29 · La rata
La rata
El destino siempre será el que baraje las cartas
SALAZAR CRUZA LOS PASILLOS de máxima seguridad sin apurar el paso.
Le basta su sola presencia para que los guardias claven la mirada en el piso cuando lo ven pasar.
Su autoridad no necesita anuncios. Dolmen está ocupado en la entrada, saludando con sonrisa estudiada a la comitiva de prensa y a las ONG, y eso le deja a Salazar el control absoluto del pabellón.
—¿Usted está a cargo de este bloque? —le pregunta sin preámbulos al guardia de turno.
—Sí, señor —responde el oficial, rígido como una estatua.
—Perfecto. Necesito que consiga trampas para ratas. Acabo de ver una pasar por el corredor. Y que sea ya. No nos podemos dar el lujo de que un periodista la vea.
El oficial no cuestiona la orden. Sale corriendo y desaparece detrás del portón de acero, que se cierra con un golpe seco y deja solos a Salazar y a los internos.
Sin perder tiempo, Salazar va hacia la celda de Pali.
El olor es casi insoportable, una mezcla de medicamentos rancios, sudor y sangre seca que se pega al aire.
Pali está tirado en la litera de abajo, un amasijo de carne y huesos que parece más muerto que vivo.
Tiene los ojos hundidos, la cara amoratada, la pierna entablillada, la mano derecha sin uñas y unas marcas oscuras alrededor del cuello, de la bolsa con la que intentaron ahogarlo.
Salazar se tapa la nariz con el antebrazo antes de hablar.
—Curso… mire cómo lo dejaron. ¿Quién le hizo esto? —hay incredulidad y respeto en su voz.
Pali se incorpora con un esfuerzo sobrehumano. Le lanza a Salazar una mirada con una pizca de rabia y otra de miedo.
—Salazar… los regalos —susurra, jadeando. Es una clave que los dos conocen demasiado bien—. El diablo tiene los números. Está listo para prender la fiesta.
A Salazar se le enfría la sangre. Por un instante siente que el piso se le puede hundir bajo las botas.
—¡¿Qué carajo está diciendo?! —pierde la compostura por un momento.
—Me torcieron, curso. Me amenazaron con Benjamín. Tuve que entregarles los números —la culpa le pesa en la voz.
El nudo en el estómago de Salazar se vuelve un dolor punzante.
—Con razón pasaron los perros por aquí esta mañana… —murmura, más para sí mismo que para Pali.
Las conclusiones se le imponen una tras otra, aunque se niegue a aceptarlas.
—Curso, tiene que sacar esas cosas de aquí. Si no, nos van a volver confeti —insiste Pali, con una desesperación que casi nunca muestra.
—No puedo. Si siguen ahí, es porque alguien está vigilando cada movimiento, esperando que uno de nosotros meta la mano para señalar al culpable —Salazar adopta el tono frío y analítico que lo ha mantenido vivo durante años—. Igual le toca esperar, porque justo hoy está la primera dama acá.
—No va a esperar. A ese hijueputa no le importa ni la esposa —Pali no se molesta en esconder el rencor.
Salazar lo mira en silencio un momento. Ninguno de los dos se atreve a decir nada.
—Déjeme salir —propone Pali, con una firmeza que sorprende incluso a Salazar—. Diga que le pegué, que me volé. Solo necesito que me dé las indicaciones y el tiempo suficiente para llegar al patio.
Salazar lo estudia, buscando grietas en su determinación. Al final aparta la mirada.
—No es tan simple. Tenemos un problema, curso. Uno grande.
Pali frunce el ceño, al borde de perder la paciencia.
—¡Hable, pues!
Salazar resopla, frustrado, y se pasa una mano por el pelo, con la mirada clavada en un punto cualquiera de la celda.
—Tengo refundido un paquete. Uno grande.
Pali se queda inmóvil, sin aire.
—¿Cómo que refundido? —la incredulidad le tensa el cuerpo.
—Lo metí en una nevera dañada que estaba arrumada en un corredor de la cocina, para que no lo encontraran, pensando instalarlo cuando se despejara el comedor.
Cuando volví, la nevera ya no estaba. No sé si sigue en la base o si la mandaron a arreglar —confiesa Salazar, con la voz reducida a un hilo.
—¿Y cómo se le ocurre activar el plan sin confirmar que todo seguía en su sitio? Podríamos haber abortado, aplazado. Una cosa es volar una estructura, y otra muy distinta es llevarse por delante a civiles —lo recrimina Pali, con una autoridad que no le quita su estado deplorable.
Salazar no responde. Traga en seco y aparta la mirada, algo que Pali nunca le había visto hacer, ni siquiera en el monte.
—¿Y El Niño genio? ¿No puede cancelar los números desde el computador? —Salazar lanza ideas.
—¿Y cómo carajos cree que lo llamo? —le responde Pali, entre exasperado e irónico—. No tengo línea directa con él desde una celda.
Salazar resopla. El sarcasmo de Pali no hace más que confirmarle que van en un barco que hace agua por todos lados.
—No me joda, Lizarazo, que yo estoy tratando de arreglar el mierdero que usted armó —gruñe Salazar.
Pali se encoge de hombros desde la litera, agotado, pero con la chispa irreverente de siempre. Salazar se frota la nuca, buscando una salida a la maraña de problemas. Entonces la ve. Una sombra que cruza veloz al fondo del pasillo. Una rata grande, ágil y peligrosamente cómoda en su territorio.
Y con ella llega la idea. Absurda, sucia, perfecta.
Sin previo aviso, se va detrás del animal con una fluidez inquietante, con pasos ligeros y calculados, como los de un cazador en una operación de infiltración.
La rata se escurre debajo del escritorio del guardia.
Salazar se detiene y barre el entorno con la calma de un veterano. Por un instante la pierde de vista.
—¡Allá! —la voz viene de una celda cercana.
Salazar voltea hacia el sonido y encuentra a un recluso que lo mira con interés. No es un preso cualquiera. Es «Barbie». Desde su celda, Cruz sonríe con malicia y le señala el lugar exacto donde se escondió la rata.
—Siempre hay alguien dispuesto a colaborar —murmura Salazar, sin mirarlo.
Agarra una papelera metálica del piso y se le lanza encima.
La atrapa de un solo golpe. El animal, un ejemplar grotesco de casi 40 centímetros sin contar la cola, se retuerce debajo del metal, pero Salazar no titubea.
Saca una bolsa de uno de los cajones del escritorio y, con precisión casi quirúrgica, mete a la rata adentro.
—Problema uno, resuelto —murmura.
Vuelve a la celda de Pali con la bolsa en la mano, como si cargara algo valioso. Antes de acercarse, endereza la espalda y pone cara de desprecio teatral. Cuando levanta la voz, lo convierte en un espectáculo para los presos que todavía miran desde las sombras.
—¡Aquí le dejo su almuerzo, lobo de mierda! —grita, y tira la bolsa dentro de la celda con un gesto exagerado.
Los abucheos no se hacen esperar. Los reclusos lo celebran como un show, sea por la actitud de Salazar o porque Pali fue parte del grupo que los metió tras las rejas. La gritería es el escudo perfecto, el ruido suficiente para tapar lo que de verdad importa.
Pali, desde la litera, capta la señal. Con un movimiento casi imperceptible, mira a Salazar, que en un lenguaje de señas que los dos conocen de misiones anteriores le transmite un mensaje claro. «Yo llamo a su jefe. Usted sale por los paquetes.»
El ruido baja cuando vuelve el guardia al pabellón, cargando una caja con trampas para ratas y paquetes de veneno en polvo. Salazar, sin perder el ritmo, camina hacia la salida y se asegura de cruzarse con él en el punto exacto para reforzar el teatro.
—Calle a esos revoltosos y saque la rata de la jaula del lobo —le ordena.
El guardia asiente, se acomoda la caja en los brazos y va hacia la celda de Pali.
Salazar sale del pabellón sin voltear. Ya puso todo en marcha.
El oficial, irritado por los gritos y los abucheos, golpea con fuerza las rejas a su paso.
El sonido metálico retumba en el pasillo y calla a los reclusos por un momento.
—¡Bueno, bueno, silencio! —grita el guardia, entre fastidiado y autoritario.
Al llegar frente a la celda de Pali, arruga la cara con disgusto. El hombre está encaramado en la litera de arriba, pegado contra la pared como si fuera parte del mobiliario. Con la pierna entablillada, nadie sabe cómo hizo para trepar hasta allá.
—¡Sáquela, por favor! ¡No quiero que me muerda, no quiero morir de rabia! ¡Sáquela! —grita Pali, con un pánico tan convincente que hasta el guardia se desconcierta.
—¿Quién lo iba a creer? —el oficial esboza una sonrisa burlona—. El lobo temiéndole a Mickey.
—¡Por favor, sáquela! Se lo pido… que les tengo páni… —Pali no termina la frase. Se desploma sobre el colchón con un ruido sordo. El terror lo sobrepasó.
El guardia suelta una carcajada corta y amarga. Saca una trampa de la caja y agarra el bastón con más fuerza.
—Este lugar nunca deja de sorprenderme —murmura, y abre la reja y entra con pasos cautelosos.
El tamaño de la rata, que sigue mordisqueando tranquila unas migajas del piso, le saca un escalofrío. Ha lidiado con cosas peores, pero la escena no deja de ser desagradable. Sin quitarle los ojos al animal, pone el bastón junto al catre y se arrodilla para preparar la trampa.
En ese momento, una sombra se cierne sobre él. Apenas alcanza a girar la cabeza antes de que un golpe certero en la nuca lo mande directo a la inconsciencia.
Pali queda de pie sobre él, tambaleándose. Bajarse de la litera y dar el bastonazo le costó más de lo que esperaba. El cuerpo, maltrecho, al límite, le cobra cada movimiento con punzadas de dolor. Aun así, no se detiene.
Con eficiencia metódica, aunque los dedos destrozados le fallan en cada botón, le quita el uniforme al guardia, lo acuesta en el catre y lo tapa con la cobija.
Un mareo lo obliga a apoyarse un instante contra la pared antes de esposarlo a la estructura de la cama.
Comprueba que el golpe no fue letal. El hombre está noqueado, pero vivo.