28 · Primera dama
Primera dama
No moriremos si sabemos enfrentar a la muerte
LA CÁRCEL EL LAGO se levanta imponente bajo el sol de la tarde.
La luz resbala sobre sus muros grises sin entrar.
Este día no es como los demás. Un murmullo de expectativa recorre cada rincón del penal.
Todo se preparó con meticulosa precisión, porque la llegada de Ana Blackburn, la primera dama de la ciudad, no es un evento cualquiera. Es una exhibición.
Francisco Dolmen, director del penal, camina con paso firme y una expresión controlada que, para los ojos poco entrenados, podría pasar por profesionalismo.
Pero por dentro le hierve la rabia. Para él, los presos no son más que números en un sistema que, si dependiera de él, sería despiadado.
Hacinamiento, raciones miserables, olvido.
Esa es su idea de justicia. Pero hoy, frente a los medios y a la comitiva de Prison Rights, no le queda más remedio que actuar.
Este evento es puro maquillaje para tapar las grietas que Ana se empeña en exponer con su presencia.
Entre los medios presentes, Clara Steffens y su camarógrafo, Jhon Gómez, son los únicos autorizados para grabar dentro del penal.
A Jhoncito le dicen así con cariño, por su trato amable y su porte menudo, y es tan querido por quienes lo conocen como profesional en su trabajo.
Ese acceso especial no es casualidad. Viene de los días en que Mara era jefa de comunicaciones de la alcaldía y abrió el camino para que este tipo de privilegios fueran posibles.
Ana llega puntual a las 2:00 pm, con un equipo de seguridad que se queda justo en la entrada del penal.
Ella y Juana Franco, su asistente, se bajan del carro con la calma de quien sabe exactamente lo que representa.
Ana, alta y estilizada, tiene una presencia que desarma.
Viste sencillo, jeans ajustados y una camiseta blanca, fiel a la esencia de Renacer, su fundación.
El pelo rubio, recogido sin esmero en un moño improvisado, le resalta una cara de facciones perfectas donde brillan unos ojos verdes que parecen ver a las personas por dentro.
Juana, más nerviosa, se acomoda la correa del bolso mientras trata de seguirle el paso a su jefa.
La joven abogada, de apenas 26 años, admira profundamente a Ana.
Desde que empezó a trabajar con ella se volvió su sombra y absorbe cada lección de empatía, lucha y perseverancia.
Hoy tiene una sonrisa tenue pero sincera.
Sabe que este día es clave para las dos.
Adentro, los preparativos avanzan sin un solo detalle fuera de lugar.
En el corazón de todo está el teatro Chajín, levantado sobre las ruinas del «Pozo Negro», donde antes se consumían los condenados a muerte.
Con capacidad para 700 personas, es el primer teatro del mundo construido en su totalidad por privados de la libertad, un proyecto que Ana ha liderado durante dos años.
Hoy se revela el nombre de la obra con la que se inaugura, Esconde a Montecristo , una adaptación cómica de El conde de Montecristo de Alexandre Dumas, escrita, dirigida y actuada por los internos.
Mientras Ana avanza por el pasillo principal, la cámara de Jhoncito registra cada paso.
En la entrada del teatro domina la escena un mural de su madre, Ana Chajín.
Su cara, pintada con trazos vibrantes, parece mirarla con un orgullo silencioso.
Ana se detiene frente a ella y se toma un momento para respirar.
Su madre soñó con un mundo donde las segundas oportunidades no fueran un privilegio, sino un derecho.
Este teatro es su legado, y Ana lleva ese sueño en cada fibra de su ser.
Los representantes de la ONG Prison Rights comentan entre ellos el impacto del proyecto, impresionados por su magnitud.
Juana repasa el itinerario del evento con precisión quirúrgica mientras los reclusos seleccionados para la ceremonia escuchan con atención.
Algunos responden preguntas sobre sus papeles, otros ensayan mentalmente sus líneas.
Ana, sentada al frente de la sala, lo observa todo con su aplomo de siempre y de vez en cuando interviene con palabras de ánimo o algún ajuste.
Jhoncito documenta cada instante. Su lente captura las caras de los reclusos, la concentración, el orgullo, y Clara toma notas detalladas. Aunque intenta mantenerse profesional, el semblante no le disimula del todo lo que siente.
No puede dejar de pensar en la conversación con Ríos, en la posibilidad de un romance secreto entre Ferguson y Mara. Observa cada movimiento de Ana. Es inevitable sentir lástima por ella y rabia contra su marido, pero recordar que es apenas una hipótesis la trae de vuelta al presente.
—Tenemos cinco minutos para hacer las tomas en el pasillo principal antes de empezar el evento —anuncia Juana, con una voz firme que, aunque más joven, intenta imitar la seguridad de Ana.
Ana se levanta con naturalidad y, con un gesto de la mano, indica que es hora de moverse. El grupo se pone en marcha.
El pasillo principal del penal, iluminado con luces fluorescentes, parece más estrecho que de costumbre.
Cada paso de Ana y su equipo resuena con un eco solemne.
A medio pasillo, cerca de las salas privadas de visitas, una figura sale de la penumbra.
Jeffrey Cruz camina hacia ellos escoltado por un guardia, con la cara amoratada, el brazo todavía enyesado y la mirada clavada en Ana.
No le quita los ojos de encima. La mide, la desafía, trata de intimidarla.
Clara lo reconoce al instante. Se le tensa el cuerpo como un resorte a punto de soltarse, y la rabia, siempre contenida detrás de una fachada profesional, amenaza con desbordarse.
Da un paso hacia él, pero antes de avanzar más siente una presión suave en el antebrazo.
Ana, con una tranquilidad ensayada, la detiene. Sus dedos, cálidos, le mandan un mensaje claro. Este no es el momento ni el lugar. Clara, con los ojos fijos en Cruz, respira hondo y retrocede.
Los ojos se le humedecen sin que pueda evitarlo. Se los limpia de inmediato con la mano libre y recupera la compostura. Ana, sin soltarla, se inclina un poco para susurrarle.
—Se va a hacer justicia, Clara.
La periodista asiente. El respaldo de Ana la sostiene.
Cruz, entre tanto, entra a una de las salas de visitas, donde lo espera su abogado. Müller, bastante incómodo, está hablando por teléfono con Ferguson. En cuanto Cruz cruza la puerta, tapa el micrófono y le indica al guardia que puede retirarse.
—¿Por qué se demoró tanto? Tengo al alcalde en la línea y quiere hablar con usted —Müller baja la voz, como si temiera que alguien lo oyera.
Jeffrey mira al guardia, culpable de la demora, que se aleja a toda prisa para evitarse un regaño, y se vuelve hacia su abogado con una sonrisa arrogante.
—Pues pásamelo.
—Le recomiendo que mida cada palabra que diga.
Cruz ignora el consejo, le arrebata el teléfono y se lo lleva al oído con cara de desafío.
—¿Sí, señor? ¿Recogió el encargo? Ya estoy harto de este hotel.
La voz al otro lado es fría y cortante.
—Cruz, ¿dónde está el teléfono?
—¿De qué habla? Ya le dije dónde está.
—Ese teléfono no tiene lo que yo necesito. Le doy una última oportunidad de decirme qué hizo con el otro teléfono, o se va a pudrir en ese agujero. A mí no me va a joder, Cruz.
El tono helado del alcalde le borra la sonrisa a Cruz.
—No entiendo lo que me dice. Usted me pidió el teléfono de la periodista, y cumplí. No había nada más entre sus cosas. Yo hice exactamente lo que me ordenó.
—Pues lo hizo mal.
La línea se corta de golpe. Cruz, incapaz de contener la frustración, tira el teléfono contra la mesa. La respiración se le acelera y la cara se le enciende de furia.
—¡No me voy a pudrir aquí, Müller! ¡Yo cumplí! ¡Si me joden a mí, los jodo a todos!
Müller, nervioso, se encoge en la silla y levanta el maletín como un escudo improvisado.
—¡Yo sé cosas! ¡Si hablo, los hundo a todos!
El grito es tan fuerte que dos guardias irrumpen en la sala.
Aunque está esposado a la mesa, Cruz alcanza a darle un cabezazo a uno antes de que el otro lo someta con una llave.
El guardia golpeado se recupera rápido y le devuelve el golpe con el bastón, directo al estómago. Cruz se queda sin aire, jadeando.
Con el afán de devolverlo al calabozo, uno de los guardias le esposa la mano buena al yeso de la otra. Cruz recupera el aliento y lanza una última amenaza al aire.
—¡Esto no se queda así!
Las palabras, llenas de rabia y desesperación, quedan vibrando en el pasillo mientras los guardias lo sacan a la fuerza.
Por un momento todo queda en silencio. El alboroto interrumpe a Clara y a Jhoncito, que estaban entrevistando a la primera dama.
Clara, todavía con la libreta en la mano, siente un alivio fugaz al verlo reducido, arrastrado como un animal por los guardias.
Es un sentimiento oscuro, teñido de rabia contenida, y por un instante aprieta el bolígrafo entre los dedos.
Se imagina con una satisfacción cruel el momento en que se lo vuelva a cruzar. Solo piensa en escupirle al pasar.
Jhoncito, por su parte, baja la cámara con disimulo, fingiendo que dejó de grabar, pero sigue filmando.
Las imágenes de Cruz golpeado, esposado y custodiado como un criminal de guerra son oro puro para el noticiero.
Sin previo aviso, el editor en la unidad móvil de afuera decide interrumpir la programación y transmitir en vivo.
—Atención, tenemos imágenes exclusivas desde la cárcel El Lago —anuncia el presentador—. El presunto asesino de la periodista Mara Vidal, Jeffrey Cruz, alias «Barbie», fue captado mientras lo escoltaban los guardias del penal.
Cruz afloja el paso. Se queja del dolor del golpe en el estómago, pero los dos guardias lo empujan con brusquedad, ignorando sus protestas. Antes de que avancen más, una voz contundente pero templada resuena desde el fondo del pasillo.
—¡Caballeros! —los llama Dolmen, que observa a la distancia con una expresión que intenta imitar la empatía—. Por favor, traten al recluso con más cuidado. No quisiera tener que reprenderlos frente a nuestros invitados.
Los guardias cruzan una mirada, contrariados, pero obedecen. Aflojan la fuerza con la que lo sujetan y bajan el ritmo.
Jeffrey aprovecha para tomar aire, recuperarse del golpe y, sobre todo, acomodar la postura. Endereza los hombros y levanta un poco la barbilla. Dolmen le acaba de regalar el escenario perfecto para desplegar su arrogancia. Cada paso se vuelve una coreografía calculada para retomar el control.
Al llegar a la altura de Ana y su comitiva, la tensión se puede cortar. Cruz, esposado y con el dolor visible en el andar, se detiene un instante, casi imperceptible, pero suficiente para dejar claro que este encuentro no va a ser casual.
En un abrir y cerrar de ojos, actúa con la precisión de un depredador.
Golpea al guardia que lo lleva del brazo, empuja al otro y, antes de que alguien alcance a reaccionar, le pasa las esposas por encima de la cabeza a Ana y la atrapa por el cuello.
El filo de un escalpelo, escondido con habilidad en el yeso, brilla bajo las luces fluorescentes.
El mismo que tomó de la enfermería la noche anterior.
—¡Nadie se mueva! —grita Cruz, con la voz rasposa, lleno de rabia y desesperación—. ¡Un paso más y la mato!
La hoja apenas le roza la piel a Ana, pero el mensaje es claro.
Ana cede un poco hacia atrás, obligada por la presión de las esposas.
Su cara no refleja miedo, solo una serenidad desconcertante, pero una gota de sudor le baja despacio por la sien, justo por encima del filo.
También ella tiene miedo. Solo que aprendió a que no se le note.
—¡Guardias, retrocedan! —ordena Dolmen, levantando las manos—. ¡No actúen sin mis instrucciones!
—Muy bien, director, eso es lo que quiero oír —Cruz suelta una carcajada hueca, llena de veneno—. Mejor acompañe a los visitantes a la salida y, por favor, llévese a sus bestias.
Dolmen les hace un gesto a los guardias, y estos le piden a la comitiva que salga sin demora.
A Cruz se le acelera el pulso. Sabe que todo lo hizo improvisando y necesita ganar tiempo para pensar. Retrocede, se topa con una sala abierta y entiende que es un buen lugar para atrincherarse.
—¡Ustedes dos! —Jeffrey señala a Clara y a Jhoncito con el escalpelo—. ¡Adentro!
A Clara le recorre un escalofrío la espalda. Se niega a moverse, pero la presión sobre el cuello de Ana aumenta.
—¡Adentro, dije! —grita Cruz, clavándole los ojos.
—Déjelos ir, ya me tiene a mí —dice Ana, con una voz suave pero resuelta, como quien calma a un niño pequeño.
Clara decide no dejarla sola y cede. Avanza con pasos vacilantes. Jhoncito la sigue, con la cámara en una mano y la otra levantada, en son de rendición.
—Guardias, necesito que por favor me presten sus esposas, las llaves y las macanas. Pueden tirarlas aquí adentro de la sala. Gracias —exige Cruz, con su sarcasmo de siempre.
Los guardias obedecen. Tiran las cosas adentro y cierran la puerta. Cruz, con un movimiento ágil, le indica a Clara que atraviese una macana en la manija y refuerce la entrada con una silla.
—¿Contento? —le suelta Clara, con rabia.
—No. Pero por lo menos no estoy muerto —Cruz esboza una sonrisa que hiela la sangre y les da instrucciones a los periodistas—. Necesito que ustedes dos compartan esas esposas.
Ana, todavía bajo su control, suelta un suspiro breve cuando Cruz le quita las esposas del cuello. El escalpelo sigue en su mano, pero ya no la amenaza de forma directa.
—Lamento haber tenido que hacer eso —dice Cruz, con una cortesía absurda en ese contexto—. A grandes males, grandes remedios, ¿verdad?
Ana lo mira fijo. Su entereza parece desarmarlo.
—¿Qué quiere, Cruz? —pregunta ella, serena pero cortante.
—Por un lado, salir vivo de aquí —Cruz la observa, midiendo cada palabra—. Y por el otro, saber qué tan bien conoce a su señor marido.
Esa frase le cae a Clara como un balde de agua helada. Luis Ferguson, una vez más, en el centro de todo. Siente un calor punzante en el pecho, rabia y miedo peleándose por dentro. El corazón se le acelera más que cuando Cruz levantó el escalpelo contra Ana Blackburn.
Empieza a atar cabos, a conectar hechos y vacíos. ¿Qué sabía Cruz? ¿Qué pretendía con esa insinuación? La imagen del alcalde, un hombre que hasta ahora era un enigma de poder y control, se va llenando de sombras más densas y oscuras.
Clara casi no respira. Pero no está sola en su incertidumbre. Afuera, millones de espectadores contienen el aliento frente a sus pantallas, mirando en vivo cada segundo del secuestro de la primera dama.