cara de calma que no siente. El sudor le corre por la frente, pero la voz le sale firme cuando por fin encara al hombre. Es un guardia con el uniforme distinto, que lo mira con curiosidad.
—¿Para dónde se lleva eso? —pregunta, relajado pero inquisitivo.
Pali respira hondo, con el corazón retumbándole en el pecho, y se obliga a hablar parejo. Despacio, le muestra los dedos heridos.
—Necesito hacerme unas curaciones. Mire esto.
Extiende la mano y deja al descubierto las heridas brutales, que todavía sangran un poco.
El guardia hace una mueca de asco al ver las uñas arrancadas.
—¿Qué le pasó?
Pali improvisa sin titubear.
—Un bandido de esos. Se alebrestó y me atacó. Me alcanzó a rasguñar la cara y me cerró una reja en los dedos. Por suerte, solo me arrancó unas uñas.
—¿Y por qué no va a la enfermería? —insiste el guardia, ya con menos sospecha.
—Porque si voy, me incapacitan y me mandan para la casa sin paga. Tengo cuatro bocas que alimentar —Pali lo dice al instante, resignado.
El guardia resopla y se encoge de hombros.
—Trabajo de mierda el suyo.
—¿Y usted qué hace aquí?
—Nos mandaron a reforzar la vigilancia para el evento.
—¿Y por qué no está con los demás?
—Nos pidieron quedarnos aquí y en la sala de televisión. Yo preferí quedarme afuera, porque puedo fumar tranquilo.
El guardia prende un cigarrillo y le hace un gesto con la mano.
—Vaya, cúrese esos dedos antes de que se le infecten.
Pali agradece con un gesto y vuelve por donde vino, esta vez con el botiquín y sin bajar la guardia.
Dobla por un pasillo lateral, donde las luces fluorescentes zumban como un enjambre.
Las cámaras de vigilancia parecen mirarlo fijo, pero Pali sabe, por la inspección que hizo antes, que es uno de los tramos menos monitoreados.
Un guardia cruza por un corredor perpendicular, y Pali, por instinto, gira un poco el cuerpo y baja la gorra para que la visera le tape la cara. El guardia pasa sin notar nada raro, concentrado en acomodarse el radio.
Al fin llega al baño, un espacio angosto que huele a cloro y a humedad acumulada. La puerta cruje al abrirse. Pali entra y la cierra detrás de él. Apoya el botiquín sobre el lavamanos, con las manos todavía temblando por el esfuerzo del día.
Con determinación, abre la caja y ve el teléfono conectado al detonador.
La luz verde parpadea a ritmo constante, un recordatorio cruel de lo que está en juego.
Sin pensarlo dos veces, lleva el botiquín al sanitario y hunde el contenido en el agua.
Burbujea al contacto con los circuitos, y Pali ve cómo la luz verde se apaga despacio hasta desaparecer.
Respira hondo y se apoya en el borde del lavamanos.
El cuerpo empieza a pasarle la factura. Uno menos. Faltan dos.